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El programa que Longueira le instaló a La Moneda

por 2 agosto, 2011

El programa que Longueira le instaló a La Moneda
El ministro lo ha hecho de manera brillante a la hora de incidir en la agenda política, aunque tenga ambigüedades conceptuales. Lo que saldrá de todo esto ya se verá. Por el momento, descubrió las desigualdades y los pobres para la derecha y le cambió el switch a la nueva forma de gobernar: hay que defender a la gente de los abusos. Punto.
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Segundo tiempo del gobierno. Tal como ocurrió después del primer año de la administración Bachelet, y luego de un  inicio solo reguleque, con el cambio de gabinete entraron los profesionales a la cancha del gobierno de Sebastián Piñera. Buenos para la pelota,  rudos y aguantadores, según los aficionados, le han cambiado de inmediato su capacidad de reacción, aunque los resultados están por verse y a todos les da lo mismo que para fortalecer al gobierno haya que derretir al Congreso Nacional.

La recomendación de cualquier trainer de comunicación estratégica a un político que desea figurar es que trate de controlar, o al menos incidir de manera notoria en la agenda política. Si ello le es demasiado difícil, por cualquier circunstancia, la recomendación es que no se desgaste en competir con los otros. Simplemente debe hacer algo para cambiar el escenario y hacer girar los focos de atención.

Pablo Longueira lo ha hecho de manera brillante, aunque tenga ambigüedades conceptuales. Lo que saldrá de todo esto ya se verá. Por el momento, descubrió las desigualdades y los pobres para la derecha y le cambió el switch a la nueva forma de gobernar: hay que defender a la gente de los abusos. Punto.

Pablo Longueira no ha tenido la misma vehemencia al hablar de reformas políticas. Su relato no contiene reflexiones de fondo en este campo y no parece muy  convencido de que lo esencial de la coyuntura sea el cambio en las actitudes ciudadanas y su movilización hacia una agenda de derechos sociales constitucionalmente garantizados. Lo que incluye representación política y régimen político.

En la administración pública chilena hay dos ministerios boutiques y dos ministerios que son quioscos de calle. Los boutique son Hacienda, que controla el presupuesto y siempre gana, y Relaciones Exteriores, cuya figuración coloca a sus ministros como los mejores evaluados en cualquier encuesta. Señal esta última de que el país y la política ‘no están ni ahí’ con las relaciones internacionales.

Los quioscos son Mideplan, donde ahora ejerce de manera leve Joaquín Lavín, y Economía, ministerio donde finalmente pudo entrar Pablo Longueira. Aunque de diversa envergadura y alcances, la calidad de esos quioscos no proviene de la falta de recursos sino de la dispersión de temas que deben atender y las limitaciones que les ponen Hacienda y La Moneda. Y naturalmente, el propio sentido de autoconservación de los ministros que los sirven. Dicen que la primera aptitud que debe tener un ministro es saber hasta dónde puede llegar.

Después de 20 años de democracia, no se conoce de un ministro de Mideplan o uno de Economía que en calidad de tal haya dejado huella o hecho carrera hacia algo más importante que no sean las consultorías o los negocios, excepción hecha de Carlos Ominami.

Pablo Longueira se perfila como algo inusual. Luego de declarar que haría de cualquier cartera un ministerio social, incluido el de Economía, donde descubrió que tenía pescadores, pequeñas empresas, asociaciones gremiales y el Sernac,  no quedan dudas de que tiene intenciones de ir bastante más allá de sus estrechas competencias, y no comparte la inhibición de sus predecesores. Sus ideas han ya provocado un escenario en que oficialistas y opositores le llaman  “populista”.

Ha hablado de todo. De lo que le compete y lo que no, con una convicción y vehemencia que desde hace rato no se percibía en alguien del gobierno. “Habló como presidente”, dijo Fernando Paulsen, miembro del panel político Tolerancia Cero, lugar que eligió el ministro para levantar su agenda, cuando los panelistas pasaron a comentar su discurso y si él interpretaba o no el pensamiento de Sebastián Piñera.

Es obvio que habla a título personal. Y aun cuando en su practicismo el Presidente

podría compartir muchos de sus juicios, su contenido lo coloca más cerca de la

Concertación que del Gobierno de Piñera. No por que estos sean muy radicales, sino

por lo conceptualmente cercanas que están las ideas de ambas corrientes en la actual coyuntura.

Desde reforma tributaria hasta control de la propiedad en el área de la energía (con límite de 20% por cada propietario), pasando por cambios sustanciales en educación y redistribución de los ingresos, la agenda de Longueira tarde o temprano va a chocar con los grandes empresarios que apoyan al gobierno. Pero eso es otro problema. Hasta aquí, lo suyo es todavía entusiasmo y  discurso sobre la reconstrucción, la buena vida y el salto al futuro sin pobres.

La prueba de fondo vendrá cuando deba definir una postura en torno a la agenda pro competencia y el destino de las ciudades puertos; sobre si licitar o no la pesca, si efectivamente va  a presionar con el Sernac financiero, e insistir en la defensa de los consumidores frente a las empresas de seguros, a las AFP y a los bancos, temas todos que están en manos de Hacienda. Votar lo temas ambientales y entrar a la agenda valórica o incluso internacionales.

Longueira ha hablado de temas migratorios que el país debe controlar impidiendo que países como Perú o Haití transformen a Chile en un polo de atracción para mano de obra barata de esos países, que le quitan trabajo a los chilenos según él. Ha ejemplificado el tema incluso con México, señalando a  este país como un mal apéndice laboral de Estados Unidos.

Pablo Longueira no ha tenido la misma vehemencia al hablar de reformas políticas. Su relato no contiene reflexiones de fondo en este campo y no parece muy  convencido de que lo esencial de la coyuntura sea el cambio en las actitudes ciudadanas y su movilización hacia una agenda de derechos sociales constitucionalmente garantizados. Lo que incluye representación política y régimen político.

Tal vez en este punto esté la oportunidad que tiene La Moneda de desenfocar la agenda popular que levanta Longueira.

Si La Moneda se decide por un cambio institucional mayor, por ejemplo hacia una nueva Constitución, debido a la cantidad de reformas que debe hacer para resolver los problemas de la coyuntura, podría con ello dejar fuera de foco a la UDI y a Longueira, y reconfigurar la madre de todas las batallas: la carrera presidencial para el 2014. Con una fuerza que también obligaría a actuar a una oposición cómodamente instalada en el estrecho margen de legitimidad política actual, a la espera de ver pasar el cadáver electoral de la Alianza hacia el Parque del Recuerdo. ¿Nueva Constitución ahora?

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