PAÍS
La rearticulación de Boric: entre la autocrítica y la disputa por el relato del ciclo político
Tras meses de bajo perfil, Gabriel Boric reaparece con una estrategia que combina autocrítica, defensa del progresismo y cuestionamientos a Kast. Su apuesta busca reposicionar a la izquierda en seguridad, libertades y crecimiento, sin abandonar su agenda social.
Tras meses de relativo silencio, Gabriel Boric ha vuelto a la escena pública. En apenas dos semanas, el expresidente ha encadenado intervenciones en lanzamientos de libros, reuniones partidarias luego del triunfo de Gael Yeomans y un foro panamericano en Uruguay, acompañado de Camila Vallejo y Jeannette Jara. El mensaje parece ser inequívoco: la izquierda no se ha retirado y él tampoco.
Entre la presentación del libro de Mario Marcel en Punta Arenas y su participación en el Congreso Panamericano en Uruguay, Boric esbozó una arremetida de intensidad calculada.
Primero, expresó una mirada autocrítica, admitiendo que el progresismo no había sido “creíble” en materia de seguridad. Segundo, lanzó una critica directa a la restricción de libertades del Estado de excepción planteado por Kast. Y tercero, enarboló las banderas del progresismo en la tierra de Pepe Mujica. “No nos vamos a disculpar por ser de izquierda”, sostuvo. Esta frase tiene la misma carga política y simbólica de la que hace unos meses pronunció el jefe del gobierno español, Pedro Sánchez, en un encuentro del progresismo internacional.
Esta combinación entre revisionismo y proyección apunta a un objetivo más amplio: reconstruir un relato optimista, contrario al discurso apocalíptico de la derecha. Según su círculo cercano, Boric cree que la izquierda está viva y que sus ideas pueden volver a conquistar mayorías. El mensaje, aseguran, intenta proyectar una fuerza que aprende de sus errores, sin renunciar a sus principios y que es capaz de enfrentar la agenda “autoritaria” del actual gobierno.
Al abrir un flanco de autocrítica, Boric no solo admite que la izquierda tiene el deber de revisar en público sus dogmas y derrotas —desde el plebiscito de 2022 hasta las últimas elecciones—, sino porque callar deliberadamente estos debates, según planteó en su cuenta de X, constituye “un error garrafal”.
Recogiendo esto último, Boric plantea que la seguridad no puede seguir siendo tratada como un territorio ajeno a la izquierda y debe entenderse como un derecho y obligación básica del Estado. En esto, coinciden algunos analistas, hay una corrección importante respecto de la cultura política que acompañó el ascenso de su generación, más proclive a denunciar los excesos policiales que discutir cómo garantizar el orden.
Esto último, en rigor, explicaría el tono distintivo de su reaparición. Hay menos épica generacional y más balance en su discurso. Menos promesa de refundación y más énfasis en aprender de la experiencia. Incluso su crítica a Kast fue estratégicamente ecualizada, buscando no negar el problema de la seguridad, sino cuestionar los instrumentos escogidos; no rechazar el combate al crimen, sino advertir sobre el costo de transformar lo excepcional en política permanente.
La gran incógnita, sin embargo, es si esta nueva versión del expresidente logrará ordenar a una izquierda que sigue buscando una narrativa ad-hoc para regresar a La Moneda, inclinando sus intereses hacia temas más esquivos con foco en seguridad o incertidumbre económica. La receta, en verdad, parece tener más condimentos: recuperar la capacidad de ofrecer orden, crecimiento y seguridad, pero sin renunciar a la agenda progresista y social.
El relato está comenzando a articularse, entre la autocrítica y la defensa del legado, entre la seguridad y las libertades, entre el pesimismo y una idea más optimista del futuro, Boric empieza a disputar algo que parecía entregado a la derecha: la interpretación del ciclo político que acaba de terminar. Y eso, en política –tal como lo dijo el propio expresidente–, no se puede dejar en manos del adversario.