PAÍS
Hans Rosenkranz: ¿De qué sirve crecer si no puedes pagarte un diente?
El director ejecutivo de la Comunidad de Organizaciones Solidarias (COS), es uno de los impulsores de Futuro Común. Hasta ahora el más apasionado de los que hemos entrevistado.
Hay cosas que parecen pequeñas hasta que uno tiene que enfrentarlas. Por ejemplo, quebrarse un diente y no tener las 700 lucas que cuesta una prótesis. ¿Qué hace uno? ¿Se resigna? ¿Deja de sonreír? ¿Vive desdentado? Para Hans Rosenkranz, director ejecutivo de la Comunidad de Organizaciones Solidarias (COS), esa dificultad cotidiana dice bastante más sobre el desarrollo de un país que muchas cifras macroeconómicas.
—Si te queda un diente y necesitas 700 lucas para una prótesis, eso no puede ser —dice en algún momento de nuestra conversación, cuando hablamos de productividad, protección social y del esfuerzo que se les exige a las personas para salir adelante.
No es una discusión menor para quien dirige una organización que reúne a más de 280 fundaciones, desde instituciones grandes y conocidas, como Las Rosas, Techo, María Ayuda y Coanil, hasta otras pequeñas y especializadas, dedicadas a personas con enfermedades poco frecuentes o necesidades de salud complejas. Ahí están, entre decenas de otras, Creciendo con Alergia, la Fundación Ebra para niños piel de cristal o Renal Mater que atiende a pequeños con enfermedades renales.
Rosenkranz no está contra el crecimiento económico. Lo que le da rabia —y se nota— es que se hable de desarrollo como si fuera exclusivamente un asunto de permisos, impuestos e inversión, sin considerar las condiciones en que viven las personas. Como si lo social pudiera esperar hasta que la economía funcione bien.
De esa convicción nació Futuro Común, iniciativa impulsada por la COS, el Hogar de Cristo y la Fundación Colunga, que busca volver a poner los grandes temas sociales en el centro de la conversación pública. La apuesta es ambiciosa: que el país vuelva a discutir no solo cuánto crece, sino también para qué y en qué condiciones viven quienes lo habitan.
Algo está Crujiendo
—¿Por qué era necesario crear Futuro Común? ¿Había algo en el ambiente que les hizo pensar que los temas sociales estaban perdiendo terreno?
—Creo que se empiezan a producir cambios culturales en la sociedad respecto de cuáles son los temas prioritarios para el país y cuáles dejan de serlo. Hace 25 o 30 años, por ejemplo, hablar de género era disruptivo. Alguien tuvo que poner ese tema en la agenda y, con el tiempo, empezó a ocupar un lugar en la conversación nacional. Los temas suben y bajan. Empezó a pasar que el tema social bajaba y, a nuestro juicio, quedaba presente con una mirada muy de corto plazo, mientras el crecimiento económico adquiría mucha fuerza. Nos parecía que ambas conversaciones estaban desacopladas.
—¿Como si el crecimiento económico fuera una cosa y la vida de las personas, otra?
—Claro. Cuando hablamos de crecimiento, esa conversación no tiene nada que ver con la conversación social. Son como cosas distintas. Mira, aquí hay que arreglar los permisos, bajar los impuestos, hacer que el país sea competitivo. Pero ¿qué pasa con los seres humanos que habitan el país que compartimos? Eso cruje un poco.
Hans Rosenkranz insiste en que no se trata de elegir entre crecimiento y protección social, sino de entender que uno depende de la otra. Una persona puede trabajar, recibir un sueldo y sostener a su familia, pero sus posibilidades de progresar también dependen de si tuvo acceso a educación, de si debe cuidar a alguien o de si vive en condiciones que le permiten desarrollar sus capacidades.
—Todo está conectado. ¿Por qué esta conversación está desconectada? Estamos enfocados en una sola forma de resolver los problemas, cuando el crecimiento económico y el desarrollo del país van de la mano. No se pueden desacoplar. No hay uno primero y el otro después -insiste el ingeniero comercial que lleva 8 años a la cabeza de la COS.
—Pero parece una obviedad.
—Sí, pero hablamos de bajar impuestos o aumentar los permisos porque queremos que Chile sea competitivo, y se pierde de vista que el potencial de crecimiento de los países se explica en un 75% por la capacidad de sus personas. Eso está en un documento que elaboramos en conjunto.
¿Y qué ocurre cuando esas personas están dedicadas al cuidado de un familiar y no pueden trabajar? ¿O viven en un campamento? Sus dificultades se expresan en su productividad, tienen menos horas para trabajar y menos tiempo para acompañar a sus hijos o ayudarlos a estudiar. El problema social no es una consecuencia secundaria del desarrollo: también condiciona sus posibilidades, hace notar, medio ofuscado. Y agrega:
—Tenemos que resolver el problema de la pobreza y los problemas sociales, porque eso va a apalancar el crecimiento económico a largo plazo. Un país que pasa de ser muy pobre a menos pobre, que quiere seguir desarrollándose y mantiene una pobreza que no resuelve, no puede avanzar indefinidamente.
16 años perdidos
Chile conoció años en que el crecimiento económico abrió oportunidades que parecían impensables para muchas familias. Hans Rosenkranz no desconoce ese avance. Al contrario: lo usa para explicar por qué hoy se necesita algo más.
—En el lanzamiento de Futuro Común, Gilad Tnay, nuestro expositor internacional, mostraba que, cuando el país crecía, probablemente algunos crecían más que otros, pero todos crecíamos porque la economía avanzaba a un ritmo mayor. Una persona podía pensar: “Si me esfuerzo, mando a mi hijo a la universidad, se convierte en la primera generación de la familia en llegar a la educación superior y le va a ir bien. Vamos a tener un futuro positivo”. A medida que el crecimiento se fue perdiendo, esa posibilidad también se fue debilitando. Hoy, cuando crecemos al uno o al dos por ciento, probablemente esas personas ya no viven las mismas oportunidades que antes.
—¿Qué cambió?
—Lo que nos permitió salir del subdesarrollo es distinto de lo que nos va a permitir llegar al desarrollo. Tenemos que ir mejorando las estrategias.
Futuro Común plantea diez prioridades para el país. Algunas apuntan a mejorar la institucionalidad y los acuerdos políticos; otras, a fortalecer la inversión social en ámbitos como los cuidados, el envejecimiento de la población y la infancia. Rosenkranz menciona las pensiones como un ejemplo de la distancia que puede haber entre reconocer un problema y resolverlo. “Es un tema obvio e importante, pero nos demoramos 16 años en alcanzar un acuerdo sobre la base de cosas muy parecidas. Si hubiésemos llegado a ese acuerdo hace 16 años, hoy tendríamos mejores pensiones”.
También está el empleo femenino, un asunto que provocó aplausos durante el lanzamiento de la iniciativa. “Tenemos más de un 10% de desempleo femenino”, refuerza, coincidiendo con quienes aplaudieron ese día.
El peligro de generalizar
—En Chile, los empresarios están bastante satanizados. Se piensa que solo les importa el desarrollo económico, que los mueve la ambición y que ni siquiera se les pasa por la cabeza lo que les ocurre a sus trabajadores. ¿Es así?
—La corrupción, ya sea en fundaciones, empresas o en la Iglesia, genera una tremenda desconfianza que es muy difícil reconstruir. Creo que los empresarios lo han vivido y que algunos casos han afectado a la mayoría. Pero también hay que reconocer que hacer empresa es difícil. Si fuera fácil, habría muchísimos más empresarios.
Hans Rosenkranz no propone bajar los estándares ni restar importancia a las responsabilidades de las empresas y las organizaciones sociales. Lo que plantea es que las exigencias deben considerar las distintas realidades y que el esfuerzo no puede recaer enteramente en un solo actor.
—Cuando hablamos de las grandes empresas, les pedimos indicadores financieros, cumplimiento medioambiental, normas de compliance y un montón de cosas. Pero en Chile hay unas 500 mil empresas activas, y la realidad de la mayoría es muy distinta. Si al pequeño empresario le suben los costos y contratar se vuelve demasiado difícil, puede terminar pensando que es mejor reemplazar a tres trabajadores por una máquina de café. Ahí perdemos todos.
—¿Cómo se evita eso sin bajar las exigencias?
—Tenemos que generar incentivos para que la mejor decisión siga siendo contratar trabajadores. El empresario hace un esfuerzo, pero la sociedad y el Estado también tienen que hacer el suyo para que esto se mantenga. No podemos cargarle toda la mano al empresario o a la fundación. Tenemos que generar espacios comunes para mejorar lo que queremos tener como sociedad.
El problema, dice, aparece cuando los casos de corrupción se convierten en una condena generalizada. Una sociedad que deja de distinguir entre unos y otros pierde la capacidad de reconocer matices y de construir acuerdos.
—A veces se sataniza a todo aquel que está en un espacio visible y ha cometido un error. Somos una sociedad muy poco tolerante frente a este tipo de cosas, cuando la realidad es que todos cometemos errores. Lo peor es la generalización. Una sociedad que generaliza deja de ver los matices y eso, en general, es malo.
Enemigos a los que amiga la realidad
El ingeniero comercial es pragmático cuando mira las diferencias políticas. No pretende que desaparezcan ni que todos terminen pensando igual. Su punto es otro: cuando las personas deben hacerse cargo de la realidad, las trincheras ideológicas no siempre sirven para resolver los problemas y a veces esa misma realidad los borra.
—Hay una dicotomía muy instalada, sobre todo en los extremos políticos, entre quienes quieren un Estado fuerte y quienes prefieren uno liviano, mínimo. Pero cuando uno se convierte en autoridad, la realidad te impone que tienes que trabajar con otros. Es obvio que el Estado necesita de la empresa y que la empresa necesita del Estado. A las organizaciones sociales nos pasa lo mismo: necesitamos trabajar con otros. No podemos hacerlo solos.
—¿Eres pragmático, entonces?
—Sí. Soy pragmático. No hay malos ni buenos. No generalicemos, no demonicemos. Hay gente muy ideológica que ha terminado trabajando y sacando adelante temas con un aliado impensado. Pongamos a las personas por delante. Busquemos aliados donde menos lo pensamos.
La frase tiene una sencillez que contrasta con el clima de desconfianza y polarización que suele dominar la discusión pública. No se trata de borrar las diferencias, sino de impedir que se conviertan en una excusa para no hacer nada. Si el objetivo es resolver un problema, la pregunta debiera ser con quién es posible trabajar para lograrlo, no de qué sector viene esa persona.
—En Futuro Común se puso mucho énfasis en la infancia. Chile, además, envejece y tiene cada vez menos niños. ¿Qué te preocupa de ese escenario?
—No tengo tanto problema con que haya menos niños en el sentido de que, si nos envejecemos, bueno, nos envejecemos. Lo que me preocupa es lo que hay detrás de eso. Que alguien diga: “No quiero tener ningún hijo, no quiero desarrollar una familia”. Esa es una señal que no apunta al desarrollo, sino a que cada uno se salve como pueda. Eso lo encuentro atroz.
Para él, la respuesta no consiste en prometer que el Estado resolverá todos los problemas ni en construir un sistema que garantice resultados sin considerar el esfuerzo de cada persona.
De la infancia y la vejez
Habla de un piso de protección social que permita recomenzar, enfrentar las dificultades y desarrollar las capacidades necesarias para vivir en una sociedad que cambia.
—Me parece muy relevante contar con un piso de protección, pero no uno garantista, en el sentido de que cumple todo y paga tremendos bonos. Más bien, uno que potencie que las personas puedan reiniciar su vida.
El envejecimiento obliga, además, a mirar hacia adelante. Muchos vivirán más años, pero eso no significa que estén preparados para las exigencias que traerá el Chile de las próximas décadas. “Mucha gente va a vivir más tiempo y probablemente no tiene las competencias para el Chile de 20 años más. Me incluyo. Estudiamos hace mucho tiempo, y si vamos a tener que seguir trabajando durante más años, tendremos que adaptarnos”.
La protección social, en su planteamiento, no puede convertirse en una alternativa al esfuerzo personal. Debe hacer posible que ese esfuerzo no se desperdicie ni termine hundiendo a quien enfrenta una dificultad.
—Las personas tienen que poner todo su esfuerzo. Sin esfuerzo no hay ninguna opción. Pero ese esfuerzo no puede significar que te vayas a pique porque te queda un diente y necesitas 700 lucas para una prótesis. Eso no puede ser. Y eso no quiere decir que haya que regalar los dientes, no sé.
La frase, que provoca una sonrisa por su forma de decirlo, no tiene nada de trivial.
—Por eso pienso que un piso de protección bien pensado debe ser habilitador. No se trata de garantizar que no trabajes y que te vaya bien igual, sino de que, poniendo todo tu esfuerzo sobre la mesa, puedas seguir viviendo, desarrollar tu vida y la de tu familia. Que tengas esperanza. Porque si tienes poca esperanza, sientes que estás solo, que no tienes vínculos. La soledad ha aumentado en todo el mundo y cada vez nos cuesta más encontrarle sentido a la vida. Ahí creo que hay una oportunidad.
Que lo social no quede fuera del algoritmo
—Cómo se evita que Futuro Común termine siendo otra gran declaración de buenas intenciones?
Hans Rosenkranz sabe que convocar, reunir autoridades y establecer prioridades no basta. La iniciativa debe ayudar a que las conversaciones se traduzcan en compromisos concretos. Recuerda que Chile ya tuvo una experiencia parecida, Compromiso País, que con el tiempo perdió impulso.
—Todavía tenemos camino por recorrer para terminar de delinear algunas cosas. Futuro Común tiene diez rutas que hay que seguir y debemos ser concretos. Ojalá ayude a que iniciativas que ya están ocurriendo tomen vuelo y lleguen a puerto.
Como ejemplo menciona el pacto por la lectura en la primera infancia, firmado recientemente. Es el tipo de compromiso que espera ver con mayor frecuencia: acuerdos específicos en distintos ámbitos, que aprovechen el trabajo de quienes llevan años dedicados a resolver problemas sociales. También le interesa que exista un espacio regular para hablar de estos asuntos. Que la conversación social no dependa de una coyuntura o de la voluntad ocasional de quienes tienen el poder de instalarla.
—Ojalá tuviéramos anualmente la presencia del presidente de la República en un encuentro en torno a lo social. Para el evento de lanzamiento una coyuntura lo obligo a excusarse. Un encuentro así es un rito que nos hace bien como país, porque obliga a poner las prioridades donde tienen que estar.
—¿Qué le dirías a alguien que mira todo esto con escepticismo?
—Que volvamos a conversar de estos temas. Es muy importante que quienes nos están viendo y a quienes les interesen los comenten. Hoy parece que el algoritmo deja fuera estos asuntos y nosotros queremos que los deje adentro.
Y llama a involucrarse. A partir por ser voluntario. Dice: “Alguien puede ver noticias sobre el crimen organizado y sentir que todo está perdido. Pero si va a una escuela en La Pintana y conoce a sus estudiantes, puede descubrir una realidad que no imaginaba. Esa experiencia modifica su mirada y, con ella, la posibilidad de actuar de otra manera. Cuando cambia mi entendimiento, puedo hacer cosas distintas. De eso se trata Futuro Común”.