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El arte y la integridad religiosa

por 3 octubre, 2012

Se han desarrollado algunas obras fantásticas (y otras muy malas) de ingenio y fantasía, en muchas ocasiones divertidas, sin cuya crítica y los debates generados en su época, me atrevo a especular, la iglesia católica no sería hoy todo lo civilizada que ha llegado a ser.
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Los casos son muchos. Sólo por mencionar algunos. Una película que, según la prensa, presenta al profeta Mahoma como mujeriego, homosexual y violento, que permite el abuso sexual de niños y la esclavitud. Un artefacto artístico realizado a base de una fotografía trabajada en acrílico de un crucifijo de plástico sumergido en la orina del propio artista. Una banda femenina punk que irrumpe en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú y realiza una performance disruptiva y sin autorización. Un poema que presenta la imagen del cuerpo de Cristo como objeto de la fantasía homoerótica de un centurión romano. Un escritor condenado a muerte por una autoridad religiosa por haber escrito una novela. Una serie satírica televisiva en horario de adultos que en sus sketchs se sirve de personajes bíblicos.

El primero corresponde a una obra mediocre cuyo objeto es la provocación. Ha sido y es ocasión de protestas por parte de musulmanes en muchos lugares del mundo. También de ataques asesinos. Y autoridades en diversos países (por ejemplo, Alemania) discuten acerca de la legalidad (por lo menos dudosa) de su prohibición.

El segundo es la obra “Piss Christ” del artista cubano (y muy católico) Andres Serrano, expuesta por primera vez hace ya 25 años. Además de provocar en su momento grandes discusiones (por haber sido parte de un fondo público norteamericano de financiamiento), la obra, de la que existen 10 copias, fue demolida en una exposición en Avignon el año pasado a martillazos por católicos franceses indignados. Otras copias han sido destruidas en Suecia y Australia. Hoy está siendo expuesta protegida detrás de una pantalla en una exposición en Nueva York que cuenta con alta seguridad. La Liga Católica ya protestó contra la exposición.

Se han desarrollado algunas obras fantásticas (y otras muy malas) de ingenio y fantasía, en muchas ocasiones divertidas, sin cuya crítica y los debates generados en su época, me atrevo a especular, la iglesia católica no sería hoy todo lo civilizada que ha llegado a ser.

El tercero es el conocido caso de la banda Pussy Riot, a cuyos miembros (debido a la enmarañada madeja entre la Iglesia Ortodoxa y el Kremlin) amenaza una sentencia de 3 años en un campo de trabajo forzado en Siberia.

El cuarto caso refiere a la publicación en 1977 por parte de la revista Gay News del poema de James Kirkup “The love that dares to speak its name”, y a la posterior demanda (exitosa) de la conocida Mrs. Mary Whitehouse contra la revista y su editor amparada en las entonces, y hasta hace poco, vigentes leyes británicas antiblasfemia que protegían a la cristiandad.

El quinto es el conocido caso de Salman Rushdie, condenado a muerte mediante una fatwa del Ayatola Jomeini en 1988 por su novela Los Versos Satánicos, un libro que a juicio de líderes musulmanes presentaría una imagen denigrante y por tanto ofensiva del profeta. Desde entonces ha tenido que vivir escondido y bajo protección permanente del servicio de seguridad inglés y luego norteamericano.

El sexto caso es localmente muy conocido: las parodias de Jesús y los apóstoles del programa “El Club de la Comedia” de Chilevisión que irritaron al Consejo Nacional de Televisión por considerar que su contenido sería ofensivo.

Si bien todos estos casos tienen características propias singulares, todos ellos tienen también algo en común: en todos ellos grupos religiosos, o individuos o instituciones apelando a valores religiosos, suponen que la ofensa generada por la manifestación artística es tal, que la libertad de expresión debiese ceder frente a la integridad religiosa. ¿Es esto razonable?

Hay razones diversas a favor de la libertad de expresión. Algunas son epistemológicas. Apuntan tanto (en razón de los límites de la razón) a la coexistencia de una pluralidad de doctrinas razonables, como a su función para descartar errores. Como afirmó John Stuart Mill: “silenciar la discusión es asumir infalibilidad”. El principio epistemológico (por cierto ilustrado) es que ninguna opinión es tan segura, que pueda justificar el uso de la violencia para impedir la crítica. Otros argumentos apuntan a la productividad de esta libertad como mecanismo de control del poder y las autoridades. Pero sin duda, la defensa más fuerte de la libertad de expresión remite al valor de la autonomía.

Si consideramos que la autonomía, es decir la capacidad del individuo para perseguir fines y desarrollar planes de vida en base a sus propias concepciones acerca de lo que es una vida buena, es valiosa, entonces tenemos que reconocer la importancia de dos condiciones posibilitadoras. La primera es que nosotros guiamos nuestra vida desde adentro, en base a nuestras creencias acerca de lo que le da valor a la vida. Una vida guiada desde afuera (por ejemplo, mediante coerción o hipnosis) puede, en ciertas condiciones, evitarnos errores y frustraciones. Pero eso no la hace valiosa. De esto se deriva el que los individuos deben disponer de las libertades y recursos para llevar sus vidas en razón de sus concepciones acerca del valor sin ser discriminados o penalizados por esto.

La segunda condición es que debemos disponer de la libertad para poder examinar nuestras creencias y cuestionarlas. Nadie quiere vivir una vida en base a creencias falsas. Por lo mismo, la segunda condición apunta a que debemos adquirir tanto conciencia de las diferentes concepciones de la buena vida, como las habilidades requeridas para examinarlas de un modo inteligente. Es por esto que la libertad de expresión es tan fundamental.

Nadie mejor que el creador o el artista sabe a lo que se enfrenta con sus obras. Al hacerlas pública se expone y se hace objeto de la crítica. Y ésta puede ser brutal y demoledora. Pero querer limitar la libertad de expresión, también en su forma artística, para proteger a los feligreses de alguna religión de los sentimientos surgidos en razón de una manifestación de la creatividad humana que encuentren indecente, indecorosa e inclusa ofensiva, es ceder en algo demasiado fundamental no sólo para las democracias liberales sino también para la humanidad. Citando a Rushdie: “El lenguaje y la imaginación no pueden ser encarceladas, o el arte muere, y con esto, muere un poco de aquello que nos hace humanos”.

¿Cambia en algo el que la manifestación artística sea deficiente o definitivamente mala? No, ni en un ápice. El arte, también el de mala calidad, se ofrece de un modo especialmente apropiado para provocar y cuestionar posiciones tradicionalistas y fundamentalistas. Así ha sido históricamente con todas las disciplinas artísticas. Piense, por ejemplo, en Voltaire y algunas de sus muchas afirmaciones acerca del cristianismo (“nuestra religión es sin lugar a dudas la más ridícula, la más absurda, y la más sanguinaria que haya infectado al mundo jamás”). Demás está decir que se le negó sepultura cristiana. Y así se han desarrollado algunas obras fantásticas (y otras muy malas) de ingenio y fantasía, en muchas ocasiones divertidas, sin cuya crítica y los debates generados en su época, me atrevo a especular, la iglesia católica no sería hoy todo lo civilizada que ha llegado a ser.

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