Opinión
Archivo
Evitar la guerra y su desastre humano: por qué invertir en la paz importa
Debemos otorgar atención, analizar y discutir la situación internacional no sólo enfocándonos en el ámbito militar, geopolítico o de interacciones entre grandes potencias, sino poniendo el foco también —incluso mayormente— en las personas.
La guerra es un fenómeno multidimensional y puede observarse desde distintas perspectivas: el nivel de recursos destinados al ámbito militar, la inversión en mecanismos que promuevan la paz y, por último, su dimensión más dramática (y probablemente la más decisiva): la magnitud del daño que puede producir y su capacidad de condicionar el futuro.
Partamos por mirar las cifras. El gasto militar a nivel global ha aumentado en un 41% durante la última década. Por once años consecutivos este gasto marcó un nuevo récord, alcanzando una inversión de $2.887 billones durante el 2025.
SIPRI (sigla en inglés de Stockholm International Peace Research Institute) publicó hace algunos días su estudio de tendencias de gasto en defensa y sus principales conclusiones son elocuentes. El gasto se concentra en un número limitado de países. Los 15 que más invierten sumaron 2.304 mil millones de dólares en 2025, lo que equivale al 80% del total mundial. Y, si se consideran únicamente los cinco principales —Estados Unidos, China, Rusia, Alemania e India—, su gasto conjunto alcanzó el 58 % del total global.
Los motivos detrás de esta tendencia, que se ha profundizado en el caso de Europa durante los últimos dos años, son bastante conocidos. De hecho, gran parte de las discusiones en medios nacionales (e internacionales) se centran en analizar el actual contexto internacional: las guerras en curso, las operaciones que en ese contexto se realizan; la incertidumbre como elemento basal y las posibles adecuaciones en el marco de alianzas militares históricas.
No hay duda de que esto debe ser discutido y analizado. Sin embargo, hay un gran contraste con otros ámbitos que tienen profundos impactos en la humanidad y usualmente reciben baja o nula atención. Miremos la contracara y veamos qué se ha hecho en materia de mantención de la paz y de asistencia humanitaria.
En la última década, el despliegue de personal internacional en operaciones de paz se ha reducido de manera significativa, con una contracción cercana al 42%. Esta disminución se ha producido a pesar de que el número de misiones activas se ha mantenido relativamente estable, lo que debilita la capacidad de protección, monitoreo y respuesta en terreno, incrementando la vulnerabilidad de las poblaciones civiles y ampliando los espacios de riesgo e inestabilidad.
Lo anterior se suma a la gravísima situación de financiamiento y ejecución de los programas de ayuda humanitaria a nivel global, que se encuentra en un deterioro estructural sin precedentes en la última década. En ese contexto, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) calculó que para su plan hiper-priorizado mediante el cual se busca salvar 87 millones de vidas, requiere de 23.000millones de dólares. Según precisó la misma oficina, esto equivale a tres días y medio del monto que actualmente el mundo está invirtiendo en defensa.
Dónde se invierten los recursos importa, y esas decisiones tienen consecuencias directas en la vida de millones de personas. En otras palabras, tal como OCHA indicó, la brecha de presupuesto en la ayuda humanitaria no se da por falta de recursos sino por la falta de priorización en este ámbito.
Parte de la naturaleza de la conflictividad entre estados es la incertidumbre que la envuelve. Hoy, como antes, no nos es posible predecir la trayectoria a la cual nos lleva como humanidad la tendencia del aumento del gasto militar, aunque una situación de guerra a nivel global o un desastre que pueda afectar a millones de personas es un escenario que no puede descartarse.
Recientemente David Gross, Premio Nobel de Física, al abordar el futuro de la humanidad en una entrevista con Live Science planteó que, debido a los avances de la inteligencia artificial y la actual conflictividad mundial hay peligro de una guerra nuclear, con lo cual la expectativa de vida es de unos 35 años más.Esto implica que las actuales generaciones de adultos serían los últimos adultos mayores de la humanidad y los actuales niños terminarían su vida antes de cumplir los 40 años.
Lo relevante frente a este catastrófico escenario es mantener presente que el futuro no está definido de antemano como un solo camino, sino que se configura como un abanico de trayectorias posibles, condicionado por las decisiones que se toman en el presente. En este marco, nadie puede tomar palco y dejar de asumir la responsabilidad que nos cabe a todos frente a un riesgo latente. Hay un rol claro yesencial que debe jugar la academia, la sociedad civil y los medios.
Debemos otorgar atención, analizar y discutir la situación internacional no sólo enfocándonos en el ámbito militar, geopolítico o de interacciones entre grandes potencias, sino poniendo el foco también —incluso mayormente— en las personas. Y, luego, hacer lo posible desde aquella base analítica, para influir en que los grandes gastos se vuelvan a ver reflejados en ámbitos vinculados al desarrollo, a la ayuda humanitaria de quienes más lo requieren y a la construcción y mantenimiento de la paz.
De lo contrario, no estaremos haciendo todo lo que esté en nuestras manos para que la trayectoria posible sea hacia la convivencia de futuras y prósperas generaciones.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en el Newsletter +Política de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para informado/a con noticias precisas, seguimiento detallado de políticas públicas y entrevistas con personajes que influyen.