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OPINIÓN

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El futuro de la Democracia Cristiana

por 26 agosto, 2018

El futuro de la Democracia Cristiana
El tiempo que viene es de sobriedad, templanza y unidad interna, teniendo presente que nuestro norte, en medio de las amenazas del “nacional-populismo” en Europa, América del Norte y sus ramificaciones en América Latina, es defender la democracia, sus instituciones y asegurar la gobernabilidad democrática de Chile. La buena noticia es que, a partir de la alternancia en el poder, la democracia nos pertenece a todos y en ese contexto, hay que hacer nuestra propia introspección, sin ansiedad, apoyando a una dirección partidaria que, con 5 presidentes en 3 años, ha estado averiada y terremoteada. “Identidad sin complejos”, eso es lo que está en el aire y lo que el país espera de nosotros.  Ya vendrá el tiempo de contar los votos, de acuerdos electorales y posibles alianzas de gobierno.
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Tal vez sea una paradoja que en momentos en que algunas de las ideas centrales de la Democracia Cristiana prevalecen y se imponen en el mundo -como el valor universal de los derechos humanos  entendidos como la expresión política y moral de la dignidad de la persona- en cuanto idea, movimiento político y partido político, esa misma DC aparezca en retirada, a la defensiva, sin un rumbo claro, como sumidos en una gran interrogante en relación al futuro y a nuestra propia identidad. Todo, en el contexto de un serio cuestionamiento de la política y los partidos tradicionales, en Chile y en el mundo.

En el seminario “La Democracia Cristiana en Europa y América Latina” en la Universidad de Notre Dame (EEUU) en abril de 1999, al que me tocó asistir, varios autores -Martin Conway, José Casanova, Raymond Grew, Paul Sigmund y Carl Strikwerds, entre otros reconocidos expertos- advirtieron que la era de la DC "ha llegado a su fin”. En lo que se refiere al caso chileno, mucho antes Michael Fleet había escrito el libro “Auge y caída de la Democracia Cristiana chilena” (1985).

De eso hace 20 años, más si consideramos lo de Fleet, y lo cierto es que en el intertanto el agua del ideario demócrata cristiano siguió corriendo bajo el puente, en Europa y en Chile, con altos y bajos, con avances y retrocesos, como es la vida cíclica de los partidos. Quiero decir, los cadáveres en política no existen o dicho en términos más criollos, se han visto muertos cargando adobes.

¿Qué pasó con aquel movimiento que una prestigiosa revista llamó “el más exitoso de Europa Occidental desde 1945”?, (The Economist, 17 de marzo de 1990). Seguramente se refería al que levantó la idea de una Europa unida e integrada tras la Segunda Guerra Mundial, contando entre sus principales líderes a estadistas de la estatura moral, política e intelectual de Konrad Adenauer, Alcides de Gasperi y Robert Schuman, por mencionar a algunos.

El valor universal de los derechos humanos como credo y síntesis de toda su doctrina y base de su acción política, como nos lo recordaran Jaime Castillo y Andrés Aylwin. La democracia, entendida como régimen político de la libertad sin doble estándar en ninguno de esos dos parámetros. La economía social de mercado en cualquiera de sus variantes, que en el caso de Chile transitó desde la Revolución en Libertad de Eduardo Frei Montalva hasta el “crecimiento con equidad” de Patricio Aylwin y los presidentes de la Concertación. La integración europea convertida en columna vertebral de la Europa de las posguerra y hasta nuestros días, son solo algunos ejemplos de cómo las ideas de la DC fueron marcando un rumbo, una épica y una ética, a la vez que un ideal histórico.

Renovarse o morir

Hace casi 20 años escribí un libro con el mismo título de este artículo (“El Futuro de la Democracia Cristiana”, 1999) en que me permití plantear que la DC, en Europa y en América Latina, “enfrenta un dilema –renovarse o morir- de formulación drástica, que no admite soluciones intermedias, retoques cosméticos o simples acomodos tácticos”. Agregué que eso significaba un doble desafío: por un lado, “volver a Galilea” -a nuestras raíces- y por otro, me permití plantear “la hipótesis que el futuro de la democracia chilena depende de modo principal que sea capaz de hacerse cargo y responder a los desafíos de la “sociedad emergente”, que surge de los profundos cambios económicos, sociales y culturales habidos en las últimas dos décadas, con sus luces y sus sombras, sus vacíos y contradicciones y, sobre todo, sus enormes posibilidades”.

Señalé que los dilemas de los años 90 ya no tenían que ver con los de nuestra historia más reciente -“reforma o revolución” como en los años 60 y comienzos de los 70, “democracia o dictadura” como en los años 70 y 80- sino con los desafíos y dilemas de la “sociedad emergente”.

Entre los cambios económico-sociales mencioné la realidad y demanda de una mayor autonomía de las personas y la sociedad civil, una menor injerencia del Estado, “lo que no obsta a que la sociedad exprese una valoración positiva del Estado y un legítimo y vigoroso reclamo por una mayor y efectiva igualdad de oportunidades, y por más protección social”, acompañado todo ello de la aceptación, explícita o implícita, de una economía abierta de mercado, lo que no implica necesariamente "una aceptación de la ideología neoliberal” que es solo una de las aproximaciones a ese tipo de economía en el contexto más amplio de la globalización, considerada como una oportunidad más que como una fatalidad.

Advertí de las tensiones al interior de un partido como la DC, en relación al nuevo protagonismo -y una nueva autoestima- del actor empresarial, el que difícilmente se aviene con un “ethos cultural”  y un estereotipo como el de la DC, “que tiende a identificar todo aquello que se relaciona con “empresarios” o “sector privado” con una realidad enteramente ajena, más bien perversa y hasta pecaminosa”. Mi énfasis principal a la hora de procurar describir las características de la “sociedad emergente” estuvo dado “por la aparición de una nueva clase media, muy distinta de la que se ha conocido históricamente en Chile, ligada al surgimiento y el desarrollo del Estado, que ve sus posibilidades de progreso personal y familiar más ligadas a la educación y la igualdad de oportunidades que a la acción del Estado. Se trata de una clase media más autónoma y mucho más heterogénea de la que la precede, con una conciencia más clara de lo que significa el esfuerzo personal y familiar como la clave del progreso y el bienestar”.

La fuerte reducción de la pobreza bajo el Chile de la Concertación trajo aparejada, como contrapartida, la emergencia de esos nuevos sectores medios emergentes y aspiracionales que constituyen, tal vez, el dato principal del Chile de los últimos 30 años, con cambios radicales, por ejemplo, en los patrones de consumo y en las más variadas expresiones de nuestra vida social y cultural.

Digo lo anterior porque considero que la crisis actual de la DC es de conducción partidaria, lo que se expresa en el hecho que hemos tenido 5 presidentes entre el 2015 y 2018: Jorge Pizarro, Carolina Goic, tras la renuncia indeclinable del senador Pizarro, Matías Walker, tras la renuncia indeclinable de la senadora Goic y en calidad de subrogante, Miriam Verdugo, tras la renuncia indeclinable del diputado Walker y en calidad de subrogante y, más recientemente, Fuad Chahin, electo con una participación electoral muy notable de más de 14.000 militantes, a pesar de todo, a pesar de la crisis, a pesar de las renuncias. Todos ellos grandes militantes y dirigentes, pero así no se puede; cinco presidentes en tres años, no hay partido que lo resista.

Más que sacar cuentas alegres, de un triunfalismo barato o de una postura auto-complaciente, muy por el contrario, digo que esos cambios económicos y sociales, de una profundidad y velocidad desconocidos en el desarrollo de Chile y de América Latina, traen aparejados grandes contradicciones, especialmente en términos de la desigual distribución de las oportunidades y de los ingresos, “desarrollo desigual” lo denomino, “donde en paralelo al país de los ganadores existe el país de los perdedores”.

En ese contexto, señalo que un partido como la DC, más que renegar de esos cambios, que son parte de su propio legado, porque estábamos en el gobierno de Frei, que sucedió al de Aylwin, con un crecimiento de un 7% para los años 1990-1997 y una sustancial disminución de la pobreza, tiene que hacerse cargo de los perdedores, pues ahí está su misión histórica: atender a la necesidades de los pobres, los marginados, los excluidos, que constituían la otra cara, la oculta, invisible de los dos Chile que había detrás de ese “desarrollo desigual”.  Hacerse cargo de los desafíos de la sociedad emergente, especialmente para un partido de las características de la DC, significa asumir el país de los ganadores y de los perdedores, en el contexto de un desarrollo socioeconómico desigual y contradictorio.

Asumir la realidad de los nuevos sectores medios, como la característica central de la sociedad emergente, tenía además una importancia electoral. En ese entonces, recordaba que en las elecciones municipales de 1996 y parlamentarias  de 1997 se produjo la mayor disminución electoral que experimentó la DC y fue en los sectores medios. Según los estudios de la época la mayor baja de los 200 mil votos que perdió la DC entre 1992 y 1996 como de los 500.000 votos que dejó de recibir entre 1993 y 1997, estuvo precisamente entre los sectores medios, que constituyen el dato central de la “sociedad emergente”.

Finalmente, junto con los cambios socioeconómicos referidos a la doble realidad de la sociedad emergente y de los sectores medios, me referí a los cambios culturales, que estaban aún mas reñidos con el ethos de la DC que los cambios socioeconómicos. Argumenté que el principal reclamo de una mayor autonomía de las personas y de la sociedad civil frente al Estado, tenía implicancias no solo en el plano socioeconómico, sino principalmente en el nivel de los cambios culturales.

Me referí al tema de la mujer, como “un tema emergente y desde todo punto de vista insoslayable”, a los cambios en la familia “y las profundas transformaciones en su seno”, a los temas de la ciudad donde habita el 83% de los chilenos unido al desarrollo urbano y la calidad de vida de sus habitantes, al cuidado del “medio ambiente y la necesidad de preservar los recursos naturales, renovables y no renovables”, a la legítima demanda de los jóvenes “por ampliar y profundizar el ámbito de la libertad y las libertades”, junto a un reclamo de pluralismo y tolerancia. “¿Está preparada la DC para responder a estos nuevos desafíos de la sociedad emergente en el ámbito cultural”?, me preguntaba, junto con plantear serias dudas al respecto.

Simbolizaba mi argumento en las razones que habíamos tenido con Mariana Aylwin para introducir en 1994 el proyecto sobre matrimonio civil (divorcio), como un botón de muestra de cómo la DC puede, y debe, conversar con las realidades y los cambios culturales asociados a la “modernidad”, a sus problemáticas, de cómo la manera “demócrata cristiana” de enfrentar esos desafíos era, y es, a través de un diálogo entre los principios y la realidad social, tal como había sido con la Reforma Agraria bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva.

En el centro de todo ese debate estaban las características de un proceso de “secularización”, como una característica típicamente asociada a la modernidad. Hice referencia también a lo que había significado en la vida de la Iglesia el Concilio Vaticano II, como una actitud de diálogo y una apertura (“aggiornamento”) con el mundo modero, democrático y secular: “En el fondo, lo que está en juego en la actitud de la DC frente a los nuevos ejes que hoy definen la política chilena, es la confirmación de su vocación a favor de los cambios o, por el contrario, el entronizamiento de un espíritu marcadamente conservador”.

Recordé que la DC históricamente fue (y es) un intento por conciliar la tradición cristiana con el mundo moderno, democrático y secular. Dije que eso fue Frei Montalva, quien hizo dialogar a Jacques Maritain (humanismo cristiano) con la CEPAL (reformismo desarrollista) y que eso fueron Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, quienes a partir de las mismas vertientes cristianas, ahora en una virtuosa y fructífera alianza con el socialismo democrático -que ya se la hubiera querido Frei Montalva pero la Guerra Fría y la revolución cubana lo impidieron- lograron una propuesta modernizadora en torno al concepto de “crecimiento con equidad” de la mano de la transición y la consolidación democrática de la que hoy, muchos, reniegan.

Todo eso está escrito en 1999, en el mismo seminario –que en mi caso motivó la publicación de ese libro- en que los expertos anunciaban el “fin de la era de la democracia cristiana”. En la misma Universidad de Notre Dame a la que vuelvo por los próximos meses como investigador en torno al proyecto “Fe y Política (reflexiones de un legislador católico)”.

Considero que esas reflexiones formuladas en 1999 están plenamente vigentes hoy, con la diferencia –y la prevención o advertencia- que han transcurrido 20 años desde ese entonces y que ha pasado mucha agua bajo el puente.

Nosotros

Algo de todo eso intentamos hacer entre el 2010 y el 2015, cuando nos tocó como directiva presidir -bajo el lema "identidad sin complejos"- el PDC, con el apoyo del Consejo Nacional, la Junta Nacional y del conjunto del partido y sus militantes. En ese período, que fuimos electos y reelectos, procuramos demostrar que se puede hacer política hacia afuera -era la etapa de formación de la Nueva Mayoría y de las elecciones municipales de 2012 y parlamentarias de 2013- a partir de nuestras propias convicciones. Ahí están los números en el entendido que los partidos se miden y se pesan en votos. Lo demás son opiniones.

Recibimos como directiva, como Consejo Nacional y como Junta Nacional, un partido con un 15% de los votos y lo entregamos 5 años después con un 15% de los votos, deteniendo el declive electoral - que era una verdadera sangría- de los últimos 20 años,  período en que habíamos perdido un millón de electores. Los 1.238 candidatos a alcaldes y concejales que llevamos en 2012 surgieron todos desde las comunas y las regiones sin interferencias “cupulares”, entre cuatro paredes ni dos o tres lotes, como había sido el reclamo de las bases del partido durante tantos años.

Hubo primarias internas, aún  sin ley de primarias, en 70 comunas y elegimos 63 alcaldes, incluyendo 7 independientes pro DC, con un 17,44% de los votos (965.105 electores), constituyéndonos en primera fuerza nacional en número de alcaldes y de población gobernada por esos ediles. Junto a ellos, elegimos 389 concejales con el 15,01% de los votos. Subimos de 19 a 22 diputados (hoy estamos en 14). Elegimos 58 consejeros regionales (llegamos a tener el 25% de los consejeros de la Región Metropolitana) y mantuvimos 7 senadores.

Hablo de nosotros y de lo que intentamos hacer, porque el lema hacia adentro fue “una gestión de todos y para todos” con miras a diluir y desdibujar la lógica de los lotes internos que tanto daño le habían hecho al partido, recordando que la política es una acción colectiva y comunitaria. Actuamos como una sola voz –hasta el surgimiento de la “disidencia” en 2014-2015- y obtuvimos la aprobación de cuatro votos políticos unánimes en las Juntas Nacionales. Cometimos también muchos errores, pero lo dimos estabilidad a la conducción partidaria durante esos 5 años.

Digo lo anterior porque considero que la crisis actual de la DC es de conducción partidaria, lo que se expresa en el hecho que hemos tenido 5 presidentes entre el 2015 y 2018: Jorge Pizarro, Carolina Goic, tras la renuncia indeclinable del senador Pizarro, Matías Walker, tras la renuncia indeclinable de la senadora Goic y en calidad de subrogante, Miriam Verdugo, tras la renuncia indeclinable del diputado Walker y en calidad de subrogante y, más recientemente, Fuad Chahin, electo con una participación electoral muy notable de más de 14.000 militantes, a pesar de todo, a pesar de la crisis, a pesar de las renuncias. Todos ellos grandes militantes y dirigentes, pero así no se puede; cinco presidentes en tres años, no hay partido que lo resista.

Lo otro ya lo sabemos: en mi reciente libro “La Nueva Mayoría, reflexiones sobre una derrota” escrito en primera persona plural y singular, con un espíritu crítico y auto crítico, lo único que he querido es abrir un debate sobre lo que nos ocurrió como centro-izquierda y lo que nos ocurrió como DC y cómo y por qué la Presidenta Michelle Bachelet entregó el mando de la nación, por segunda vez consecutiva, a la derecha. Primero desde la Concertación y luego desde la Nueva Mayoría. Me considero socio fundador de ambas así es que aquí solo cabe el nosotros.

También hay que decir que la evidente “izquierdización” de la Nueva Mayoría afectó y disminuyó la importancia relativa de la DC, que es muchas cosas, pero que nunca ha sido, no es y nunca será un partido de izquierda. Detuvimos -sigo en primera persona plural- el virtuoso proceso de crecimiento, modernización y desarrollo de los últimos 30 años y la lógica transversal de la Concertación, fue sustituida por una lucha por las hegemonías entre los partidos de la Nueva Mayoría por la “direccionalidad del proceso”, como la llamó el PC. Se desestibó la nave. Hay que decirlo también, la Presidenta Bachelet contribuyó a ello tomando partido por una de las partes, con un fuerte personalismo en el ejercicio del Poder, en desmedro de los partidos y los parlamentarios de la Nueva Mayoría.

Todo ello culminó en la derrota política y electoral de 2017, en que de tanto renegar de los gobiernos de la Concertación bajo la imagen de la “retroexcavadora” destinada a “remover en sus cimientos el modelo neoliberal heredado de la dictadura” -como si hubiésemos estado durante los cuatro gobiernos de la Concertación mirando al techo, engañando al pueblo- el electorado, al parecer, decidió ir por el original más que por la copia.

Las causas de la derrota política y electoral de la Nueva Mayoría y el contundente triunfo de la derecha en diciembre pasado son evidentes: logramos alienar y alejar a los sectores medios, al voto de centro y de los independientes, los mismos que habíamos representado en el pasado reciente, que estábamos llamados a seguir representando y que dieron un apoyo contundente al candidato de la derecha, Sebastián Piñera, con un 55% de los votos.

Como dijo el subsecretario del Interior, Mahmud Aleuy, a los pocos días de la derrota: “creo que la izquierda, el progresismo, la centroizquierda o como se le quiera llamar, tiene que tener el coraje de enfrentar la derrota mirándola a la cara”.

¿Qué hacer?

La DC como doctrina, historia, valores e ideario, está plenamente vigente. Lo que tenemos que saber es si el partido que conocemos como “Democracia Cristiana” está -estamos- dispuesto a asumir los desafíos de la “sociedad emergente”, como un país de ingreso medio camino al desarrollo, la “segunda transición” al decir de Alejandro Foxley, haciéndonos cargo de las aspiraciones y las frustraciones de esos sectores medios emergentes a partir de los cambios económicos, sociales y culturales de los últimos 30 años, incluida una muy exitosa transición a la democracia. O, si vamos a asumir el papel que se insinuó –soy el primero en hacerlo en un sentido crítico y auto crítico- bajo el segundo gobierno de Bachelet de “arroz graneado”. En otras palabras, si vamos a jugar el papel de minoría dirimente, porque tenemos los votos y la representación para hacerlo, o vamos a terminar jugando el rol de minoría subordinada.

Y dejemos el tema de la “centro-izquierda” en remojo, por un tiempo, porque cuando hay, al menos, viente partidos, agrupaciones o movimientos políticos de izquierda, con los 14 del Frente Amplio, los 5 de la ex Nueva Mayoría, súmele el PRO, entonces es muy difícil para un partido como la DC definirse en ese espacio sin grave detrimento de nuestra propia identidad y espacio político-electoral.

Lo que hay que hacer es apoyar a la nueva directiva de la DC y jugarnos -tras la dolorosa renuncia de decenas de militantes y dirigentes- lo que tal vez sea nuestra única, y última, carta si queremos evitar transformarnos en un partido irrelevante o en un “caso de estudio”, tal vez en la forma de un “epílogo” o quien sabe, si de un “post scriptum” del libro sobre “el fin de la era de la Democracia Cristiana”.

No es fácil ser católico y demócrata cristiano en estos días. La crisis de la Iglesia Católica tiene sus propios derroteros, pero con una clara ventaja sobre nuestro partido -de inspiración humanista, cristiana, de carácter no clerical y no confesional- que está dada por la presencia del Espíritu Santo, no de otra manera se puede explicar su supervivencia a lo largo de 2000 años. Nosotros, en cambio, “sentimos cada vez más el frío de nuestra propia desnudez” (que me perdone Eugenio Tironi quien así definió la “renovación socialista” hace más de 30 años).

El tiempo que viene es de sobriedad, templanza y unidad interna, teniendo presente que nuestro norte, en medio de las amenazas del “nacional-populismo” en Europa, América del Norte y sus ramificaciones en América Latina, como lo demuestra la reciente elección de López Obrador en México, es defender la democracia, sus instituciones y asegurar la gobernabilidad democrática de Chile, la que dejó de ser monopolio de la centro-izquierda hace 8 años, lo que fuera confirmado en diciembre último.

La buena noticia es que, a partir de la alternancia en el poder, la democracia nos pertenece a todos. En ese contexto es que hay que hacer nuestra propia introspección, sin ansiedad, apoyando a una dirección partidaria que, con 5 presidentes en 3 años, ha estado averiada y terremoteada. “Identidad sin complejos”, eso es lo que está en el aire y eso es lo que el país espera de nosotros.  Ya vendrá el tiempo de contar los votos, de los acuerdos electorales y de las posibles alianzas de gobierno.

Vivimos en “Tiempos de Indignados” (Daniel Innererity) y ello incluye la crisis en el plano de las identidades. Hay que buscar y marcar nuestra propia identidad, buscando representar a nuestro propio electorado, real y potencial, sin complejos, sin vestirnos con ropajes ajenos, no somos un partido de izquierda y menos, uno de derecha, somos la Democracia Cristiana, así, sin complejos. La encontraremos en nuestra doctrina, nuestra historia y en los cambios que vive el mundo.Hay que volver a nuestras raíces y tener la capacidad para sintonizar con la sociedad emergente, con sus luces y sus sombras y, sobretodo, con sus enormes posibilidades.

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