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Zonas de dislocación en “Estudios sobre la distancia” de Florencia Smiths

por 28 enero, 2020

Zonas de dislocación en “Estudios sobre la distancia” de Florencia Smiths
La separación, el acto en que el curso de la vida nos enfrenta al desgarro de la pérdida amorosa es, junto a la muerte, la disolución de los lazos, la persistencia de los recuerdos, el espacio como lugar psíquico, la soledad, el fuego erótico, la confusión y el quiebre, elementos que nos acercan a estos “Estudios sobre la distancia”, que nos ayudan a entender que en el dolor íntimo somos múltiples soledades y que cada uno la vive en su intransferible circunstancia.
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En el poema que abre el volumen, la voz poética nos permite entender que escribir es un imperativo casi orgánico y una obligación de movimiento, de dinamismo, que simboliza el bien supremo que es la vida, o la conservación de la misma, en contra de lo inmóvil, que es una de las características físicas y simbólicas de la muerte: lo inanimado.

Por lo tanto, inclusive contra la voluntad misma de la voz poética, este libro se abre a lo vital como premisa: “escribo contra mi/ (…) aún y a pesar de mi cuerpo estancado/ me abro/ y comienzo a dar/ lo que no soporto detenido” (9). Asimismo la inquietud: “ven a escuchar cómo le cuento a mi cuerpo/ cuán solitario me arde/ cuán analfabeto y errado se me estanca” (30), ambas como fuerzas en pugna, cuyo resultado en el enfrentamiento será la escritura.

En este sentido la voz poética nos invita a versos y poemas que pertenecen a su vivencia íntima de la realidad: “de todas formas te pido/ comprende la confusión/ de estas verdades” (27) propias del desamor que gatilla el derrotero de este libro: “comprende que te encarnas único/ en distintas formas y sentidos:/ a ratos suelo mirar algún cuerpo/ que adopta tu caminar en la calle/ un programa de radio anuncia/ a tu compositor ruso favorito” (26), y es aquí donde surge el primer aspecto destacable en la poética de Florencia Smiths que es la recuperación del ser amado y perdido.

Con motivo de la soledad es que la voz pretende la recuperación del ser amado mediante la proyección de un reflejo de ese ser sobre las cosas y los seres a primera vista de manera arbitraria: “y si pudiese abordar a un extraño/ para pedirle que se llame con tu nombre/ y que cuando yo le pregunte/ me acompañe a casa/ entre en mi cama/ sin decir otra palabra que su nombre” (12), o “y si ese nadie logra parecerse/ solo un poco a tu voz y aprende un nuevo nombre/ que debiera contestar/ cada vez que se lo pregunte/ lo llevaría un par de horas a casa/ una tarde entera tal vez/ nos sacaríamos fotos frente al espejo/ trizado del baño/ como si viniésemos a la ducha/ enardecidos/ de repetir nombres que no tenemos” (14); aunque más adelante aclara: “y no sé si son los deseos que se reflejan/ en la realidad/ o es la realidad que reproduce/ pequeños cuadros/ para gratificación de los míos” (26).

El tiempo es otra dimensión que se ve afectada y sugiere vértigo: “confundo mezclo todo no tengo/ capacidad de disolución/ cae la tarde convertida en noche” (19), o también vemos lo imposible en términos físicos y temporales: lo irreversible hecho imagen: “hecha añicos la taza vuelve a encontrarse/ con los dedos que la agrupan” (37), contraviniendo con esos versos las leyes que los rigen, quizá también con un afán de recuperar lo perdido.

Otros elementos que se pueden ver continuamente concatenados a lo largo del libro junto a la soledad son los del espacio y la casa, donde algunos versos nos hacen pensar que la ausencia y la extrañeza son cuestiones que se habitan, como el lenguaje: “mientras camino dentro del insomnio/ hablándome y escuchando a mi mano/ decir aprende” (34), “cierro las cortinas de mis ojos/ de esta casa que no es mi casa” (48), “y sin poco susto me enfrento/ a una labor doméstica/ al tiempo detenido y caótico/ que gira sin concierto frente a mis ojos/ cuando en mi mente doy vueltas/ por toda la casa de mi cama” (31), en definitivas “cerrar y abrir son verbos que se prenden del espacio/ y del lenguaje” (47).

Es así que nos encontramos con una “poética del espacio” vinculada a la ausencia del amor y la soledad donde la casa, como un espacio psíquico, materializa el sentimiento íntimo de la voz. La casa, uno de los elementos determinantes para la vida sobre la tierra y que ha servido de objeto a importantes obras de la literatura chilena como son “La casa de los espíritus”, de Isabel Allende; “Una casa vacía”, de Carlos Cerda o “Casa de campo” de José Donoso, todas obras que urden literatura y política, en esta oportunidad, más allá de la diferencia de género, Florencia Smiths viene a nutrir de lirismo, elegancia e intimidad las letras en la poesía chilena actual.

El fuego y la temperatura, el calor de las entrañas en que se revuelven los recuerdos y el deseo sexual también tienen espacio en este libro donde la hablante expresa en primera persona: “si me vieras arder ahora/ aquí en este ensayo de soledad/ porque ya me fui/ adentro hace mucho tiempo/ me fui/ a veces salgo para escribir/ pero no dejo de arder” (29), “porque todos sabemos que un pecho abierto/ está expuesto al arder” (49).

Pero si bien es cierto que el desamor, la ausencia y la soledad son los principales elementos que surcan el libro, quizá lo más relevante dentro de éste sea la identidad cuerpo/escritura que la autora nos muestra cruda y visceralmente, así como también en gestos de elástica musculatura: “avasallada por la caligrafía/ no tengo elección/ no concibo caer/ hasta que la masa o viva tela/ de esta goma informe/ envuelva mis huesos” (10), o “me arranco las palabras una a una/ o tal vez los dientes les arranco/ las palabras me arranco los dientes/ diciendo las palabras/ que no quiero arrancarme// de adentro me las arranco como si estuviesen/ plantadas en la tierra de mi carne" (20), o “el cuerpo me abriga/ la piel se me antoja un papel demasiado duro/ y grueso de roer” (56). Podríamos decir una escritura del cuerpo que va consignando su imaginario a partir de una negativa faceta del amor.

La separación, el acto en que el curso de la vida nos enfrenta al desgarro de la pérdida amorosa es, junto a la muerte, la disolución de los lazos, la persistencia de los recuerdos, el espacio como lugar psíquico, la soledad, el fuego erótico, la confusión y el quiebre, elementos que nos acercan a estos “Estudios sobre la distancia”, que nos ayudan a entender que en el dolor íntimo somos múltiples soledades y que cada uno la vive en su intransferible circunstancia: “¿entonces quién puede decir acaso qué es la distancia?/ ¿invocarla como un nefasto poema del caos?/ el no lugar la nula suerte/ el epíteto equivocado/ el cuerpo en el texto y la membrana/ pútrida en la cabeza/ el cuerpo en el pavimento y la noche/ que vomita la cabeza/ el cuerpo en el texto y los golpes/ que doy en el suelo/ con estos dedos que ya no conozco” (36).

ESTUDIOS SOBRE LA DISTANCIA,

Florencia Smiths

Libros del Pez Espiral

Agosto de 2018

57 páginas.

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