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Camicheletismo: una historia de poder, goce y seducción Opinión

Camicheletismo: una historia de poder, goce y seducción

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Jaime Retamal
Por : Jaime Retamal Facultad de Humanidades de la Usach
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El senador Escalona escribió en 1999 un libro donde criticaba duramente las concesiones de la Concertación, y la lógica de una transición que solo maquilló la institucionalidad de Pinochet y se apropió del mercado. En 2012, y en otro texto, Escalona ya está encorsetado en la retórica de la correlación de fuerzas, el pragmatismo y la seriedad propia del partido del orden. ¿Qué pasó entre medio? el poder, eso pasó.


La historia de la Concertación es del todo pertinente para entender el actual ciclo de protestas, manifestaciones y conflictos que tienen a nuestro modelo socioeconómico y político cultural en cuestión. El sistema de desigualdades que ella heredó así como el que ella ayudó a radicalizar; la gesta del NO de la cual ella profitó hasta crear un tipo de moral y honor político; el dopaje promiscuo de la elite empresarial pinochetista del que debió de abusar para mostrar al mundo —y a Chile por cierto— control y seguridad gubernativa y macroeconómica; la reducción interesada del conflicto y la movilización social a sus niveles mínimos históricos hasta la creación del opiáceo “ni ahí” noventero: todo esto y más —mucho más— fue la Concertación.

Es una historia por escribir por cierto, pero mientras los archivos se completan de nuevos documentos, algunos actores nos entregan nuevas y entretenidas variaciones de un mismo tema, en realidad de un guión que se agotó y del cual ya conocemos su Armagedón apocalíptico.

La nueva y entretenida variación corre esta vez de la cuenta de un político fundamental para entender todo ese proceso hiperbólico y estentóreo —se llenaron la boca con la palabra ‘democracia’— llamado Concertación; hablamos del Senador Camilo Escalona, que viene de lanzar un libro de “memoria histórica” titulado “De Allende a Bachelet” (Editorial Aguilar). Es un libro muy entretenido y rápido de leer, y aun más interesante si se le compara con su libro anterior de 1999 “Una transición de dos caras” (Editorial LOM).

Entre ambos libros (el primero a 10 años de la Concertación y el segundo, digamos, a 20 años) encontramos a un fabuloso actor con un fascinante guión. Actor político, digo. Él encarna la historia de una Concertación que va del goce autoflagelante a la seducción orgásmica por el poder. Camilo es el protagonista de un relato potente que se inicia interpretando un ascetismo flagelador y termina desarrollando el rol de un playboy del poder.

Tiene absoluta lógica y no es para nada descabellado pensar en un guión en el que alguien en tiempos pretéritos y por arrebatos místicos se autoemascula en medio de una flagelación, y que hoy, en tiempos presentes, solo desea volver a sentir —también por arrebatos místicos— el éxtasis del placer. Tiene lógica si entre ambos media el orgasmo del poder, por el poder y para el poder. Sexo, placer y política, una combinación irresistible, un guión a prueba de fuego.

El goce auto flagelante

 Hacia el fin de siglo, en 1999, Camilo Escalona entrega a las librerías un texto profundamente oscuro que tituló “Una transición de dos Caras. Crónica crítica y autocrítica” (LOM) en el que no deja ninguna página como oportunidad perdida para desarrollar un rotundo cuestionamiento a la Concertación, a todo lo que desde esa perspectiva no se había avanzado desde el retorno a la democracia. Era un Camilo límite. Era una época autoflagelante.

El pasado, filosofaba el Escalona de 1999, “iba a sobrevivir con todos sus efectos imprecisos pero persistentes, y su herencia pegajosa y repulsiva”. Se refería a la época del pinochetismo. Por ello sentenciaba que “contrariando muchas esperanzas, el país no iba a cambiar sustantivamente de un día para otro. La dictadura iba a mostrar una terca capacidad para mantener en pie, parte de sus baluartes más preciados”. Se instalaba en Chile de la Concertación “una cultura política permeada por el hábito de concesiones incomprensibles, auto avalada por un falso realismo”.

[cita]En fin… se trata de un texto que además se encarga de emprenderlas contra la élite concertacionista, locuaz afirma: “El entrampamiento de la transición ha llevado a la percepción del arribo a la cúspide estatal, de un núcleo de poder escéptico, celoso y frío administrador del statu quo […] el maximalismo que a muchos empujaba ayer a saltar al vacío tras objetivos inalcanzables se trocó en un nuevo tipo de maximalismo, el de aferrarse a lo existente a cualquier precio”. Fuerte.[/cita]

En ese sentido, “la ambigüedad, a veces inofensiva o incluso necesaria, existente a lo largo de la tradición democrática de Chile, se convertía desde entonces en algo más que ambigüedad, en una riesgosa falta de veracidad y se comenzaba a traspasar el espacio del debate y la autenticidad política, hacia un terreno resbaladizo empapado de un cinismo sistemático y continuo”, afirmaba ese Camilo Escalona, sin ningún tapujo o escrúpulo contra su propia coalición.

Y para que no quedaran dudas de su crítica también decía que “en el punto de inicio de la transición comenzaba a instalarse el pernicioso hábito del doble discurso, de una escéptica ambigüedad, de un falso pudor ante las limitaciones del proceso […] a la postre resultó que nos acostumbramos a ser parte de un Chile de dos caras”.

Por culpa de la derecha y con la anuencia de la Concertación, por cierto, se comenzó a “envolver la transición y empobrecer el proceso democrático, a los viables o inviables entendimientos ‘por arriba’, sin la presencia multitudinaria de aquellos millones de chilenos que efectivamente habían logrado, con notable intuición y perspicacia colectiva, crear un camino político hacia un nuevo régimen, sustitutivo de la dictadura”.

Esos entendimientos ‘por arriba’ son evidentes para un político como Escalona y además “el tiempo ha dejado en claro que fue un error estratégico de la autoridad democrática recién repuesta en la jefatura de Estado en 1990, la no investigación del proceso de privatizaciones ejecutado bajo el régimen militar; de modo muy especial el que afectó a las enormes y poderosas empresas eléctricas del país”.

Recuerda en esta crónica crítica del 99 que ya diez años antes sabía que “en el terreno educacional brotaron las interrogantes acerca del deterioro de las escuelas y liceos, de las carencias escandalosas de la llamada educación municipalizada, de los sueldos vergonzosos del profesorado y la entronización de una enseñanza tremendamente segmentada, inocultablemente clasista y discriminadora”. Repito, al menos el 89 ya lo sabía.

Tenía claro además por esas fechas que “había que comprender y proponer alternativas de solución, no sólo académicas sino que prácticas, a las secuelas de las llamadas modernizaciones, excluyentes y expoliadoras del neoliberalismo, en el campo educacional”.

Por todo ello, afirma con un tono autoflagelante admirable que “ha sido doloroso presenciar el olvido de cuestiones esenciales que hicieron posible el retorno de la democracia […]en un Chile lleno de desigualdad se ha instalado un escepticismo ácido, corrosivo, desalentador.” Y peor aun, al desencanto ciudadano por la Concertación “se agrega una modernización sesgada y excluyente. La Concertación debe ser más autocrítica en materia económico-social, más exigente consigo misma y menos autocomplaciente”.

Agrega, “es cierto que ha sido capaz de mantener y/o elevar el ritmo de crecimiento, pero no ha logrado superar la lógica del ‘chorreo’ […] tal realidad eterniza infames desigualdades, que entran veloces a los hogares de los más humildes, a través de una publicidad que exalta el modelo y desconoce sus debilidades y negativas consecuencias sociales”. No se pierdan, no es Mayol, es Escalona y sigue: “el modelo no distribuye equitativamente y menos aún redistribuye.

En fin… se trata de un texto que además se encarga de emprenderlas contra la élite concertacionista: locuaz afirma, “el entrampamiento de la transición ha llevado a la percepción del arribo a la cúspide estatal, de un núcleo de poder escéptico, celoso y frío administrador del statu quo […] el maximalismo que a muchos empujaba ayer a saltar al vacío tras objetivos inalcanzables se trocó en un nuevo tipo de maximalismo, el de aferrarse a lo existente a cualquier precio”. Fuerte.

Era una crítica brutal a la élite política que interpretaba así el “realismo político” donde en rigor, según Escalona, “realista es aquel que al fin de cuentas gobierna como sus antiguos enemigos quieren que gobierne y se comporta como aquellos quieren que se comporte […] estoy seguro que no es el realismo que la voluntad democrática de la nación chilena necesita”.

La seducción del Camicheletismo

Hoy, Camilo Escalona nos hace una nueva entrega literaria “De Allende a Bachelet. Una vida política” (Aguilar). La situación es bien distinta. Finalmente ese autoflagelante de antaño llegó al poder con Michelle Bachelet el año 2006 y está a punto de llegar de nuevo el 2014.

Hay que entender lo que es el poder cuando no se tiene y se le quiere o cuando no se tiene y se le tuvo. Es la distancia que hay entre los dos libros, medible no en tiempo cronológico, sino en tiempos de poder.

Este nuevo libro de Escalona sólo se entiende por y desde el fenómeno Bachelet, que, a su vez, no es otra cosa que el fenómeno del poder. Sólo así podemos comprender el extraordinario transformismo que aconteció en Escalona, pues la lectura de la historia de la Concertación es muy distinta a la del año 1999.

Ahora, la transición iniciada por la Concertación, con Pinochet sus enclaves y modelo económico, es interpretada como “el resultado de un balance de fuerzas que recuperando la democracia no logró superar y remover las barreras y enclaves instalados por el autoritarismo”. Punto. Se trata simplemente de eso, de un “balance de fuerzas”. Es “la correlación de fuerzas que se instaló en el Congreso Nacional al inicio de la transición […] dato clave en la demora en la realización de las reformas comprometidas por la Concertación, tanto en la campaña del NO como en el programa presidencial de 1989”.

En ese sentido, para justificar la inoperancia transformadora de la Concertación pone en juego dos tesis, “la primera y más delicada es que se estaría ante la secreta existencia de un pacto con el dictador y su entorno, la segunda, la ausencia de voluntad política para materializar las reformas”. Respecto de la primera afirma desconocer “cualquier antecedente sobre la materia”, lo que le lleva a concluir obviamente que esa incapacidad transformadora de la Concertación no se debe a una ausencia de voluntad política de ella misma, sino al poder de veto de la derecha en el Congreso Nacional.

Ya no hay esa autocrítica o ese tono autoflagelante sobre aquello que se pudo hacer y no se hizo. La crítica ahora se orienta más bien contra la derecha civil “sumamente eficiente con una mirada fría y calculadora” y contra el Partido Comunista que ha tildado la transición llevada adelante por la Concertación como simplemente “un cambio de guardia de La Moneda”, extraordinario aserto del Luis Corvalán en todo caso.

¿Es que al interior de la Concertación entonces no había elementos obstruccionistas a las transformaciones que se habían prometido? La resolución a esta pregunta es fundamental, pues muestra lo magistral de la dialéctica del político Escalona. La respuesta atraviesa toda la historia de la Concertación y se esgrime como la causa fundamental de la derrota electoral de las fuerzas de centro-izquierda frente a Sebastián Piñera.

Evidente que hubo esos sectores obstruccionistas dentro de la Concertación. Fueron ellos los que le otorgaron sentido ideológico al mercantilismo neoliberal como visión de la sociedad, “en ese contexto, Carlos Ominami llegó a afirmar desde su sillón de ministro de Economía que ‘la democracia es como el mercado’ […] el ‘consenso’ era el mercado, el que no estaba con el mercado no entraba en el consenso”… bueno, Ominami ya no está en la Concertación, y Escalona remata:

“… los mismos que ayer reclamaban y chantajeaban de modo que se hiciere exclusivamente aquello en que había ‘consenso’, esos mismos que colocaban límites infranqueables, ahora, sin empacho alguno, con su desparpajo habitual, se lavan las manos con la ya reiterada y manida frase: qué reclama ahora la Concertación si no lo hizo en veinte años”.

Durante toda la historia de la Concertación hubo elementos que en realidad nunca fueron de la Concertación, es decir, nunca interpretaron eso de lo cual Escalona se siente depositario: la voluntad, los sueños, los anhelos y deseos de la mayoría ciudadana que se expresó en la gesta del NO. Fueron esos elementos que se acostumbraron a actuar por la libre durante 20 años los que derivaron en aquel fenómeno que no deja de criticar severamente, los díscolos, en particular, el non plus ultra del discolaje nacional, Marco Enríquez-Ominami.

¿Conclusión? Esos que tanto daño le causaron a la Concertación ya no están, pero son los mismos que provocaron su derrota y la pérdida de La Moneda. Claro que hubo prácticas políticas institucionales de los gobiernos de la Concertación que ayudaron a la emergencia del “fenómeno díscolo”, como por ejemplo, el famoso “partido transversal”, verdadero poder fáctico articulado en el gabinete político de Aylwin, que sólo debilitó a los partidos y sus directivas partidarias durante el resto de los 20 años.

¿Cuál es el círculo que quiere cuadrar en el fondo Escalona? Este nuevo libro es la expresión de eso que podríamos llamar “Camicheletismo”, que es mucho más que la expresión de un porrista, un hincha o un fanático.

Es la expresión del PS-centrista que se configura y funge desde Camilo Escalona hacia Michelle Bachelet. Desde la perspectiva del poder es una lectura atávica pero seductora, pues no puede ser sino ese PS, uno de centro, el que logre la hazaña de retomar las riendas del gobierno, del Estado y del poder político. Es la lectura del “Camicheletismo”.

En este sentido, es absolutamente razonable que Camilo Escalona, recién hace muy poco, el pasado martes 24 de Julio, en reunión secreta, a puerta cerrada, en conclave con la Confederación de la Producción y del Comercio, la mismísima CPC, según lo informó el diario La Tercera, le haya entregado la seguridad a los más ricos del país —el bloque dominante y empresarial— de que no se daría un solo paso a la izquierda, de volver Bachelet, porque “no estamos en la época de prescindir de uno u otro actor en los complejos desafíos que enfrenta el país […]nosotros somos gente seria”.

Como se ve, no hay crítica que el tiempo y el poder no mermen. Ese es el punto. ¿La acción discursiva del Escalona del año 1999 era simple autoflagelación o era goce autoflagelador? Evidentemente no se trataba de una acción que se agotaba en ella misma, nunca fue autoflagelarse por autoflagelarse. No hay martirio tal en política.

El acto discursivo de criticar la propia coalición política es siempre un acto retórico, por eso decimos de “goce autoflagelante”, pues se trataba de un sufrimiento interesado en busca de un más allá que no era precisamente la superación de las condiciones sociales, económicas o culturales de nuestro cuerpo social.

El goce está en que el acto discursivo aparentemente autoflagelante es en realidad una lacerante crítica contra quienes detentan el poder en una coalición, sobre todo a quienes lo poseen de manera fáctica, en vistas a ganar posiciones de poder, y para hacerse finalmente del poder.

Todo ello merma, recula y desaparece cuando se tiene el poder. Es evidente. Es muy seductor. Hasta el duro de Escalona se vuelve líquido. Lo dijimos, es la distancia que va de un libro a otro.

La soberanía, el gobierno, el ejercicio del poder parecen entes abstractos para quien nunca los ha tenido entre manos. No es así. El poder es lo más sexy del mundo y los caminos para llegar a él son múltiples, uno de ellos sin duda es el goce auto flagelatorio. Fue el camino del ‘Camilismo’ hasta Bachelet.

Hoy el camino es otro. Es el naciente ‘Camicheletismo’. Lea el nuevo libro de Escalona, está bueno.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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