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OPINIÓN

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Recordar la revuelta social en el proceso constituyente 

por 25 septiembre, 2021

Recordar la revuelta social en el proceso constituyente 

Crédito: ATON

Para que no se logre el sabotaje al proceso constituyente –con todos los problemas que tenga y va a seguir teniendo– es imperante no descansar (luego de la casi exitosa estrategia de apaciguamiento comunal que se dio debido a la pandemia) en el trabajo de las personas electas para escribir la Constitución, sino reforzar este proceso –hasta su finalización– con empoderamiento asambleario en todos los lugares posibles.
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Generalmente los temas que escribo son ligados al campo artístico, cultural y la vinculación con los conocimientos (es genérico, lo sé). Sin embargo, la importancia que nos encontramos viviendo en Chile con respecto al fracaso o triunfo de la Convención Constituyente me hace volver, una y otra vez, a este tema.

Desde las artes contemporáneas se puede elongar lo estético hasta justificar esta columna, pero, aunque así fuera, no es mi principal interés aquí, sino el proceso constituyente y lo que, lentamente, se ha ido diluyendo: las causas que originaron que exista hoy este proceso. Si menciono momentos vinculados a lo artístico y estético será de soslayo, pero no por ello menos importantes para otra reflexión posterior.

No cabe ninguna duda de que las grandes movilizaciones nacionales que se dieron en todo Chile, desde octubre del 2019, fueron las causantes de que la llamada “clase política” aceptara un acuerdo para iniciar una Convención. Sin embargo, esta “clase”, por cuestiones históricamente obvias, no podía dejar que la “ciudadanía” se organizara autónomamente por dos motivos generales: uno es el tremendo riesgo de perder los privilegios que tiene toda esta “clase” sobre o a través del Estado, y el segundo sobre el descrédito que se le atribuye a la población en materia política para organizarse, poniéndose, esta “clase”, como profesionales de la política, como los sustentadores de un orden previamente establecido; el mismo orden histórico del cual la gran mayoría de la población se ha cansado hasta la furia. Por eso, las y los políticos profesionales (de todos los partidos) se adelantan a este proceso constituyente para poner, en el acuerdo, sus propias reglas, las cuales podrían asegurarles no perder el statu quo que siempre han mantenido.

El filósofo Yuk Hui menciona un concepto denominado tecnodiversidad, el cual es un interesante e importante aporte a la filosofía de la tecnología, la que se extiende a toda una ecología política, donde las relaciones técnicas de cada grupo, culturas, tribus, pueblos, etc., pueden concebir las construcciones de sus dispositivos socioculturales de las formas y maneras que requieran de acuerdo a sus propias visiones de mundo.

¿Por qué menciono este concepto de Hui? El estado actual de la hegemonía económica y política en el mundo, que ha generado el intento de su propia tecno-estabilidad, tiene su base histórica en la lógica europea de la construcción de realidad. Las posibles virtudes y vicios de esta lógica son, en escala pequeña (y más provincianamente viciosa), las que vive Chile con respecto a la posición con que debe entenderse lo real, incluso en una gran cantidad de personas detractoras del sistema neoliberal actual; en muchos grupos disidentes también. Finalmente cuesta imaginarse un cambio del sistema. De ahí que los progresistas moderados, de herencia liberal (sin darse cuenta muchas veces), intenten amortiguar la expansión popular cosificándola y acomodándola a los principios históricos lineales de la herencia técnica que se ha impuesto globalmente hace siglos. Para estos la diferencia es peligrosa, pero hay que aceptarla en la medida de la conveniencia política. Las y los líderes de los movimientos estudiantiles del 2011 también entraron en la misma linealidad lógica (¿agotamiento, estrategia, conveniencia?).

Hoy se le cuestionan muchas cosas a la Convención, pues existe un evidente temor de la mencionada “clase política” sobre ese empoderamiento, el cual, sin embargo, ha bajado considerablemente su intensidad en los distintos territorios del país y en las organizaciones comunales que debiesen estar muy presentes en este proceso. Pero, aun así, existe temor de este proceso, y las formas para su desacreditación son las que ya conocemos: resaltar en los medios masivos de comunicación cualquier problema que se dé en la discusión convencional; invertir en supuestos expertos intelectuales liberales para el intento de profundización ideológica, como fue la venida de David Rieff, un cuasinegacionista de los derechos humanos (...). Tengan por seguro que la oligarquía nacional invertirá cada vez más (tecnica-tecnológicamente, mediáticamente, etc.) en el descrédito de la Convención Constitucional.

Me es casi inevitable, y a la vez compulsivo, agregar a la hipótesis de Hui lo que podría devenir en la tecnoestética, la cual, a partir de Simondon, podría considerar una de las respuestas modernas, iniciadas, y tal vez superadas, de la mera contemplación kantiana con respecto al momento en que el individuo (no sujeto) debiese hacerse cargo de la propia construcción estética y técnica sobre su realidad. Pero es en el conjunto de las relaciones tecnoestéticas apropiadas donde un agenciamiento político es posible en tanto construcción de un vivir juntos con y en nuestras propias creaciones ficcionalizantes. Dejaré mi pulsión de este tema para otra columna sobre la importancia de las artes contemporáneas en la Constitución y en la base de la “génesis” creativa de gran parte del conocimiento.

Revisando un video del profesor Salazar de principios del 2020, se puede volver a recordar que los poderes constituyentes corresponden a la “ciudadanía”, donde el poder constituido debiese ser la soberanía y no del derecho. Hoy se le cuestionan muchas cosas a la Convención, pues existe un evidente temor de la mencionada “clase política” sobre ese empoderamiento, el cual, sin embargo, ha bajado considerablemente su intensidad en los distintos territorios del país y en las organizaciones comunales que debiesen estar muy presentes en este proceso. Pero, aun así, existe temor de este proceso, y las formas para su desacreditación son las que ya conocemos: resaltar en los medios masivos de comunicación cualquier problema que se dé en la discusión convencional; invertir en supuestos expertos intelectuales liberales para el intento de profundización ideológica, como fue la venida de David Rieff, un cuasinegacionista de los derechos humanos, y digo cuasi, pues no niega, literalmente, esto, pero lo relativiza al plantearlo como un daño a la “salud” de una sociedad el hecho de recordar atropellos y terribles vulneraciones, como si estas fueran las que trajeran el problema y no al revés. Tengan por seguro que la oligarquía nacional invertirá cada vez más (tecnica-tecnológicamente, mediáticamente, etc.) en el descrédito de la Convención Constitucional. Es algo obvio y, también, permítaseme decir, una apropiación negativa, pero además muy básica, de la tecnoestética.

Para que no se logre el sabotaje al proceso constituyente –con todos los problemas que tenga y va a seguir teniendo– es imperante no descansar (luego de la casi exitosa estrategia de apaciguamiento comunal que se dio debido a la pandemia) en el trabajo de las personas electas para escribir la Constitución, sino reforzar este proceso –hasta su finalización– con empoderamiento asambleario en todos los lugares posibles; instaurar no solo la participación de gremios y organizaciones establecidas, sino también de los barrios, comunas y territorios, los cuales pueden marcar la gran diferencia para apropiarnos, como pueblo, de un proceso único, el cual aún puede alinearse con las demandas de las masivas protestas chilenas. Nos encontramos justo en el momento de mostrar que los intentos y medidas de una minoría que no requiere cambios no se les permitirán, pues, de no ser así, más temprano que tarde, obviamente, las protestas de gran escala volverán a emerger.

Parafraseando a Salazar, agregaría que la unidad mayor se logra en las comunas, el poder de constituirse políticamente se da territorialmente, no en el solo escenario de la deliberación por el voto. La asociatividad territorial es mucho más fuerte que la asociatividad ideológica, pues las demandas de la primera unen las bases sobre los mismos intereses y problemas de la gran mayoría.

Estamos en un momento en donde podemos dar los primeros pasos de la tecnodiversidad y participar del debate y discusión de problemas sin relativizaciones que desinforman. Con esto último no estoy mencionando que no se informe de los posibles problemas que se vayan generando, pero es muy diferente remarcarlos como tal, a ponerlos como oportunidad en las condiciones de posibilidades en que se encuentra el proceso actualmente y en el futuro cercano. Descansar en la sola información de lo que va aconteciendo no colaborará. El fracaso o el logro de esto va a depender de todos y todas, ya sea en la pasividad o la actividad en que nos insertemos individual y/o colectivamente. Claramente sería una derrota si al final del proceso no cambiara nada (o solo se reformaran cosas), si en el camino nos encontráramos solo como espectadores de una apropiación mediática.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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