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Hugo Chávez: la inminencia de una victoria electoral

por 30 septiembre, 2012

Otra cosa muy distinta es pretender juzgar a Hugo Chávez y sus actos políticos, exclusivamente desde los prejuicios, y querer pasar olímpicamente por alto los macizos hechos. Y las circunstancias objetivas de la realidad política venezolana son de una elocuencia abrumadora para quien las quiera ver y leer y, por lo mismo, vale la pena conocerlas con el mayor detalle y rigor posible. Y para tal ejercicio, no hace falta definirse como chavista.
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Los líderes políticos que son reconocidos y apreciados tanto en sus propios países como a escala regional y mundial, son por definición tan escasos como excepcionales en sus talentos y virtudes. El ex presidente sudafricano Nelson Mandela, un hombre de izquierda, es uno de esos personajes venerados urbi et orbi, cuya imagen por sí misma es capaz de evocar lo más alto y admirable de las virtudes políticas, éticas y morales de un líder de dimensión universal.

En nuestro continente, el ex presidente Lula Da Silva, hombre también de izquierda, constituye otro caso emblemático e inspirador, incluso hasta para sus contradictores políticos más ácidos dentro y fuera de Brasil, quienes aún despreciándolo íntimamente, no consiguen sin embargo escapar del todo del influjo refrescante que irradia su talento y carisma, y que lo convierten en una figura venerada para los más humildes, y no solo en su propio país.

Otra cosa muy distinta es pretender juzgar a Hugo Chávez y sus actos políticos, exclusivamente desde los prejuicios, y querer pasar olímpicamente por alto los macizos hechos. Y las circunstancias objetivas de la realidad política venezolana son de una elocuencia abrumadora para quien las quiera ver y leer y, por lo mismo, vale la pena conocerlas con el mayor detalle y rigor posible. Y para tal ejercicio, no hace falta definirse como chavista.

Hay que mencionar también en este listado no exhaustivo a Michelle Bachellet, una mujer de convicciones socialistas, quien como le debe constar a cualquiera que haya tenido ocasión de viajar fuera de Chile, goza en el exterior de una sólida popularidad, respetabilidad y buena imagen, semejante e incluso superior, si acaso cabe, a la que disfruta entre sus propios conciudadanos.

Evidentemente, este no es el caso del presidente venezolano Hugo Chávez, cuya imagen internacional confronta en el día a día eso que se denomina “mala prensa”.

La derecha latinoamericana en bloque, las grandes cadenas informativas de televisión, la administración norteamericana que estima a Chávez y a su gobierno como sus enemigos declarados y actúa en consecuencia y, buena parte de la social democracia europea, se vienen encargando desde hace años, de modo sistemático y con indiscutible éxito, de demonizar la figura del presidente venezolano y de deslegitimar, denigrar y socavar el proceso político de profundas transformaciones económicas y sociales que el mandatario venezolano encabeza.

Que la derecha y los medios que hegemoniza hagan lo que hacen, no constituye novedad alguna, pues extraño sería si así no procedieran. Pero lo que sí resulta inusitado es que personas que reconocen domicilio político en la izquierda y el progresismo se hagan sin embargo partícipes activos de esta evidente manipulación. Y que por desconocimiento o simple mala fe, se refieran a Hugo Chávez sin más trámite como a un dictador, o se hagan cargo sin espíritu crítico alguno de todo lo que se afirma abrumadoramente en los medios en contra de la llamada “revolución bolivariana”.

Quienes opinan y actúan de este modo, incluidos quienes por sus responsabilidades e investiduras debieran estar mejor informados, se hacen cargo por candidez o de modo deliberado de una agenda política ajena e interesada. De paso, evidentemente, tratan de significar con sus opiniones y acciones, que si alguien se proclama de izquierda o progresista y al mismo tiempo se define anti-chavista, estará supuestamente reforzando sus credenciales democráticas, pluralistas y libertarias.

Ofreciendo gratis a “algún alguien”, ciertamente situado en la derecha, pruebas irrefutables de que las ideas políticas que el opinante dice sostener para cualquier otro efecto, no representan en verdad ningún peligro ni problema verdadero para el orden establecido. No por otra razón es que existen quienes tienen bien asumido que ser tildado de “chavista” constituye hoy una especie de sambenito, una clase de insulto político, o cuando menos, una suerte de descalificación nada de inocente. La cual transfiere al culpable confeso del cargo, expulsado de la modernidad, a pasar a morar en el universo marginal de los nostálgicos, trasnochados y recalcitrantes.

Hugo Chávez es indudablemente un personaje controvertido. Se trata de una figura política de alto perfil internacional y, por lo mismo, un ser político sobre el cual se puede y de debe opinar, tal y como cabe hacerlo respecto a cualquier otro personaje en posición de poder. Por eso, resulta enteramente legítimo que a cualquiera que lo juzgue, el presidente venezolano le pueda parecer un personaje querible y admirable, digno de todo elogio y solidaridad, o en su caso, se le considere un líder político enteramente detestable por sus formas y contenidos.

Incluso es atendible que a más de alguno le pueda parecer sospechosa y descalificatoria por sí misma su condición de ex militar, su boina roja y su lenguaje a veces cuartelero y excesivo. Habrá también a quienes disgusten sus exabruptos en política interna e internacional, encuentren fatigosos sus discursos por discordantes con las formas políticas aceptadas en este lado del mundo, o estimen imperdonable su fallido intento de golpe de Estado antes de resolverse a ganar por la vía democrática. Habrá también a quienes les parezca un acto de soberbia autorreferente pretender refundar el ideario socialista sobre nuevas bases doctrinarias, o quienes estimen criticables otros tantos aspectos de la compleja personalidad política de Hugo Chávez.

Pero otra cosa muy distinta es pretender juzgar a Hugo Chávez y sus actos políticos, exclusivamente desde los prejuicios, y querer pasar olímpicamente por alto los macizos hechos. Y las circunstancias objetivas de la realidad política venezolana son de una elocuencia abrumadora para quien las quiera ver y leer y, por lo mismo, vale la pena conocerlas con el mayor detalle y rigor posible. Y para tal ejercicio, no hace falta definirse como chavista.

El próximo 7 de octubre, Hugo Chávez confrontara su decimocuarto desafío electoral desde que se impuso en las elecciones de diciembre de 1998. Con la sola excepción de la derrota por estrecho margen que sufrió en el referéndum constitucional en 2007, Chávez ha ganado ampliamente la friolera de trece elecciones consecutivas, las cuales cada vez fueron supervisadas por organismos internacionales independientes, exigentes e irreprochables, por lo que nadie ha cuestionando nunca la transparencia de los procesos y la legitimidad de sus resultados.

Se trata de un rendimiento electoral envidiable para cualquier político, el cual además refleja buenamente la irrefutable y reiterada voluntad de Chávez de someterse una y otra vez al veredicto popular y a asumir los riesgos que aquello conlleva. Trece victorias consecutivas que demuestran inequívocamente la adhesión popular hacia su persona y hacia su proyecto. ¿Es acaso aquello congruente con una personalidad dictatorial?

A mayor abundamiento, Venezuela es indiscutiblemente un Estado de Derecho, donde prevalece la separación de poderes y las instituciones existen y funcionan con normalidad. Aunque manifiesten evidentes insuficiencias, en todo caso, no mayores ni más graves que las experimenta cualquier otro país latinoamericano de similar nivel de desarrollo económico, político, social e institucional.

Pese a todo lo que pueda suponerse, por lo que uno puede leer y escuchar de fuentes interesadas en hacernos creer lo contrario, y como cualquier interesado puede constatar por sí mismo con el solo y simple expediente de ir a Internet, en “la dictadura de Chávez” impera la más irrestricta libertad de expresión. El 90 % de las empresas venezolanas de radiodifusión pertenecen a privados, no precisamente chavistas, mientras que el restante 10 % es propiedad de instituciones del Estado. Otro tanto ocurre con los canales de televisión, en un 88 % en manos de intereses privados, los cuales no pierden ocasión de denostar en los peores términos al propio Chávez y a sus colaboradores.

En cuanto a los medios de prensa, los dos más importantes, tradicionales e influyentes, “El Universal” y “El Nacional”, respectivamente, son tan privados como sistemáticamente hostiles al gobierno de Chávez.

Pese a que la polarización del proceso electoral en curso solo hace visible al propio Chávez y a su contrincante principal, el derechista Enrique Capriles, son en verdad ocho los candidatos que se disputan la presidencia, todos los cuales representan muy diversas visiones y proyectos políticos. Ello habla de un sistema político plural y competitivo, lo cual queda además refrendado en la presencia de oposición activa y organizada en el parlamento, y en la existencia de multitud de partidos y organizaciones sociales, todas entidades que funcionan con entera libertad y normalidad.

Aunque inevitablemente y como es de suponer en un contexto de aguda confrontación política, cada quien trate de sacar ventajas de los medios de que dispone, en un caso de la condición de fuera gubernamental y en la otra, de coalición opositora que dispone del irrestricto apoyo mediático y empresarial.

Capriles Radonsky, miembro de una familia integrante de la más rancia oligarquía venezolana y millonario el mismo, es fundador de la organización ultra conservadora Tradición, Familia y Propiedad. Si Capriles fuera un político chileno seria militante de la UDI, pese a que diga buscar inspiración en el presidente Lula Da Silva y asegure querer preservar los avances del chavismo en materia de politica social. Resulta ilustrativo del talante de sus seguidores más cercanos, la circunstancia de que con ocasión de hacerse pública la enfermedad que afectaba a Chávez, y en un acto de muy discutible piedad religiosa, salieran alborozados a las calles a pintar los muros de Caracas con la leyenda “Viva el Cáncer”.

Capriles encabeza la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD), la cual se corresponde a una coalición hegemonizada por la derecha y el empresariado, pero en la cual participan un abigarrado y variopinto conjunto de agrupaciones políticas, incluidas algunas que incluso se definen como social demócratas o hasta de izquierda. Todas unidas tácticamente en el común afán de desplazar a Chávez, a como dé lugar.

Las encuestas más confiables, pues bajo “la dictadura” también existen empresas encuestadoras profesionales e independientes, indican que Chávez tiene alrededor de un 60% de la intención de voto, lo que lo coloca a una distancia de entre 15 a 30 puntos de ventaja sobre Capriles. Por lo mismo, son poco creíbles y tendenciosas las informaciones que hablan de unos sondeos que especulan sobre un virtual empate. Aunque también sea altamente probable, según opinan los más expertos, que el recuento final coloque a Chávez en alrededor de un 56 % y no en el 60 % al que aspira.

Y todos los analistas sitúan la principal base de sustentación de apoyo a la continuidad del proyecto chavista, en el respaldo que le brindan los más pobres O más precisamente, de lo que han logrado zafarse de la pobreza o esperan poder hacerlo en un futuro cercano.

Que los más pobres o los que lo fueron hasta hace poco apoyen a Chávez, no tiene nada de misterioso. Chávez ha venido impulsando una agresiva e innovadora política social, la que ha consistido en repartir entre los más pobres la ingente renta petrolera venezolana, invirtiendo enormes recursos en salud, educación y vivienda, así como en un conjunto de subsidios que han permitido disminuir drásticamente la brecha distributiva venezolana.

Entre 1999 y 2011, se estima que el gobierno venezolano ha invertido en programas sociales 468 mil millones de dólares, con lo cual el país se ha convertido en el menos desigual de América Latina, con un coeficiente GINI de 0,394, donde la menor desigualdad se corresponde con el valor más cercano a 0. De acuerdo con cifras de CEPAL, la pobreza en Venezuela se redujo drásticamente en la última década, teniendo en cuenta que en 1998 el 50,8 % de los venezolanos eran considerados pobres, mientras que un 20% eran estimados como extremadamente pobres. En tanto en 2010, los índices demostraron que la pobreza había caído a un 31,9 % y la extrema pobreza a un 8,6 %.

El salario mínimo venezolano actual es el mayor de América Latina y El Caribe, correspondiendo al equivalente a los 700 dólares. Tal política de incremento sostenido, junto con una fuerte reducción del desempleo, hoy situado en un 7,5 %, en fuerte contraste con el 14,5 % en que se situaba en 1999, ha contribuido poderosamente a combatir la pobreza y a menguar las desigualdades.
Como una de las consecuencias de este proceso de redistribución de la renta, entre 1998 y 2011 la matrícula universitaria, la que en cuanto a las universidades estatales es enteramente gratuita, creció 198 %, colocando a Venezuela como el segundo país con mayor cantidad de estudiantes universitarios en América Latina. Antes, en 2006, Venezuela consiguió librarse por completo del analfabetismo, flagelo que en 2003 alcanzaba a 1,6 millones de personas.

Acceso de las grandes mayorías al consumo, programas sociales, subsidios a la demanda, incrementos salariales sostenidos, acceso universal y gratuito a la educación, la salud y la vivienda, En eso consiste el pago de la deuda social que el gobierno venezolano viene desarrollando. Garantías para los derechos económicos y sociales, en un contexto de respeto a las libertades civiles y políticas.

Allí está la clave de la inminencia del nuevo triunfo electoral que Chávez con toda certeza obtendrá el 7 de octubre próximo, no en otra parte. Hace falta saber y comprender todo lo que esto significa, mas allá de los estereotipos, para que cada quien pueda sacar sus propias conclusiones y saber en qué lado ubicarse políticamente en esta contienda.

Lo que viene son unos comicios venezolanos, pero que evidentemente tendrán implicancias regionales no menores. La inminencia de la nueva derrota de la derecha venezolana y sus asociados dentro y fuera de Venezuela está a la vista.

Y no hay que descartar que quienes una vez intentaron desplazar a Chávez por la fuerza, quieran intentar ahora una aventura semejante. Antes, durante o después del proceso electoral que se avecina con pronostico cierto.

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