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¿Quién eres, Dignidad? Opinión Foto: Temática ATON

¿Quién eres, Dignidad?

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Alejandro Reyes Vergara
Por : Alejandro Reyes Vergara Abogado y consultor
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Dignidad había sido muchos años dirigente vecinal, preocupada que la comunidad se uniera, fuera solidaria en apoyar a los que estaban sin trabajo, se diera de comer en ollas comunes a los que estaban con hambre y se protegiera a los perseguidos no por sus hechos sino sólo por causa de sus ideas.


La vi pasar frente a mi ventana, con su cojera y su bastón. Su impronta me quedó grabada. La vi modesta, pero  caminaba  erguida, con  paso tranquilo y decidido. Parecía ir a un destino claro, aunque fuera largo y fatigoso. Traslucía un orgullo esencial y merecido, el premio de su honra y su decoro.

Me mantuve atento y otra vez la vi pasar. Entonces la seguí.  Quería conocerla, escucharla, mirarla a sus ojos, entenderla aún mejor. Le pregunté su nombre. Me miró desconfiada y con gesto altivo dijo llamarse Dignidad

[cita tipo=»destaque»]A Dignidad recibir o pedir ayuda la hacía sentirse contrariada: por un lado muy agradecida, por otro menoscabada, porque significaba que su propio esfuerzo y su mérito ya no le alcanzaban para mantener su decencia y su libertad.[/cita]

¡Qué bonito nombre! –le dije-. Para darle confianza hice una metáfora y le conté que hay tantos que sueñan con ella, como si fuera una ilusión. Otros luchan toda su vida para alcanzarla, pero se fatigan sin llegar hasta el final. Los que logran conquistarla con mucho esfuerzo, sienten por fin cierta paz. Y en una extraña paradoja, tanto los que siempre la han tenido, como aquellos que la han perdido por completo, no se dan cuenta de ello, no la entienden y la malgastan con ligereza.

A Dignidad le gustó lo que dije. Sonrió con una mezcla de dulzura y picardía. Aprendí que ella también sabe divertirse, jugar y reir.

Le gustaba que la respeten y hacerse respetar. Su padre le enseñó que si era respetuosa consigo misma y con los demás, se ganaría el respeto de los otros. Ser engañada por cualquiera, fuera grande o pequeño,  era ser insultada; ser menospreciada por ignorante, inculta o mal educada, eran las peores  heridas que le podían causar. Ser humillada o discriminada por ser más pobre, por ser mujer, por tener otro matiz en su color de piel o pertenecer a otra clase social, la sacaban de quicio.

Pese a su gran sencillez, Dignidad se notaba bien educada. Lo fue en una escuela rural a mediados del siglo pasado, cuando gobernar era educar. La ayudaron su padre ferroviario y su madre campechana que apenas habían aprendido a leer. Ella los honraba en el muro principal interior con sus grandes retratos en blanco y negro, en marcos ovalados. Ahora con sus 85 años, Dignidad leía casi completo el diario prestado por su vecina. Quería estar bien informada. Por las noches ojeaba un libro pedido en la biblioteca municipal. Le gustan las novelas rosa de Corín Tellado, la poesía de Gabriela Mistral y los boleros de Lucho Gatica y Luis Miguel. Siempre fantaseó con escribir poesía y estar enamorada, lo que jamás consiguió en su vida.

Me contó que le gustaba valerse por sí misma sin que sea necesario que nadie la ayude. Eso era esencial para Dignidad. Esperaba que su trabajo, su empeño y sus méritos logrados con esfuerzo y tantos años se entendieran suficientes para tener decente comida, vivienda, educación, salud y seguridad social. No estaba en su ánimo molestar ni ser carga de nadie, tampoco le gustaba pedir favores o regalos. Todo lo contrario. Quería ser autónoma, libre, batírselas sola,  aunque por cierto querida y acompañada. Pero no dejaría ser pisoteada. Si fuera necesario protestaba, y si requería ir con olla o con bandera las llevaba.

No quería que la trataran como cosa, como algo útil, mecánico ni barato, tan intercambiable como un kilo de papas o un par de zapatos.  Le cargaba que la trataran como si fuera un niño. Quería llegar a sentir que de verdad existe la igualdad entre personas, al menos en su esencia, en el respeto que cada uno merece como humano; en sus derechos básicos, en el buen trato, no condicionado a sus bienes materiales. Quería poder tener el derecho y la libertad de realizar su esencia y elegir su destino. Dignidad no sentía que ella poseyera todo esto como una cosa externa, ni como un honor en gracia concedido ni tampoco como un premio por  trabajar sesenta años, tanto más y demasiado. No era una posesión, sino que lo sentía dentro de sí, en su ser, simplemente por ser persona humana. ¿Por qué tenía que reclamarlo si era una parte de ella? ¿Acaso no le expropiaban una parte de su esencia, si aquello le quitaban?

Sabía que es imposible ser libre e igual si se sufre de hambre y frío; si se padece la ignorancia y se carece de cultura; si no hay quien pueda atenderla ante una enfermedad grave, dolorosa y urgente; o si el dinero que recibe por derecho cada mes no le alcanza para vivir. Todo eso  obligaba al pobre discriminado a menospreciarse, a rogar sin recibir, a perder su decencia y su decoro.

A Dignidad recibir o pedir ayuda la hacía sentirse contrariada: por un lado muy agradecida, por otro menoscabada, porque significaba que su propio esfuerzo y su mérito ya no le alcanzaban para mantener su decencia y su libertad.

Todo eso me lo dijo con pasión y claridad. Entonces se sintió cansada. Me convidó a su casa a descansar un poco, tomando un té aguado con un pan sin nada. Cuando nos acercábamos por las calles de su población la saludaban con cariño y con respeto. Dignidad había sido muchos años dirigente vecinal, preocupada que la comunidad se uniera, fuera solidaria en apoyar a los que estaban sin trabajo, se diera de comer en ollas comunes a los que estaban con hambre y se protegiera a los perseguidos no por sus hechos sino sólo por causa de sus ideas.

Su ropa sencilla, aunque por muchos años de uso de colores deslavada, la tenía bien cuidada, limpia y planchada. Su casa era simple, sólida, pequeña pero ordenada. Era suficiente para ella. Pero soñaba que la modesta nobleza de su casa la hiciera merecedora –en su imaginario-, de recibir un día sin vergüenza a una reina en su morada. Pese a ser pobre y menos educada, estaba segura que en lo más profundo del alma, su dignidad humana y la de la reina eran exactamente iguales. Como la Mistral, al parecer Dignidad soñaba con ser reina, al menos sentirse soberana de sí misma y ser ella misma su pequeño reinado.  Al despedirse me recitó con nostalgia: “Todas íbamos a ser reinas/de cuatro reinos sobre el mar:/ Rosalía con Efigenia/ y Lucila con Soledad.”… “Lo decíamos embriagadas,/ y lo tuvimos por verdad,/ que seríamos todas reinas/ y llegaríamos al mar.”

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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