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China y Rusia: algo más que ejercicios militares conjuntos Opinión Imagen: @CCTVAsiaPacific

China y Rusia: algo más que ejercicios militares conjuntos

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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Beijing y Moscú acaban de concluir una nueva edición de sus ejercicios navales conjuntos.

Entre el 6 y el 13 de julio, fuerzas de ambos países participaron en Joint Sea-2026, frente a Qingdao, practicando operaciones de reconocimiento, defensa aérea y antimisiles, ataques contra blancos de superficie y rescate submarino. Concluidas las maniobras, parte de las fuerzas zarpó hacia el Pacífico para realizar nuevas patrullas conjuntas.

Esto no se trata de algo nuevo ni improvisado. La serie Joint Sea comenzó en 2012 y, desde entonces, las imágenes de buques rusos y chinos navegando en formación se han vuelto cada vez más habituales. Por eso, la pregunta relevante ya no es por qué China y Rusia realizan ejercicios militares conjuntos. Tampoco basta con contabilizar cuántas veces entrenan en un año. Hoy la verdadera pregunta es otra: ¿Qué están aprendiendo a hacer juntas?

Un informe del Congressional Research Service estadounidense, publicado el pasado 9 de junio, permite observar la evolución. China y Rusia realizaron siete ejercicios o patrullas combinadas en 2019, otros siete en 2022 y 2023, y 11 en 2024. Sin embargo, el dato más importante no está solamente en la frecuencia, ya que el Departamento de Guerra de Estados Unidos ha advertido que estas actividades han aumentado también en alcance geográfico y complejidad operacional.

Las maniobras navales se han extendido desde el Pacífico hasta el Mediterráneo y el Báltico. En julio de 2024, bombarderos chinos H-6K y rusos Tu-95MS efectuaron por primera vez una patrulla conjunta cerca de Alaska, obligando a cazas estadounidenses y canadienses a interceptarlos. Y, ahora, en Joint Sea-2026, la dimensión submarina y las operaciones de rescate bajo el mar volvieron a ocupar un lugar relevante.

Estos no son detalles menores, ya que cada nuevo escenario y cada capacidad incorporada amplían la experiencia acumulada por fuerzas armadas que hace poco más de una década tenían una limitada práctica de operaciones combinadas.

China y Rusia todavía no poseen el nivel de interoperabilidad que caracteriza a una alianza militar como la OTAN. Tampoco existe entre ellas un tratado de defensa colectiva que obligue a una a combatir en apoyo de la otra. Pero quizás concentrarse exclusivamente en esas diferencias conduce a formular la pregunta equivocada.

¿La razón? Los ejercicios conjuntos permiten conocer procedimientos, probar comunicaciones, coordinar unidades, detectar dificultades y, sobre todo, convertir la presencia militar del otro en algo progresivamente familiar. En una crisis, esa capacidad operacional puede adquirir un valor que ningún tratado permite medir por anticipado.

Existe, además, un elemento que distingue la relación militar actual de la que ambos países mantenían en 2012.

Rusia hoy acumula más de cuatro años de experiencia en una guerra convencional de alta intensidad en Ucrania. Sus Fuerzas Armadas han debido adaptarse al uso masivo de drones, la guerra electrónica, los ataques de precisión y el empleo de sistemas occidentales cada vez más sofisticados.

China, en cambio, no libra una gran guerra desde su conflicto con Vietnam, en 1979. Por lo tanto, para Beijing, entrenar y mantener una relación militar estrecha con unas fuerzas rusas sometidas a la presión diaria de un conflicto de estas características representa una oportunidad difícil de ignorar.

Y la cooperación parece avanzar más allá de las grandes maniobras anunciadas públicamente. En mayo, Reuters informó que unos 200 militares rusos habían sido entrenados en secreto por las Fuerzas Armadas chinas a fines de 2025, y que algunos regresaron posteriormente a combatir en Ucrania.

Según documentos y fuentes de inteligencia citados por la agencia, un acuerdo bilateral contemplaba también que cientos de militares chinos recibieran entrenamiento en instalaciones rusas. El Kremlin rechazó esas informaciones, pero Reuters señaló posteriormente que el programa habría sido autorizado en los niveles superiores del Ministerio de Defensa ruso.

Todo esto obliga a Estados Unidos y sus aliados a mirar Europa y el Indo-Pacífico desde una perspectiva diferente. Durante años, ambos escenarios pudieron ser analizados como desafíos estratégicos relativamente separados: Rusia como la principal amenaza militar para la OTAN y China como el gran competidor de Estados Unidos en Asia. Pero las patrullas navales, los vuelos de bombarderos, los ejercicios conjuntos y el creciente intercambio de experiencias comienzan a erosionar lentamente esa separación.

Eso no significa que Beijing y Moscú estén preparando una guerra simultánea contra Occidente ni que hayan creado una especie de OTAN euroasiática. Afirmarlo sería una exageración que la evidencia disponible no permite sostener. Pero la planificación estratégica no trabaja solamente con certezas, porque también debe considerar capacidades, tendencias y escenarios. Y la posibilidad de que una crisis en Europa coincida con una mayor presión militar en el Indo-Pacífico resulta mucho más compleja cuando las dos principales potencias involucradas llevan años aumentando su coordinación.

China y Rusia no necesitan anunciar una alianza militar formal para generar un problema estratégico. Después de más de una década de maniobras, patrullas navales, vuelos combinados y una cooperación cada vez más compleja, lo verdaderamente importante ya no es observar cuántas veces entrenan juntas, sino comprender cuánto han avanzado en conocerse, coordinarse y aprender una de la otra. Después de todo, hace tiempo que estamos ante algo más que ejercicios militares conjuntos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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