Aborto terapéutico y salud mental
Señor Director:
En cuanto a la carta del colegio de Psicólogos sobre el aborto terapéutico y la salud mental, quisiera precisar que como Psicóloga que ha trabajado la temática de las secuelas psicológicas del aborto, la postura del colegio no me representa.
La declaración refiere que el malestar psicológico que sufren las mujeres se debe a una sociedad que criminaliza, que es un fenómeno social y “no es sinónimo de un diagnóstico clínico propio de las mujeres”. La experiencia en Estados Unidos muestra lo contrario, en ese país el aborto es legal y de libre demanda desde hace más de 40 años, se ve como algo normal y no se criminaliza a quienes deciden abortar. No obstante han surgido diversos organismos como Proyecto Raquel y Campaña No más silencio, que dan a conocer el daño causado a muchas mujeres a partir del aborto. Si en un país donde existen todas las libertades para abortar, existen también estas instituciones, quiere decir que la culpa que ocasiona un aborto, no se genera en lo externo como se quiere hacer creer; sino desde lo más interno y profundo de la persona.
Tampoco se puede argumentar que se deba a una concepción religiosa previa, ya que el dolor de un aborto es transversal a todas las creencias.
Sobre la violación, la víctima tiene su autoestima destrozada y no está en condiciones de decidir por sí misma si abortar es la mejor alternativa, por tanto la mayor responsabilidad es de su familia y las figuras adultas significativas. La mayoría de los embarazos precoces ocurren de abusos sostenidos en el tiempo, de relaciones de incesto, en donde hay abuso psicológico, seducción, amenaza coercitiva, y en algunos casos incluso la complicidad de la madre de la joven. No es de extrañar que sea este entorno el principal interesado en el aborto, y en no brindarle ninguna contención y apoyo emocional ante un embarazo no deseado.
Muchas mujeres que instan a sus hijas a abortar, lo hacen debido a que ellas se vieron forzadas a la misma decisión, lo que perpetúa un patrón transgeneracional de trauma y dolor. Este mismo embarazo puede ser la oportunidad de desarrollar la capacidad de resiliencia. La mayor queja de jóvenes abusadas que he escuchado es “Cómo mi mamá no se dio cuenta”. Frente a esto, la maternidad les permite descubrir que pueden defender a alguien más indefenso que ellas, como les hubiera gustado ser defendidas. También es común escuchar frases tales como “Este bebé va a ser mío y de nadie más, al principio lo rechazaba, pero poco a poco ha ido creciendo y su sonrisita me ha robado el corazón”. La posibilidad de la maternidad se convierte entonces en la gran posibilidad de reparar sus propias historias, siempre y cuando tengan dentro de su entorno figuras significativas que les infundan confianza sobre todo hacia ellas mismas, y es ahí donde el quehacer profesional cobra un valor sumamente relevante.
Finalmente, la declaración señala que como psicólogos no podemos formar parte de situaciones que trasgredan los DD.HH “promoviendo técnicas, conocimientos ni entrenamiento, que faciliten la práctica de la tortura o de otras formas de tratamiento cruel, inhumano o degradante” (Art. 17, inciso 3 Código de Ética), situándolo en torno a “obligar a llevar a término un embarazo por violación”. Sin embargo, el aborto se constituye como una práctica de tortura, un tratamiento cruel y degradante hacia esa persona, ya que el feto tiene terminaciones nerviosas muy tempranamente en su desarrollo, por tanto siente dolor. El tratamiento que recibe el cadáver del niño/a en gestación atenta contra todo principio de dignidad humana, al ser tratado como desecho orgánico, terminando literalmente en el tarro de la basura.
Por ende, la declaración formulada transgrede los mismos principios éticos que dice defender, tanto en el conocimiento empírico que tengo de las secuelas psicológicas que sufre la madre, como en la degradación humana que sufre el feto.
Psicóloga Paz Fernández K., Voluntaria Proyecto Esperanza