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Trump y Xi: dos miradas frente a la guerra en Irán
Beijing está aprendiendo: observa cómo funcionan las campañas aéreas occidentales, la defensa antimisiles israelí, la resiliencia de infraestructura energética bajo ataque, el impacto de las sanciones financieras y el uso masivo de drones y misiles de precisión.
La postergada visita de Donald Trump a China no es solo una cumbre marcada por la rivalidad tecnológica, los aranceles o la disputa por Taiwán. Tampoco es únicamente una reunión entre las dos mayores economías del planeta. Lo que realmente convierte este encuentro con Xi Jinping en un episodio estratégico de primer nivel es otro factor: la guerra contra Irán y el silencioso protagonismo que Beijing ha ido adquiriendo en el conflicto.
Porque detrás de los titulares sobre inteligencia artificial, tierras raras y semiconductores, existe una realidad mucho más profunda. China se transformó en los últimos años en el principal sostén económico externo del régimen iraní. Y eso significa que cualquier intento estadounidense de contener a Teherán inevitablemente pasa hoy, de una u otra forma, por Beijing.
Durante décadas, Medio Oriente fue esencialmente un espacio de influencia estadounidense. Desde la Primera Guerra del Golfo de 1991 hasta las invasiones de Afganistán e Irak, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington actuó como la potencia militar y diplomática dominante en la región. China, en cambio, mantenía un perfil bajo, concentrada en expandir su comercio, asegurar acceso a materias primas y evitar involucrarse en conflictos regionales complejos.
Pero eso comenzó a cambiar. Especialmente después de que la administración Trump abandonara en mayo de 2018 el acuerdo nuclear JCPOA, firmado tres años antes bajo el gobierno de Barack Obama. La llamada estrategia de “máxima presión” buscaba asfixiar económicamente a Irán mediante sanciones financieras y petroleras capaces de reducir prácticamente a cero sus exportaciones energéticas.
Sin embargo, aquello nunca ocurrió. Y la razón principal tenía nombre y apellido: China.
En los últimos años, distintos análisis de comercio marítimo y mercado energético han estimado que entre el 80% y 90% del petróleo exportado por Irán termina directa o indirectamente en el mercado chino, muchas veces mediante triangulaciones, cambios de bandera y mecanismos financieros difíciles de rastrear. Gracias a eso, Teherán siguió obteniendo miles de millones de dólares incluso bajo sanciones occidentales.
En otras palabras, mientras Washington intentaba aislar económicamente al régimen iraní, Beijing impedía silenciosamente su colapso. Eso explica por qué el tema iraní aparece hoy inevitablemente en la reunión entre Trump y Xi.
Estados Unidos entiende que China posee algo extremadamente valioso: influencia económica real sobre Teherán. Mucho más de la que tienen varios aliados occidentales, porque Irán depende de esos ingresos petroleros para sostener parte importante de su economía, financiar subsidios internos, mantener estabilidad política y continuar desarrollando capacidades militares y nucleares.
Pero la lógica china es mucho más compleja que simplemente “apoyar a Irán”. China importa cerca del 70% del petróleo que consume y buena parte de ese flujo energético pasa por Medio Oriente y el Golfo Pérsico. Un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz o una guerra regional descontrolada tendría efectos devastadores sobre la economía china, elevando los precios globales del petróleo y afectando sus cadenas industriales y comerciales.
Por eso Beijing juega una partida doble. Por un lado, sostiene económicamente a Irán y evita su aislamiento total. Pero al mismo tiempo intenta impedir una escalada que termine desestabilizando completamente la región.
Esa lógica quedó especialmente clara en marzo de 2023, cuando China sorprendió al mundo al anunciar en Beijing el acuerdo de reconciliación diplomática entre Arabia Saudita e Irán. Aquella imagen tuvo un enorme impacto simbólico, ya que mostraba por primera vez a China actuando no solo como potencia económica global, sino también como mediador político relevante en Medio Oriente.
Eso representa una transformación silenciosa del orden internacional, porque mientras EE.UU. continúa desplegando portaaviones, destructores y sistemas antimisiles en la región, China expande su influencia utilizando comercio, energía, inversiones y diplomacia.
Pero además hay otra dimensión todavía más importante, porque Beijing está aprendiendo: observa cómo funcionan las campañas aéreas occidentales, la defensa antimisiles israelí, la resiliencia de infraestructura energética bajo ataque, el impacto de las sanciones financieras y el uso masivo de drones y misiles de precisión. Lo hizo antes con la guerra en Ucrania y ahora nuevamente con Irán.
Todo lo anterior tiene una conexión directa con Taiwán, porque si China enfrentara algún día una crisis militar en el Indo-Pacífico, probablemente debería soportar exactamente el mismo tipo de presión que hoy experimenta Irán: sanciones económicas, restricciones tecnológicas, bloqueo marítimo parcial y guerra prolongada de desgaste.
Por eso, la reunión entre Trump y Xi no es simplemente una cumbre bilateral más. Es también un reflejo de cómo ha cambiado el mundo en los últimos años.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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