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Reformistas vs asustados, retóricos y dispersos

por 23 julio, 2015

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Las disidencias y movimientos sociales que se fortalecieron en la última década  en pos del llamado nuevo ciclo político reformista se encuentran  en la disyuntiva de confiar en el cumplimiento del programa de Bachelet o concentrar las fuerzas en pasar a la fase “sociopolítica” de construcción de alternativas ante la parálisis de la Nueva Mayoría retomada por el partido del orden.

En todas las esferas abundan tres categorías, que pasan a ser parte de las caracterizaciones epocales de la política criolla como devenir histórico desde el quiebre violento de pipiolos (liberales federalistas) con pelucones (conservadores portalianos); la disputa de hegemonías y lógicas en las coaliciones arbitradas por el presidencialismo y sus espejismos.

Con la DC en los 60 fue la disputa entre freístas anticomunistas y rebeldes pro socialismo comunitario; en la UP el quiebre entre los allendistas y los partidarios del poder popular; la dictadura se tensionó entre “blandos” y “duros”; la Concertación entre autocomplacientes y autoflagelantes. Hoy a los reformistas/reconstituyentes se les enfrenta una coalición decadente de tres modos de estar en el mundo evitando reformas, maniobrando para que vía “focalizarse en los problemas reales de la gente” se suba en las encuestas y se deje un proceso ambiguo de algunos cambios, otros en proyectos de largo plazo con algunos pasos iniciales y una serie de omisiones lesivas desde educación gratuita en las “instituciones serias”, nada de nueva Constitución ni nacionalización de los recursos naturales, descentralización acotada y pospuesta, ni reforma previsional, ni viraje ambiental relevante, ni poder indígena, ni  mayor solidaridad estructural. Quedará un cambio al binominal con inflación de parlamentarios, la reforma tributaria recortada, ojalá el derecho a huelga y al menos la elección de intendentes en su fase constitucional, pero para un futuro incierto en su operacionalización.

 Nada será como antes. Habrá más rabia y menos ilusos. En los próximos meses se construirán fuerzas políticas nuevas (RD, Izquierda Autónoma, Federación de Partidos Regionalistas) y buscarán crear con segmentos sinceramente reformistas de la Nueva Mayoría y, fuera de ella, una coalición “pipiola/social/federalista” aquí y ahora, no como sueño, sino como bloque de poder.

La “mayoría reformista”, el siempre buscado “Bloque por los cambios” farreado por tres facciones en las sombras:

a.- Los asustados o “chupados”: signados por su dependencia a los grandes grupos económicos, pillados o en escalofríos por el pánico a ser delatados en sus redes. Ellos no quieren hacer olitas a la derecha y los empresarios, buscan una tregua y pasar “piolas”, superar el chaparrón. Ocupan el “susto” como herramienta de cohesión para cerrar filas: miedo a endeudarse aunque se tenga una de las menores tasas de endeudamiento (como porcentaje del PIB) de la OCDE; miedo a no tener los votos y los tienen en el Senado y la Cámara; miedo a defraudar al electorado de centro aunque el desgano y decepción viene de la sociedad reformista, actores sociales y nuevas generaciones; los que de rostro circunspecto, aunque la economía crece sobre el promedio de A. Latina y la cesantía se mantiene entre 6 y 7%...

El Partido del Orden ha vivido treinta años  (tras el fracaso de las protestas en el año 1985) con el discurso anticaos, la estabilidad y la gobernabilidad a toda costa, en un ejercicio engañoso de falso consenso. La falta de reformas, democracia y justicia de fondo es lo que daña la gobernabilidad. La captura oligárquica de la política por los grupos económicos y sus redes son los que generan la pérdida de legitimidad y la corrupción estructural.

b.-  Los retóricos o cínicos: aquellos que dicen que quieren las reformas, las apoyan, las levantan y en el discurso privado –y ahora público, casi sin vergüenza ajena– comenzaron a destruirlas, a decir que no se estaba preparado, a complejizarlas en un discurso banal. Los ejemplos son muchos: la DC firmó con RN un documento llamado a ser “histórico” en favor del semipresidencialismo y la descentralización, pero ahora no se quiere elegir a los intendentes ni hablar de nueva Constitución.

A nivel económico han escrito sobre el factor tributario y el poder sindical para generar igualdad, pero rasgan vestiduras a los estornudos de los empresarios y se callan ante las letanías neoliberales. Saben que dar coparticipación en los recursos naturales a las regiones crearía en clima menos hostil a la inversión y con recursos para los planes ambientales, pero siguen adorando a la DIPRES porque el monitoreo de todo es mejor que el futuro incierto con otros actores empoderados.

Hay otros descaradamente más cínicos que se venden a lobbistas, no quieren democratizar para no perder poder, se dicen líderes ambientales y los financian las donaciones millonarias del consorcio energético-farmacológico.

c.- Los dispersos: lo hay de dos subcategorías; los que quieren las reformas pero las enredan con duplicidades y enfoques poco pragmáticos y flexibles (como en gratuidad educacional y en descentralización metiendo un gobernador regional junto al intendente); y los que claman por ellas, se enojan, aseguran que “no moverán las reformas”, pero son incapaces de crear una bloque en el poder efectivo en su defensa. Algunos ya abandonaron la política y se hicieron profetas del futuro, sin entender que la política es construir el nuevo orden desde el presente.

Nada será como antes. Habrá más rabia y menos ilusos. En los próximos meses se construirán fuerzas políticas nuevas (RD, Izquierda Autónoma, Federación de Partidos Regionalistas) y buscarán crear con segmentos sinceramente reformistas de la Nueva Mayoría y, fuera de ella, una coalición “pipiola/social/federalista” aquí y ahora, no como sueño, sino como bloque de poder.

Es la historia desnuda de ilusiones y entendida como lucha de facciones en que el reformismo verdadero deberá vencer a la maquinaria perfecta del clientelismo electoral y el inmovilismo con que sucumbió el siglo XX.

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