La depresión y el consumo de drogas podrían programarse desde la infancia - El Mostrador

martes, 24 de abril de 2018 Actualizado a las 19:56

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La depresión y el consumo de drogas podrían programarse desde la infancia

por 27 marzo, 2018

La depresión y el consumo de drogas podrían programarse desde la infancia
Las experiencias vividas durante los primeros años parecen ser especialmente poderosas para condicionar el desarrollo posterior de los mamíferos. Dentro de este desarrollo, el cerebro es un órgano que está en un constante y progresivo cambio, por lo que la exposición a una situación que pudiese alterar el proceso de preparación del sistema nervioso podría tener consecuencias de importancia, incluso en etapas adultas.

Esta idea ha sido propuesta por diferentes estudios enfocados en la vulnerabilidad del cerebro durante la etapa neonatal e infantil, y de los datos rescatados desde la experiencia clínica. Un nuevo aporte a estos antecedentes, es la relación entre situaciones estresantes vividas durante la etapa infantil y la edad adulta, con la alteración de un área del cerebro conocida como Área Tegmental Ventral, la cual es esencial para la experimentación de situaciones placenteras. Una perturbación en el  desarrollo de esta estructura podría conllevar a la aparición de adicciones y a la predisposición a padecer conductas depresivas en la adultez.

Desde el momento del nacimiento, el recién nacido está expuesto a una amplia gama de posibles estresores, tales como un mal manejo intrahospitalario, la exposición a un ambiente hostil, la falta de contención materna, el déficit nutricional, entre otros.

Investigadores del Friedman Brain Institute de Nueva York y del Departamento del Cerebro y Ciencias Cognitivas del Massachusetts Institute of Technology (MIT), evaluaron en un modelo animal las consecuencias de la exposición de dos situaciones estresantes en dos periodos distintos de la vida.

En su laboratorio, ratones de pocos días de vida fueron separados del cuidado de sus madres, lo que representa una situación hostil para los recién nacidos. Como primera consecuencia de esta intervención, las crías presentaron una menor ganancia de peso en relación a ratones que fueron criados por sus madres. Por lo tanto, un primer hallazgo es que el sometimiento a una situación compleja durante la primera etapa de desarrollo podría traer consecuencias nutricionales.

Una vez que alcanzaron la etapa adulta, los ratones fueron sometidos nuevamente a una situación estresante. Esta vez, fueron enfrentados a otros ratones en condiciones de violencia física y social. Esto se produjo colocando a los roedores en jaulas donde ya existía un dueño de casa. Como defensor de su territorio, el residente se mostró agresivo en contra del intruso, y por lo tanto lo atacó y sometió durante el tiempo en que ambos fueron confrontados. El visitante por su parte mostró una conducta de sometimiento y de miedo durante el experimento. Este ratón, que ya había sido sometido a una situación difícil durante sus primeros días de vida, fue evaluado a través de diferentes métodos para comprobar si la exposición a dos situaciones críticas en diferentes etapas de su vida tuvo repercusiones en su comportamiento y en el desarrollo de su cerebro.

Una primera prueba fue observar su comportamiento social al entrar en contacto con otros pares en un ambiente sin agresividad. Como resultado, los sometidos a episodios hostiles presentaron menor interacción con sus compañeros y prefirieron interactuar con objetos inanimados, lo cual se considera como la expresión de un comportamiento depresivo. En un segundo experimento los ratones sometidos volvieron a mostrar señales de padecer una condición depresiva, ya que, frente a la posibilidad de elegir entre beber agua o un líquido dulce no mostraron preferencia. Sin embargo, los roedores que no habían sido expuestos a condiciones hostiles durante su desarrollo presentaban una clara preferencia por los alimentos más dulces, los cuales parecieran producir una experiencia más placentera. Posteriormente, en una tercera evaluación, los ratones fueron colocados en un recipiente de agua en el cual debían nadar para mantenerse a flote, para así determinar cuánto el ratón lucha para no hundirse. Cuando el ratón entra en un estado de inmovilidad en el agua, se considera que se encuentra en un estado de desesperanza. Los que fueron sometidos previamente a las dos experiencias hostiles mostraron mayores tiempos de inmovilidad, y por lo tanto se consideraron sujetos deprimidos. En una cuarta y última evaluación, para medir su grado de ansiedad, los roedores fueron colocados en una caja que presenta una zona de mayor luminosidad en el centro. Los que son más ansiosos evitan ubicarse en esta área y prefieren desplazarse cerca de las paredes de la caja ya que se encuentran menos iluminadas, como si se escondieran. En este caso, los ratones que fueron sometidos a la doble exposición de situaciones complejas mostraron mayores grados de ansiedad que aquellos criados en situaciones normales, debido a que los primeros se desplazaron contorneando las paredes de la caja evitando el centro.

Después de evaluar estos comportamientos, los investigadores evaluaron la relación de estas alteraciones conductuales con un posible cambio genético en el cerebro de los ratones. Al analizar un gran número de genes, detectaron que el gen OTX2, que comanda el desarrollo del Área Tegmental Ventral (el cual es un centro de procesamiento de información placentera), se presentaba en menor cantidad en los roedores que experimentaron situaciones hostiles durante la vida temprana y en la etapa adulta. Luego, para corroborar que ese era el gen que se encontraba alterado y se relacionaba con las tendencias depresivas y ansiosas, los investigadores aumentaron experimentalmente la presencia de OTX2, y observaron que los que habían experimentado los dos tipos de exposiciones estresantes ahora tenían comportamientos similares a aquellos que fueron criados sin situaciones hostiles en su vida, o sea se revirtieron los comportamientos ansiosos y depresivos.

Para concluir, este estudio podría ayudarnos a entender de qué forma las experiencias tempranas pueden volver susceptible a alteraciones al área del cerebro encargada de procesar el placer, si es que otra situación compleja se repite durante etapas posteriores de la vida. Estas alteraciones pueden conllevar a trastornos nutricionales y a la aparición de conductas depresivas y ansiosas, las que han sido relacionadas a adicciones y abuso de drogas. Estos resultados darían indicios de la importancia que podrían tener en algunas personas el haber vivido en un ambiente hostil durante su infancia, crecer en condiciones complejas en ambientes socioeconómicos desfavorables, o en otros casos el vivir sus primeros años en centros institucionales lejos de sus familias: estos ambientes podrían programar sus cerebros para estar expuestos posteriormente a sentimientos y tendencias sociales negativas si se enfrentan nuevamente a un ambiente adverso. Debido a esto, se debe recalcar la importancia de proteger y mejorar la calidad de vida de niños que experimentan estresores fuertes durante la infancia, procurando que no les falte contención física, emocional y socioeconómica, lo que debería ser prioridad para el Estado y para las instituciones que de él dependen, para así evitar lo que podría ser un designio biológico programado. Después de todo, muchos pensamos que un país que no protege a sus niños, es un país sin futuro.

Vínculo al artículo original: http://science.sciencemag.org/content/356/6343/1185

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