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¿Pero qué le pasó al Gobierno?

por 3 septiembre, 2018

¿Pero qué le pasó al Gobierno?
La obsesión por manejar la agenda y recuperar puntos de las encuestas provocó un efecto perverso en el Gobierno. Era la hora de desmentir la “sequía legislativa” –tal vez el único acierto de la oposición en los primeros cuatro meses– y el oficialismo se animó a explorar su fuerza en el Congreso pese a no tener mayoría. Atrás quedaba la etapa de los proyectos que generaban consenso por sí mismos –como infancia– y la prueba del salario mínimo era un buen ejercicio antes de intentar el más difícil de todos: la Reforma Tributaria. De más está decir que el diseño de este proyecto de ley constituía un verdadero malabarismo, es decir, cumplir con la promesa a los empresarios –de bajar los impuestos– y activar la inversión para que repercutiera en el crecimiento. El Gobierno ya había entendido el mensaje: el mundo empresarial no estaba precisamente colaborando con los planes de Felipe Larraín, al implementar una sospechosa ola de despidos y cierres masivos de empresas. La pregunta que se hacían en La Moneda era por qué esto no lo habían realizado en el verano, previo a asumir el poder.
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Y ocurrió el milagro. Después de más de ocho meses sumida en un letargo, similar al sopor, la oposición comenzó a dar signos de vida. Fue como el despertar de un paciente en estado de coma, pero, claro, con muy pocos méritos propios. Lo cierto es que, de no ser por la cadena de errores interminables del Gobierno, sumado esto a un escenario económico bastante “debilucho” –desempleo de 7,3%, el más alto desde 2011, y un Imacec proyectado de julio entre 2% y 3% y no al 3,9% esperado–, la oposición empezó a tomar conciencia de que el rival estaba abriendo grandes espacios a nivel defensivo y que su medio campo era menos fuerte de lo que creían. Incluso, el hecho de que integrantes del equipo contrario declararan que este era un partido que estaban jugando solos –otra desafortunada frase de Mauricio Rojas, pronunciada dos semanas antes de ser designado ministro y cuando gozaba del prestigio de escribir los discursos del Presidente–, sirvió de incentivo para volver a la cancha. En jerga futbolística, la oposición le perdió el miedo al rival.

La verdad es que las cosas partieron como avión para el Gobierno durante los dos primeros meses. Terreno despejado y viento a favor, avalado por un triunfo contundente (54.6%) obtenido en diciembre, con una oposición desconcertada y sin liderazgo. Además, Sebastián Piñera había aprendido la lección, dejando atrás al Presidente versión 2010, ese que no resistía la tentación de hablar casi a diario y exponerse más de la cuenta. El Mandatario modelo el “papelito de los 33”.

Pero los problemas empezaron antes de lo esperado y vinieron TODOS de su propio equipo. Ministros con poca disciplina, declaraciones pasadas de revoluciones para tratar de instalar que la economía avanzaba, parlamentarios compitiendo por ser los bendecidos por el Jefe de Estado e iniciar la carrera presidencial de manera más que adelantada. Y la oposición en sueño profundo.

Pero el remate de esta serie de humor negro vino del propio Presidente. En una confusión digna de un equipo amateur, el Ejecutivo salió de manera irreflexiva a condenar a una empresa del Estado, sin tener antecedentes claros. Y la poco afortunada visita a terreno de Sebastián Piñera a la zona, nos haría recordar al Mandatario versión 2010. Impulsivo, sobreexpuesto, arriesgado al límite. Si el Gobierno no hace un análisis más profundo de las razones que lo tienen, según Adimark, con la peligrosa curva de aprobación y desaprobación casi iguales, con siete puntos menos de respaldo que en su primer período a esta misma fecha y con un rechazo en los sectores bajos que supera por catorce puntos a la adhesión, los problemas se agudizarán. La desesperación por los números puede ser una muy mala consejera. Y seguir apostando por el exceso de confianza y culpar de todos los males a la antecesora, también. En todo caso, en la oposición ya le prendieron una vela al Gobierno con la leyenda “gracias por favor concedido”.

Luego vendrían los choques entre las alas conversadora y liberal por la agenda valórica. Se iniciaban las protestas y tomas feministas. El Gobierno se la jugó al comienzo por apoyar estas causas, pese a que la mayoría de su propio sector estaba en contra. A tanto llegó el conflicto interno, que Van Rysselberghe amenazó con llevar al Tribunal Constitucional al Gobierno en caso de que introdujeran indicaciones al proyecto de Identidad de Género. Y la oposición aún en la siesta.

Mientras tanto, los ministros seguían haciendo su aporte. A las chambonadas cotidianas de Varela, se sumaban Santelices, Valente y hasta el experimentado Hernán Larraín, que trató de izquierdistas a los jueces. Los parlamentarios no se quedaban atrás. En un encuentro de su partido –¿cuándo entenderán los políticos que no existe nada privado cuando hay más de dos militantes juntos?–, Chahuán señaló que sacaría “a patadas” a la ex ministra Pérez.

Así llegamos al momento culminante de la cadena de errores no forzados. El episodio del ajuste de gabinete resultó ser el peor de los autogoles. Un segundo piso cuyos analistas no se tomaron ni la molestia de googlear las frases célebres de Rojas, lo que habría evitado un bochorno que quedará en la historia política de la democracia chilena. Para mala suerte del Gobierno, no solo se puso el foco en un ministerio que, la verdad, es poco relevante políticamente, sino que arruinó el plan diseñado por La Moneda: anunciar el malogrado inicio de la “segunda etapa”, cuyo objetivo apuntaba a levantar la economía y el empleo. ¿Quién se acuerda qué dijo el Presidente ese 9 de agosto? De seguro muy pocos, pero la mayoría podría recitar la poco inteligente frase de Rojas. Lo que le faltó a La Moneda fue entender que, más que un problema económico, lo que estaba ocurriendo era la falta de gestión política.  

La obsesión por manejar la agenda y recuperar puntos de las encuestas provocó un efecto perverso en el Gobierno. Era la hora de desmentir la “sequía legislativa” –tal vez el único acierto de la oposición en los primeros cuatro meses– y el oficialismo se animó a explorar su fuerza en el Congreso pese a no tener mayoría. Atrás quedaba la etapa de los proyectos que generaban consenso por sí mismos –como infancia– y la prueba del salario mínimo era un buen ejercicio antes de intentar el más difícil de todos: la Reforma Tributaria. De más está decir que el diseño de este proyecto de ley constituía un verdadero malabarismo: cumplir con la promesa a los empresarios –de bajar los impuestos– y activar la inversión para que repercutiera en el crecimiento. El Gobierno ya había entendido el mensaje: el mundo empresarial no estaba precisamente colaborando con los planes de Felipe Larraín, al implementar una sospechosa ola de despidos y cierres masivos de empresas. La pregunta que se hacían en La Moneda era por qué esto no lo habían realizado en el verano, previo a asumir el poder.

El resultado del proyecto de salario mínimo es conocido, pese a lo difícil que es entender quién tuvo la responsabilidad de este nuevo bochorno. La previa al ingreso del ajuste tributario al Parlamento ya ha entregado señales pesimistas, incluso está aún en duda si logrará sortear el primer trámite. Y uno de los principales damnificados es el ministro Blumel. Además de haberse jugado por defender a Rojas una semana antes, el debutante deberá pasar una prueba de fuego decisiva para su futuro político y con una oposición que ya despertó del letargo.

Y los errores no han cesado. Cuesta entender que una persona inteligente y pragmática como el Presidente insista, de manera obsesiva, en mantener al cuestionado subsecretario. Esto ha provocado que la DC, el único partido de la ex NM que había colaborado en los grupos de trabajo presidenciales, le declarara la guerra a La Moneda. Ni la postal de una sonriente Marta Larraechea y Cecilia Morel lograrán apaciguar las aguas hasta que Castillo no abandone su cargo.

Es así como el binomio Rojas & Castillo lograron lo que la oposición no habría obtenido por sí sola: unir al grupo, incluido el FA. ¿Cuándo van a entender en la derecha que el tema de los DDHH es el único aglutinador que tiene la centroizquierda? Está claro que la ex Nueva Mayoría se envalentonó. Fue un regalo caído del cielo y varios en ese sector son animales políticos que saben aprovechar bien cuando se les presenta una oportunidad.

Pero el remate de esta serie de humor negro vino del propio Presidente. En una confusión digna de un equipo amateur, el Ejecutivo salió de manera irreflexiva a condenar a una empresa del Estado, sin tener antecedentes claros. Y la poco afortunada visita a terreno de Sebastián Piñera a la zona, nos haría recordar al Mandatario versión 2010. Impulsivo, sobreexpuesto, arriesgado al límite.

Si el Gobierno no hace un análisis más profundo de las razones que lo tienen, según Adimark, con la peligrosa curva de aprobación y desaprobación casi iguales, con siete puntos menos de respaldo que en su primer período a esta misma fecha y con un rechazo en los sectores bajos que supera por catorce puntos a la adhesión, los problemas se agudizarán. La desesperación por los números puede ser una muy mala consejera. Y seguir apostando por el exceso de confianza y culpar de todos los males a la antecesora, también. En todo caso, en la oposición ya le prendieron una vela al Gobierno con la leyenda “gracias por favor concedido”.

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