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La irracionalidad neoliberal

por 4 agosto, 2019

La irracionalidad neoliberal
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El peligro que afecta al símbolo de la cultura incaica y de los pueblos indoamericanos, “Machu Picchu”, resulta ser muestra inequívoca de la irracionalidad neoliberal que penetra intensamente la mentalidad de los gobernantes en la actualidad.

De acuerdo a los conocimientos disponibles este asentamiento humano fue construido antes del siglo XV, en la cordillera oriental de Perú, a unos 2.400 m.s.n.m. Lo separan un centenar de kms de El Cuzco, que fue ciudad capital del Imperio Inca.

Con el transcurso del tiempo, aventureros o investigadores, caza fortunas o abnegados estudiosos, historiadores y poetas, fueron tomando nota de su valor, que resulta ser un patrimonio incalculable; en especial, durante el siglo XX se fue reconociendo su vital trascendencia. El explorador Hiram Bingham que arribó a ella en Julio de 1911, intuyó la riqueza histórica y cultural allí representada. Más tarde un artículo del National Geographic motivó las perspectivas y el interés histórico, cultural y científico.

En 1981, Machu Picchu fue declarado Santuario Histórico Peruano, en 1983, adquirió la valorada condición de Patrimonio de la Humanidad, luego en el 2007 ganó la distinción de ser considerada una de las 7 maravillas del mundo moderno.

Ello no es casual, allí se cobijó uno de los centros fundamentales de una civilización llena de vitalidad que lograba transformar la naturaleza y a sí misma en una práctica intensa que le significaron avances técnicos y científicos incomparables. Aún no se dimensiona el complejo conjunto de acciones humanas, relaciones sociales y actividad productiva y científica, que acontecían en Machu Picchu, pero no cabe duda que los conocimientos atesorados y puestos en práctica por sus sabios y eruditos son una maravilla de la capacidad creativa del ser humano.

Confirmando que no hay sólo una ruta mercantilista al progreso, la civilización incaica tenía un notable y original desarrollo en diferentes campos, ese proceso fue cercenado en su matriz por el intolerante y dogmático invasor colonial, cuya obsesión no era más que acumular metales preciosos, especialmente el oro, a fin de responder a las ilimitadas exigencias de los parasitarios burócratas de la Corona de España, urgidos de riquezas para apaciguar la avidez de los decadentes monarcas y sus cortes, y para justificar los envíos de armas y hombres, desde la metrópoli.

Las embarcaciones rebosantes de oro y productos valiosos debían atravesar el océano en un larguísimo camino que no hacía más que atraer a piratas y bandoleros motivados por las mismas vilezas, pero provenientes de otras potencias y latitudes, que las asaltaban a la primera ocasión, en un bandidaje ininterrumpido pero calamitoso, generando incendios y/o abordajes que concluían con su preciosa carga en el fondo de los mares.

Con esos naufragios se perdía para siempre el trabajo de miles de indoamericanos que el brutal colonizador obligaba a producir en condiciones infrahumanas, pero la rapiña irracional del pirata volvía a hundir esas riquezas, haciendo inalcanzable ese codiciado metal arrancado de la profundidad de la montaña; así, la codicia lo sumergía en aguas impenetrables.

Pero, tampoco aquellas naves afortunadas que conseguían llegar con su preciada carga a Sevilla lo hacían para servir al progreso humano, no era lo que ocurría, los recursos ya se habían gastado y los nuevos tesoros se usaban para alargar la sobrevivencia de monarquías despóticas y linajes decadentes, esa riqueza era prontamente depositada en las bóvedas bancarias para saldar deudas que apremiaban a los autócratas o fluían hacia las cajas fuerte de los prestamistas para financiar más despilfarros y caprichos “reales”.

Fue una época de irrefrenable oscurantismo, impuesto por fuerzas ultraconservadoras, con la entronización de sectas poderosas, expresión de las peores alianzas en el Vaticano y la Corona española, grupos parasitarios que se ensañaban con terribles persecuciones, ejecutadas por la Inquisición en Europa y por la barbarie “evangelizadora” contra los indígenas en América.

En Machu Picchu, luego de siglos erguidas e impasibles, están esas proezas de la ingeniería, construcciones majestuosas, levantadas para el estudio de la astronomía y para sus prácticas religiosas; así como las terrazas de cultivo indican una técnica de drenaje formidable para dar sustentabilidad a la agricultura y, en consecuencia, asegurar la nutrición de los suyos y de sus visitantes.

Es la fuerza imponente, en plena montaña, de sus obras y edificaciones, de sus canales y terrazas, subyugando al observador del presente, emocionándole como a Pablo Neruda, cuyo arte inmortalizó a sus artistas, constructores, orfebres, labradores y a todos aquellos que con sus manos y sudor, traspasaron su espíritu a la roca que parece ensimismada, pero que cada día al salir el sol revive a sus antiguos moradores, a quienes excavaron y forjaron su serenidad inconmovible y expone, sin fin, la grandeza infinita de la voluntad y el esfuerzo humano.

La potencia inabarcable de la naturaleza y el sentido creador del trabajo humano generan la energía del flujo de sentimientos que se reflejan en la fuerza inagotable de la música que nace y perdura en las inmortales “alturas” de Machu Picchu. Ese sentido civilizacional, se distingue como la noche del día, del ímpetu especulativo y mercantilista del actual ciclo neoliberal.

Ahora, en Perú, el empecinamiento de la autoridad insiste en instalar en la localidad de Chinchero, en las cercanías de este patrimonio inigualable, un mega aeropuerto que facilitará un “schock” de divisas con el consumo impetuoso de muchos millones de visitantes que, según dicen, harán que el turismo sea una fuente ilimitada de ingresos.

Por cierto, primero serán las utilidades de los consorcios controladores del negocio global de la aviación comercial las que se abultarán fuera de control gracias a esa infraestructura que dejará comprometido, por muchos años, al Estado del Peru.

Afirman que ese portentoso terminal aéreo es para crecer. Y Machu Picchu, podrá soportar esta nueva ocupación?, o su destino será colapsar y perecer, cubierto de desperdicios, ahogado por la comida chatarra y la venta de baratijas....

Esa es la irracionalidad neoliberal del presente, exprimir todo lo que brinde alguna ganancia, sin importar el costo que ello significa al patrimonio de la humanidad. Así dentro de poco ni siquiera habrá recuerdos que compartir, tal vez, algún Whatsapp.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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