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Perdidos en la noche EDITORIAL

Perdidos en la noche

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Pese a que la Presidenta se ha comprometido a no dejarse tentar por el populismo, la promesa de más líneas de Metro para el año 2020, aunque sea en manos privadas, tiene mucho sabor a venta de sueños para aliviar la carga cotidiana.


Ocho meses o dieciséis por ciento del período presidencial. Da igual como se quiera calcular el tiempo transcurrido del segundo mandato de Michele Bachelet. Lo importante es que evidencia un serio desgaste del enérgico tono muscular exhibido en el arranque del gobierno. Este se ve políticamente envejecido, enredado en los problemas de la agenda, por inexperiencia o falta de finura política del gabinete, y horadado por las rencillas al interior de la coalición.

La agenda programática de tres puntos, verdadera Santísima Trinidad de la campaña presidencial –reforma tributaria, reforma educacional y nueva Constitución– se ha debilitado empujando a la baja la aprobación ciudadana del gobierno. Junto a una mala percepción de temas cotidianos importantes como la salud, la seguridad ciudadana y el transporte público, todos con una pésima evaluación ciudadana, aumentan la presión al interior del gobierno.

Las relaciones con los empresarios no son las que se debería esperar para hacer fluir los temas de manera eficiente. El matiz destemplado y duro del discurso del Presidente de la Sofofa en la cena anual de la industria, fue un imprevisto petitorio público de rectificación política a la Presidenta, muy poco protocolar, pero que indica claramente disgusto e incertidumbre.

Esta tensión tiene su origen en las ambigüedades y mala ejecución política del gobierno durante el debate previo a la aprobación de la reforma tributaria. Pero también en el dolor financiero de los empresarios que debieron enfrentar una reforma que en lo sustantivo fue contundente. Y si bien las diferencias fueron salvadas al final, las cartas quedaron marcadas, con la sensación de que el gobierno no tenía operadores y su accionar errático creaba incertidumbre.

[cita]El cambio de gabinete, un ticket que siempre compra tiempo político a los gobiernos en trances complejos, no parece la buena receta de siempre. Porque el problema está en el núcleo de conducción política y en la capacidad de la billetera fiscal, y ni el ministro Arenas ni el ministro Peñailillo serán cesados, a menos que la Presidenta brinde una sorpresa más de gobierno unipersonal y aparezca rindiéndose a la tesis de la vieja guardia. Ambos ministros no tienen peso para ordenar al margen del apoyo presidencial, son el núcleo del diseño de gobierno y no se prevé que la personalidad de la Presidenta sea autocrítica con los diseños de su propia mano.[/cita]

Lo expresado por Von Mühlenbrock en la cena abrió un nuevo flanco, la reforma laboral, posiblemente el tema más complejo para los próximos meses, y sobre el cual, otra vez, el gobierno en sus vocerías desafina.

A diferencia de lo tributario, la reforma laboral marca el orden interno de la coalición oficialista, principalmente por las relaciones con el PC y el movimiento sindical, vis a vis el deseo del gobierno de activar la idea de una cooperación “público/privada”, para relanzar metas de crecimiento y recuperación de la economía, además de amistad con los empresarios.

Pero es evidente que el clima de confianza depende también de condiciones de atmósfera política sana al interior del gobierno, y lo que menos hay es precisamente eso. Más bien, por el tono de los actores, se diría que las cosas fluyen hacia un realineamiento de coaliciones políticas.

Los reiterados llamados al orden dentro del oficialismo indican que la Nueva Mayoría no tiene ejes ordenadores, que solo es una mayoría electoral no programática, y que vive internamente una sensación de extravío político. El debate educacional es la prueba más palpable.

Es evidente entonces que el gobierno requiere un respiro para repensarse, porque es la razón y sentido de la mayoría electoral en proceso de desarme.

Pese a que la Presidenta se ha comprometido a no dejarse tentar por el populismo, la promesa de más líneas de Metro para el año 2020, aunque sea en manos privadas, tiene mucho sabor a venta de sueños para aliviar la carga cotidiana.

El cambio de gabinete, un ticket que siempre compra tiempo político a los gobiernos en trances complejos, no parece la buena receta de siempre. Porque el problema está en el núcleo de conducción política y en la capacidad de la billetera fiscal, y ni el ministro Arenas ni el ministro Peñailillo serán cesados, a menos que la Presidenta brinde una sorpresa más de gobierno unipersonal y aparezca rindiéndose a la tesis de la vieja guardia. Ambos ministros no tienen peso para ordenar al margen del apoyo presidencial, son el núcleo del diseño de gobierno y no se prevé que la personalidad de la Presidenta sea autocrítica con los diseños de su propia mano.

El ambiente político general tampoco parece favorable a acuerdos del tipo “grandes soluciones para grandes problemas”, como gustaba decir al extinto líder DC Radomiro Tomic. A la crisis de credibilidad de la política se ha agregado la crisis del financiamiento de la política, generando una “paradoja inversa”. Como la confianza es el bien más escaso en la sociedad chilena y la política tiene muy poca credibilidad, mientras menos se sabe, más se sospecha: de corrupción entre dinero y política, y de amparo transversal entre todos. Ergo, un gran acuerdo requiere previamente un acto dramático que lo valide ante la ciudadanía.

Esa es crisis de cultura y se vive en la calle, fuera de los padrones electorales y de los acuerdos. Incluso más, prácticamente los imposibilita, a menos que existiera un gran acuerdo nacional por la transparencia –o algo parecido–, cosa poco probable, dado el ambiente que se vive. Nadie desea correr el riesgo de desnudarse primero, salvo para una foto de Tunick.

La pregunta es: ¿quién opera y maniobra en esta realidad? Solo Michel Bachelet. Transformando a su gobierno, además de unipersonal absoluto, en el gobierno más solo desde la vuelta a la democracia.

Ello no es una tragedia ni tampoco una comedia de segundo acto. Simplemente es un mal momento político que debe ser analizado a fondo si se desea continuidad. Nada de ello parece estar ocurriendo. ¿La oposición? Bien, gracias, fuera de borda capeando el temporal y esperanzada en la ley del péndulo político.

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