Publicidad
La cruzada que no necesita votos Opinión AgenciaUno

La cruzada que no necesita votos

Publicidad
Guido Romo Costamaillère
Por : Guido Romo Costamaillère Director de Encuestas y Opinión Pública Gemines Consultores
Ver Más

El Gobierno de José Antonio Kast no opera con la lógica de la política democrática clásica. Opera con la lógica de una misión. Y esa distinción lo cambia todo, pues cuando dice cosas que escandalizan a los moderados no es por error, sino por fidelidad a la misión.


Hay una tentación cómoda y equivocada que consiste en leer los tropiezos del Gobierno de José Antonio Kast como simples errores comunicacionales. Voceros torpes, declaraciones desafortunadas, falta de empatía. El diagnóstico sería sencillo y la solución también: contraten mejores asesores, afinen los mensajes, bajen el tono.

Pero esa lectura se equivoca en lo esencial: confunde el síntoma con la enfermedad. Lo que vemos en este Gobierno no es mala comunicación. Es un proyecto político que, por su propia naturaleza, no necesita comunicar bien. Al menos no en el sentido en que lo entendemos en democracia.

Para entender a este Gobierno hay que sacudirse algunos supuestos. No estamos frente a una derecha tradicional que administra el Estado con prudencia. Tampoco frente a un populismo al estilo Bolsonaro, que necesita del aplauso permanente de las masas. Estamos frente a algo distinto: un proyecto que opera con la lógica de una misión religiosa. Sus integrantes creen poseer una verdad superior –moral, casi trascendente– que los autoriza a actuar con independencia de lo que piense la mayoría. En esa visión del mundo, los votos son solo el mecanismo para llegar al poder, no su fuente de legitimidad. La legitimidad viene de la Verdad, con mayúscula. Y la Verdad no se negocia.

El Gobierno de Kast no busca convencer a Chile. Busca transformarlo, aunque Chile no quiera ser transformado en ese sentido todavía.

El primer pilar de este proyecto es la “batalla cultural”, y conviene no trivializarla describiéndola como mera provocación o ruido para distraer. Tiene una lógica coherente: la idea de que las instituciones políticas siempre son consecuencia de una hegemonía cultural previa. Si quieres cambiar el país de verdad, primero tienes que cambiar lo que la gente cree, lo que valora, lo que considera normal.

Lo que la izquierda aprendió en el siglo XX, la nueva derecha lo aprendió con retraso pero con entusiasmo. Las polémicas sobre educación sexual, las arremetidas contra el lenguaje inclusivo, los cuestionamientos a la memoria de los derechos humanos: nada de eso es accidental. Todo responde a una estrategia de largo plazo que no mide su éxito en encuestas de aprobación, sino en cuánto terreno cultural logra conquistar.

El segundo pilar es la motosierra económica. Aquí también hay que resistir la tentación de leerlo solo como ajuste fiscal o racionalización del gasto. Achicar el Estado, en la visión de Kast, no es un medio,  sino un fin en sí mismo. Responde a una convicción moral –casi religiosa– en orden a que el Estado corrompe la iniciativa individual, la familia y la comunidad. Reducirlo no es una política pública; es un acto de corrección histórica.

Por eso las resistencias sociales no los frenan: al contrario, las leen como confirmación de que van por el camino correcto. El dolor que produce el ajuste es, para ellos, pedagógico. Chile debe aprender, aunque le duela, que el Estado no puede ni debe resolver todo.

La crisis comunicacional del Gobierno no es un problema de mensajes. Es la expresión inevitable de un proyecto político que no necesita –y en el fondo desprecia– la persuasión democrática.

Esta lógica tiene consecuencias directas sobre cómo funciona –o más bien, cómo no funciona– la comunicación de este Gobierno. En democracia, la comunicación sirve para tender puentes: traducir, persuadir, escuchar, corregir el rumbo. Para este Gobierno, en cambio, comunicar no es construir mayorías, sino consolidar al núcleo propio, identificar al enemigo y alimentar la polarización.

Sus voceros no hablan para convencer a los indecisos; hablan para los convencidos. En ese marco, lo que los analistas describen como “mala comunicación” es con frecuencia comunicación exitosa, exitosa –por cierto– para sus propios fines, que no son los fines que nosotros esperamos de un Gobierno democrático.

Lo anterior no significa que el Gobierno no tenga problemas reales. Los tiene, y son serios. El primero es un choque con la realidad: Chile no es el país que Kast describe. La gente no siente que el Estado es demasiado grande; siente que no llega, que no protege, que no garantiza lo básico. Aplicar la motosierra a una institución que la ciudadanía percibe como insuficiente genera un cortocircuito político de proporciones.

El segundo es un problema de coalición: el mundo empresarial que apoyó a Kast no comparte necesariamente su visión más radical. A los grandes grupos económicos les interesa la estabilidad y la certeza, no la cruzada cultural ni el deterioro institucional acelerado.

El tercero es estructural: Chile tiene instituciones relativamente sólidas que actúan como freno natural a los proyectos refundacionales, vengan de donde vengan.

¿Qué hacer, entonces? La respuesta no puede buscarse en el terreno comunicacional, porque ese es el error que queremos evitar. La tesis de esta columna es simple: en política, lo político es siempre la base, nunca la consecuencia de una buena comunicación. No se sale de la crisis con mejores titulares. Se sale con mejor política. Para quienes se oponen a este proyecto, eso implica al menos tres cosas.

Primero, disputar el terreno cultural con seriedad y sin complejos: el lenguaje, los valores y los marcos que usamos para leer la realidad no son accesorios de la política, son su sustancia. La centroizquierda ha tendido a ceder ese espacio, apostando a que los hechos hablan solos. No lo hacen.

Segundo, construir una narrativa sobre el Estado que no sea solo defensiva –“salvemos lo que hay”– sino propositiva: qué Estado queremos, para qué sirve, cómo mejorarlo sin destruirlo. Esa narrativa está ausente o es demasiado técnica para llegar a la gente.

La tercera –y acaso la más urgente– es asumir que, cuando este Gobierno dice cosas que escandalizan al Chile moderado, no está cometiendo errores. Está siendo fiel a su misión. Y la única respuesta inteligente a una misión es otra misión: no más tibia ni más pragmática, sino igualmente firme en sus valores y más enraizada en la realidad de las mayorías. Chile ha sabido construir ese tipo de proyectos en otros momentos de su historia.

La pregunta es si las fuerzas que hoy se oponen a Kast tienen la claridad y la voluntad para intentarlo, o si preferirán esperar que el adversario se tropiece solo. Esa espera no es estrategia: es pasividad disfrazada de astucia. Y tiene un costo que, si no se actúa, lo pagará la próxima generación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.

Publicidad