Opinión
Violencia, narcocrimen y 11 de Septiembre
El 11 de Septiembre histórico ha muerto. Ya no existe. Está todo él cubierto, sepultado y proscrito por un adolescente que grita para declararse inocente ¡Yo soy ladrón! ¡No soy traficante! ¡Los ladrones no matan pacos! Hoy el tema no es político, insisto, es sociológico o cultural, es la exclusión o la mala educación, es la seguridad ciudadana o el crecimiento desmedido de la urbe, es la droga o la falta de oportunidades. Ya no es el 11 histórico y todo el montaje comunicacional del gobierno va en esa dirección. Lo aprendió de la Concertación.
Sin lugar a ninguna duda, es del todo evidente que el histórico 11 de Septiembre, el del Golpe de Estado orquestado por civiles y militares en el Chile de 1973, resultó ser completamente indiferente, intrascendente y hasta romántico al lado de un nuevo y violento 11 de septiembre, esta vez, preso de una dura y en apariencia inexplicable violencia infanto-juvenil.
El fuego infernal de los Hawker Hunter contra La Moneda es hoy reemplazado por el fuego fatuo del narcocrimen poblacional.
O dicho de otra manera, el fuego inocuo y memorial de las velas en la noche del Estadio Nacional en recuerdo de los miles de muertos y desaparecidos en el Chile de Pinochet, es reemplazado por el fuego cruzado entre el narcolumpen poblacional y carabineros de igual extracción popular, llenos de miedo, pavor y horror (las escenas vistas en la TV local esa noche son más que elocuentes).
Chile ha vivido y sufrido un ‘transformismo’ sin parangón en los 11 de Septiembre desde que la Concertación es ‘Concertación’, es decir desde que fue cooptada al inicio de los 90 por el partido transversal de su propia élite, partido del orden, de la gobernabilidad y de la ‘desmemoria’ o ‘transmemoria’, si me permiten estas dos últimas expresiones, partido de y para asegurar a toda costa el inicio y término (fast-track) de la transición.
[cita]El 11 de Septiembre histórico, un día que debió transformarse en un día para todos, terminó siendo el día del narcolumpen y de la ‘narcosociología’ de la seguridad, el orden, el bien público, la exclusión y la desigualdad de oportunidades.[/cita]
Esta ‘transmemoria’ es el reemplazo de la violencia de la élite contra el pueblo (la violencia ideologizada y política) por una burda violencia que se produce entre delincuentes y carabineros. En los 11 de Septiembre democráticos hemos pasado de una justificación política de la violencia a una justificación de corte fundamentalmente sociológica y despolitizada. El non plus ultra de este fenómeno interpretativo lo entregó en su edición del 13 de Septiembre el diario La Tercera publicando una columna de la socióloga experta en ‘seguridad’ (nótese) Lucía Dammert.
El 11 de Septiembre histórico ha muerto. Ya no existe. Está todo él cubierto, sepultado y proscrito por un adolescente que grita para declararse inocente ¡Yo soy ladrón! ¡No soy traficante! ¡Los ladrones no matan pacos! Hoy el tema no es político, insisto, es sociológico o cultural, es la exclusión o la mala educación, es la seguridad ciudadana o el crecimiento desmedido de la urbe, es la droga o la falta de oportunidades. Ya no es el 11 histórico y todo el montaje comunicacional del gobierno va en esa dirección. Lo aprendió de la Concertación.
Hoy el 11 de Septiembre es Alinco, sí, el diputado Alinco, pidiendo un minuto de silencio. Hoy el 11 de Septiembre es un grupo de diputados de la Concertación —medio echados en sus asientos— gritándole a un burdo diputado UDI ¡que se haga la alcoholemia! cuando justificaba su idiotez. El reality del Congreso transformando y ‘desmemoriando’ el 11 en otro reality.
Dado el proceso chileno desde la Constitución del 80, es decir, dada la transición iniciada ahí, el 11 no puede ser sino eso, un día condenado a su extinción, a su desaparición. Condenado a ser un día sólo de y para los familiares que sufrieron por el atropello ignominioso de los Derechos Humanos en las manos de la violencia de un Estado genocida como el de Pinochet.
El proceso, al parecer, ha sido perfecto y llegaría a su polo culminante en un nuevo gobierno de Michelle Bachelet, con Camilo Escalona en el Ministerio del Interior, mandando a Carabineros a reprimir las ‘protestas’ de la noche del 11. Imagínenlo. Eso, si sucede, será el acontecimiento definitivo y el más elocuente de que la Concertación también contribuyó no sólo a desmovilizar a la ciudadanía post los 90, sino también a cerrar y obturar la memoria mediante una transición pactada entre las élites, para las élites y en vistas al mercado, terreno fértil, paraíso liberal de ellos, los mismos de siempre.
El 11 de Septiembre histórico, un día que debió transformarse en un día para todos, terminó siendo el día del narcolumpen y de la ‘narcosociología’ de la seguridad, el orden, el bien público, la exclusión y la desigualdad de oportunidades.
Por cierto, fue simbólico que el 11 se quemara un mall, pero es pura sobreinterpretación. De todas maneras, hablando de sobreinterpretaciones, Gabriel Salazar en su último libro titulado “Movimientos Sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política” (Uqbar editores, Sept. 2012), dice que “hoy los políticos, para entrar al sistema, no juran ya ante la Constitución o la Biblia, sino ante el consenso de Washington, de rodillas ante Wall Street. Por eso, tanto los políticos de la Concertación como los de la Alianza por Chile han sido y serán todos, por cuestión de fe y orden público, perpetuamente neoliberales, pase lo que pase, y los que no los son por convicción y fe doctrinal, deberán actuar como si lo fueran, por conveniencia”.
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