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Adelanto del próximo libro de José Rodríguez Elizondo

La revancha boliviana del siglo

por 14 marzo, 2016

La revancha boliviana del siglo
El siguiente es un extracto del texto del diplomático y escritor, experto en el tema de nuestras relaciones vecinales, aún sin título definitivo. Lo cruzan el Derecho, la Diplomacia, la Estrategia, la Geopolítica y la Historia, todo abordado con la fina pluma y el humor sutil que lo caracterizan.
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La designación de Carlos Mesa Gisbert como vocero de la demanda boliviana fue otra de las jugadas audaces de Evo Morales. Pero esta vez le salió el tiro por la culata. El ex presidente se esmeró en separar su apoyo a la causa de su apoyo al presidente contribuyendo, así, a su reciente derrota en el referéndum. Si a esto se agrega que, como ya se sabe, Morales también usó su poder para darse “gustitos” –no fue muy sincero cuando dijo que solo estaba casado con Bolivia– la futura lucha por el poder ya está servida.

Es bueno saber que Carlos Mesa no llegó a la política desde la política, sino cooptado como vicepresidente por Gonzalo Sánchez de Lozada, en cuanto historiador, escritor y periodista de excelencia. A partir de ahí y siguiendo una ambivalencia clásica, su tendencia a profundizar en la realidad, propia del intelectual calificado, comenzó a coexistir con la tendencia, propia del político, a reconocer y desconocer la realidad según sus conveniencias.

En el Mesa gobernante primó el factor oportunidad en su relación con Chile. En efecto, como intelectual, él tenía conciencia clara del tríptico recuperacionista boliviano: el irredentismo, que definía como “la lógica del lamento y del lloriqueo”; el odio a Chile inserto en el sistema educacional, y la revancha, concebida como “el mandato imperativo de la recuperación del mar perdido”.

Pero, como presidente de emergencia –tras la caída de Sánchez de Lozada–, él no vio ese tríptico como un lastre, sino como la argamasa de la unidad nacional. Textualmente, “la conclusión no razonada y permanente en los corazones bolivianos es que Chile es el enemigo, todo lo chileno es malo para Bolivia”. Así, haciendo del estigma virtud, el trinomio del mal se convirtió para él en “el gran cohesionador espiritual del país” y “la idea fuerza que alimenta el patriotismo”.

El duro aprendizaje

La pregunta pertinente es si Mesa sigue siendo ese político tan “normal”.

La respuesta sería positiva si él mismo se estimara como un intelectual gramsciano, inserto en la “orgánica” de un partido. Pero, siendo evidente que es un intelectual con brillo y sin partido, parece inevitable que esté en proceso de cambio y que anhele una segunda oportunidad. En esa vía, parece lógico que quiera dos cosas mínimas: rescatar a su país para la democracia alternante y aplicar su experiencia a las realidades que malinterpretó y no pudo controlar.

Desde ese supuesto, quizás hoy esté consciente de su máxima paradoja: como presidente logró detener el derrumbe de lo que quedaba de la institucionalidad boliviana, solo para que llegara Morales y la convirtiera en otra cosa. Esto implicaría admitir que su sucesor se subió por el chorro de su beligerante política hacia Chile, para liderar, como conductor vitalicio, la refundación del Estado.

Bolivia es hoy una novela política en la cual vuelven a encontrarse dos viejos protagonistas: el ex presidente Mesa, que ya no es el político desbordado por el líder opositor Morales, y el presidente Morales, que ya no es el líder invencible, desbordado por la superioridad intelectual de Mesa.

Si no ha escrito ni verbalizado al respecto de manera directa, puede obedecer a la más simple de las razones: nadie está obligado a acusarse a sí mismo y menos si está volviendo a aparecer en las encuestas del poder.

Vocero en conflicto

Por cierto, el que Mesa hoy sea vocero de la demanda contra Chile, dificulta la hipótesis autocrítica, pero no la invalida. Asumo que aceptó ese cargo por sentido del deber nacional, pero también a sabiendas de que lo repondría en el gran escenario político. Como digresión, nuestra TVN fue su mejor trampolín mediático. La entrevista que le hizo Juan Manuel Astorga fue decisiva para reposicionarlo en el tablero boliviano de los presidenciables alternativos.

Fue en ese contexto que Mesa osó manifestar su desacuerdo con la pretensión de Morales de seguir gobernando para siempre. Sorpresiva y públicamente, dijo que votaría “no” en el referéndum del 21 de febrero, porque valoraba la alternancia democrática y porque “no hay personas imprescindibles, solo las causas son imprescindibles”.

Ese desplante le valió una amonestación del vicepresidente Álvaro García Linera y la decisión presidencial secreta de rebajarle su perfil público interno. A ese efecto, fue excluído de reuniones importantes ¡del equipo de la demanda cuyas movidas él debe comunicar! Luego, cuando los cómputos dijeron que Morales había perdido el referéndum, vino la reacción inelegante –por decir lo menos– del propio mandatario, quien trató de ningunearlo en estilo infantiloide.

Ignorando que fue él mismo quien designó a Mesa como vocero, lo acusó de falta de ética al haber asumido ese rol por conveniencia política personal. También dijo que su objetivo (de Mesa) fue evitar que el mandatario se convirtiera en un líder “inalcanzable” y que “los indios” siguieran gobernando. Su voto por el “no” habría sido un mero “acto de mezquindad”, fraguado con “su equipo”. Incurrió, además, en el agravio personal, al describirlo como un ex presidente “interino”, que renunciaba a su cargo “cada semana”.

Líder alcanzable

Para buenos entendedores, si Mesa se jugó el cargo de vocero, Morales se jugó el respeto público dentro y fuera de Bolivia. De ese modo odioso –y desgraciadamente característico–, reconoció haber convertido la demanda contra Chile en una causa política personalísima, orientada a terminar con la alternancia democrática. Por eso, tras verificar que Mesa no se alineaba detrás suyo, no quiso asumir que al designarlo configuró una realidad compleja, en la que jugaban el interés nacional y el riesgo electoral propio.

En efecto, fue bueno para Bolivia que el ex presidente aportara la densidad intelectual que el presidente no tiene. Eso configuró una dupla complementaria en la cual este emitía un alegato emocional, no siempre veraz y diplomáticamente inaceptable, y aquel brindaba una narrativa coherente, en el marco de lo racional y diplomáticamente correcto.

En cuanto al riesgo, Morales sabía que ese gran comunicador que es Mesa tendría a su disposición todas las cámaras y micrófonos disponibles, con el consiguiente impacto a su favor en las encuestas. Pero, en paralelo, confiaba en que una victoria rotunda, con una cifra superior al 60 por ciento, lo convertiría en ese líder “inalcanzable” que verbalizó en un típico lapsus freudiano.

En ese contexto, lo de Morales fue una apuesta audaz entre la ganancia que le significaba Mesa, en una causa que ya había patrimonializado, y la posibilidad de que el vocero se convirtiera en un próximo rival político. Al decidir como decidió, mostró esa fe ciega que se tienen todos los líderes mesiánicos y todos los aprendices de brujo.

Su problema, ahora –cuando se escriben estas líneas– es cómo enfrentar dos misiones imposibles. Una, la de quitarle la vocería a Mesa sin que se note. La otra, como encontrar un líder sustituto y sin agenda propia, capaz de ganar la guerra interna y entregarle la victoria en bandeja.

En resumidas cuentas, Bolivia es hoy una novela política en la cual vuelven a encontrarse dos viejos protagonistas: el ex presidente Mesa, que ya no es el político desbordado por el líder opositor Morales, y el presidente Morales, que ya no es el líder invencible, desbordado por la superioridad intelectual de Mesa. En términos boxísticos, lo que se está preparando en Bolivia es nada menos que la revancha del siglo.

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