EDITORIAL
El estado de la res pública chilena
Quienes impulsaron la candidatura de Pablo Longueira —e incluso el candidato mismo— tuvieron poca conciencia de ello y de que su intento fallido lesionaría aún más la confianza de la sociedad en sus instituciones.
El abrupto término de la carrera presidencial de Pablo Longueira no constituye sólo el episodio personal de un político que por alguna razón se derrumba. El hecho incumbe aspectos más profundos de la vida pública del país, entre otras cosas, porque se produce a pocos meses de la elección presidencial, en un modo lleno de ambigüedades sobre los hechos que lo justifican y generando un resultado electoral anticipado por fuera de la competencia institucional.
No es poca cosa, en medio de un clima social de fin de ciclo político, que en menos de cuatro meses el bloque oficialista haya perdido tres candidatos presidenciales, técnicamente se ha desplomado y en apariencia ya existe Presidente electo: Michelle Bachelet.
Quien piense que la bajada de Pablo Longueira no afectará la manera cómo los jugadores políticos y económicos con capacidad de veto dentro del sistema tratan de debatir los contenidos de ese eventual gobierno, yerran.
[cita]No se trata únicamente de las circunstancias que antecedieron al hecho de la renuncia, ni a las razones más profundas que la impulsaron. El aspecto esencial es la forma en que el hecho fue comunicado al país, bajo la apariencia de que estábamos frente a un caso privado de un ejecutivo corporativo renunciando al directorio de una empresa, y no ante la de un candidato presidencial cuya acción provocaría inevitablemente —fe pública de las primarias que ganó de por medio— un enorme impacto político en la vida del país. [/cita]
De ahí que no se trata únicamente de las circunstancias que antecedieron al hecho de la renuncia, ni a las razones más profundas que la impulsaron. El aspecto esencial es la forma en que el hecho fue comunicado al país, bajo la apariencia de que estábamos frente a un caso privado de un ejecutivo corporativo renunciando al directorio de una empresa, y no ante la de un candidato presidencial cuya acción provocaría inevitablemente —fe pública de las primarias que ganó de por medio— un enorme impacto político en la vida del país.
Llama la atención que el entorno de su candidatura no hubiera percibido el significado político del hecho. Y, más aún, la reacción “buena onda” de toda la elite política que —más allá de la solidaridad humana— reaccionó como parte de un club privado.
La elección de un Presidente de la República en un régimen democrático de fuerte talante presidencialista como el chileno no es un ejercicio trivial. Es la renovación de la cabeza del ejercicio del poder político, y es de suponer que los procesos que se utilizan en esa selección son estrictos en materia de control de las virtudes y riesgos de los aspirantes. Su eficiencia y control no son un asunto privado sino público e institucional, ya que se elige la cabeza administrativa y política del Estado y del Gobierno, y exige la mayor transparencia. El proceso toca profundamente la esfera de lo público, aquello que los romanos denominaron res pública, y otorga a los partidos políticos un papel predominante, que en el caso específico de la UDI falló totalmente. La evidencia, que será más contundente a medida que pasen los días, indica que solamente hubo cálculo y no raciocinio político.
Toda la elite se ha referido a la calidad personal del candidato y sus virtudes humanas. Pero en política, éstas deben transformarse en virtudes públicas, especialmente en materia de autoridad, responsabilidad, prudencia y autocontrol.
Ellas son esenciales al interés colectivo y a la ética política de los gobernantes o de quienes aspiran a los cargos, no sólo por el interés del Estado sino por el bien común de la sociedad. Quienes impulsaron la candidatura de Pablo Longueira —e incluso el candidato mismo— tuvieron poca conciencia de ello y de que su intento fallido lesionaría aún más la confianza de la sociedad en sus instituciones.
Hace tres décadas apareció un texto, El declive del hombre público, de Richard Sennet, referido a las fracturas y las contradicciones entre lo público y lo privado en las sociedades modernas. Lo que el autor hace de manera magistral es relevar el sello personalista en el proyecto social actual, difuminando las fronteras entre lo público y lo privado y generando la sobreimposición de lo privado en lo público.
Chile está en ese caso, en que lo público es superficial y los elementos que componen su espacio público, entre ellos las instituciones políticas y los procedimientos de reproducción del poder, se sitúan lejos del bienestar de la sociedad o pasan inadvertidos.