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El marco roto Opinión

El marco roto

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Gobernar, sin embargo, es distinto a hacer campaña. La campaña puede operar con eslóganes y diagnósticos simplificadores. El Gobierno, no. El Gobierno debe hacerse cargo de la real complejidad social, porque la vida cotidiana de las personas no es unidimensional.


Erving Goffman, uno de los sociólogos más influyentes del siglo XX, desarrolló el concepto de “marco” para describir los esquemas interpretativos que usamos para darle sentido a la realidad. 

Un marco no describe el mundo: lo organiza, lo selecciona, lo jerarquiza. Define, por ejemplo, qué es importante y qué no lo es, quién es responsable y quién es víctima, qué acciones son legítimas y cuáles inaceptables. Los marcos operan con frecuencia de manera silenciosa, dando por sentado aquello que en realidad es una construcción.

El Gobierno de José Antonio Kast llegó a La Moneda montado en un marco preciso: Chile estaba en medio de una emergencia. La seguridad pública desbordada, la economía quebrada, el Estado capturado por gente irresponsable, etc. Ese marco alimentó una máquina electoral: organizó miedos, canalizó frustraciones y ofreció la promesa implícita de que votar por Kast era votar por el orden y la seguridad.

Su victoria fue contundente. Pero ganar una elección no es obtener un cheque en blanco sobre tu visión del mundo. Es una decisión tomada en condiciones de elección obligada, donde millones de personas –con vidas complejas y preocupaciones múltiples– optan por la alternativa que les parece más adecuada para los dolores y los problemas de ese momento. 

Gobernar, sin embargo, es distinto a hacer campaña. La campaña puede operar con eslóganes y diagnósticos simplificadores. El Gobierno, no. El Gobierno debe hacerse cargo de la real complejidad social, porque la vida cotidiana de las personas no es unidimensional.

Así, los votantes de Kast no son necesariamente en su mayoría negacionistas ambientales, ni desconocen las desigualdades de género, ni son conservadores, ni rechazan el papel del Estado, ni sienten hostilidad hacia los migrantes. Más bien son personas que, al tener que elegir en una elección dicotómica, optaron por la opción que les pareció más efectiva frente a su miedo más urgente: la inseguridad pública. Pero eso no significa que ese fuera su único horizonte de vida, ni que hayan delegado un mandato para una agenda ideológica total.

Creer que el marco simplificador que sirvió para ganar una elección servirá para administrar una sociedad compleja, es un grave error de diagnóstico. Llevar ese marco al extremo y cristalizarlo en políticas públicas basados en él, es otro error. 

Porque los marcos, para durar, necesitan estar anclados en la realidad. Pueden enfatizar ciertos elementos y ocultar otros, pero no pueden flotar indefinidamente en el puro discurso abstracto. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia concreta de las personas se vuelve demasiado grande, el marco cruje. Y lo que hemos visto en las primeras semanas del Gobierno de Kast es precisamente eso: el crujido.

Ante el crujido, el Gobierno enfrenta dos caminos.

El primero es insistir en su ortodoxia: sostener el relato de la emergencia, endurecer el tono, profundizar la agenda. Es el camino que parece estar tomando y una de sus primeras expresiones ha sido desconocer los pocos avances en participación ciudadana que existían: la consulta indígena reducida a trámite, los mecanismos de incidencia comunitaria ignorados, las decisiones tomadas de espaldas a quienes más las sienten.

El segundo es redefinir prioridades, abrir el diálogo, transitar hacia un marco político abierto, con gestión técnica, pragmatismo y acuerdos.

Del otro lado, la oposición enfrenta su propio desafío. No basta con criticar el marco del Gobierno: hay que producir uno distinto. Se requiere dibujar un horizonte de sentido. Una lectura de Chile que hable a quienes sienten que algo no está bien, pero no encuentran dónde anclar políticamente esa incomodidad. Y esto no puede hacerse solo en reuniones partidarias ni mirando encuestas. Requiere ir más allá de los ciclos electorales y apostar por algo más difícil: conversaciones que traduzcan la vida cotidiana sin simplificarla, que salgan de los círculos donde el miedo se reproduce.

Chile tiene experiencia en esto, aunque no siempre la ha sabido aprovechar. En 2016, los Encuentros Locales Autoconvocados del proceso constituyente de Bachelet reunieron a más de 127 mil personas en 8.113 encuentros a lo largo del país, produciendo un material de enorme riqueza sobre lo que los chilenos querían y temían.

En 2017, el Frente Amplio construyó el programa de Beatriz Sánchez a partir de 500 encuentros con cerca de 12 mil participantes: fue la primera vez que un programa presidencial se construía de forma genuinamente participativa.

En 2019, se registraron 1.233 cabildos autoconvocados que brotaron tras el estallido y que, lejos del relato del estallido como un acontecimiento cuasidelictual, mostraron que esa época confirma que, cuando se abre el espacio, la sociedad tiene cosas que decir y formas propias de decirlas.

Incluso en los dos procesos constituyentes fallidos funcionaron mecanismos de participación ciudadana que eran inéditos en Chile y que lograron una alta adherencia ciudadana.

La democracia no es solo un procedimiento para designar a los representantes y autoridades de turno. La democracia es también, y sobre todo, encontrarnos para recrear políticamente el futuro.

Estos procesos y otros más, son profundamente democráticos. Y son evidencia de que tenemos la necesidad y la capacidad de conversar, de construir acuerdos, de imaginar en común un país distinto. Ahí hay un camino.

El problema no es la disposición de la gente, que existe, y es mayor de lo que la política institucional suele suponer. El problema es que la conversación no tiene dónde habitar. Chile carece de espacios estables donde procesar diferencias, tramitar desacuerdos y construir horizontes comunes más allá de la coyuntura. Pasamos del silencio al estallido, del repliegue a la movilización, sin nada en el medio que sostenga el diálogo cotidiano.

Porque el problema de fondo no es solo político: es relacional. La sociedad se activa con enorme fuerza en ciertos momentos, pero carece de las tramas necesarias para sostener esos impulsos en el tiempo. Una democracia sin conversación comunitaria es una democracia que se agota en sus propias tensiones. Y un proyecto político que no se proponga crear esas condiciones –espacios, tiempos, instituciones para el encuentro– estará construyendo sobre arena, por muy nobles que sean sus ideas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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