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Martes, 12 de diciembre de 2017 Actualizado a las 21:04

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Los niños del Sename: ¿dónde están sus padres?

por 11 octubre, 2016

Los niños del Sename: ¿dónde están sus padres?
Una posibilidad es revisar el sentido mismo de la prisión. La evidencia empírica (particularmente internacional) ha demostrado de manera consistente el nulo efecto reparador que tiene la cárcel. En cambio, especialmente en el caso de las mujeres privadas de libertad en el contexto hispanoamericano, se puede demostrar que en promedio son 3 los niños que quedan desprotegidos afectiva y económicamente por ausencia de la madre.

Con razón ha causado indignación que más de mil niños hayan muerto estando bajo custodia del Sename entre 2005 y 2016. La cifra es escalofriante, pero ya estamos acostumbrados a cifras escalofriantes, y que muchas de ellas afecten a niños.

Pero que en Chile, bajo los cuidados del Estado, mueran más de mil niños, no debe pasar como otra cifra más de un danza macabra de tragedias. Esta vez, no podemos achacársela a un Gobierno determinado. Su ámbito ha abarcado a gobiernos de la Concertación, de la Alianza y de la Nueva Mayoría. Es un problema, en consecuencia, de Estado y al Estado corresponde resolverla.

El Gobierno actual ha anunciado un aumento significativo de recursos para el Sename. Parece obvio: en sus hogares murieron los niños. Es imperativo asignar responsabilidades y obviamente revisar las políticas que hicieron posible no solo las muertes sino también que hasta ahora la ciudadanía desconociera la realidad. ¿Como es posible, nos preguntamos, que ninguna autoridad haya intervenido en algo tan demencial como mantener unidos los servicios que están a cargo de los menores en protección con aquellos que son infractores de ley? ¿Y que no haya habido voluntad política para hacer los cambios que se requerían y que se vienen solicitando con urgencia hace años?

La mayor parte de los riesgos que pesan sobre los niños están presentes mucho antes de cualquier condena a penas de reclusión, bajo la forma de padres con trayectorias delictivas que se asocian a condiciones de extrema pobreza, abuso de alcohol o drogas, desajustes familiares y parentalidad irresponsable, o escasísimo nivel educacional.

Es evidente que el Sename requiere cirugía mayor. Pero ¿es suficiente intervenir el Sename para que los niños en situación de marginalidad y vulnerabilidad queden mejor protegidos? En absoluto. Eso no hace sino tranquilizar las conciencias de las autoridades de turno, con recursos por lo demás insuficientes, sin resolver el problema en su origen. Sus aristas son indudablemente muchas. Dicen relación con situaciones de pobreza, indefensión, consumo de drogas y otros. Se relacionan con problemas sociales muy profundos, con políticas públicas inadecuadas y malas asignaciones de recursos. Hablan también de problemas culturales de diversa índole.

Proponemos tomar en cuenta al menos una. Esos niños, parece una obviedad, tienen o tuvieron padres. A lo mejor, también en algún momento tuvieron un hogar. Debemos, en consecuencia, preguntarnos: ¿qué sucedió que esos niños llegaron al Sename como su hogar sustituto?, ¿qué tipo de relaciones debemos establecer con su historia y con su destino? Porque el Sename es una puerta de entrada, pero también una puerta de salida.

Varios estudios se han ocupado de estas relaciones. Como afirma Pilar Larroulet en un reciente estudio, un 27% de las personas privadas de libertad declara haber estado en el Sename como medida de protección de derechos, y 36% por infracción de ley. También casi un 30% reportó haber vivido en la calle antes de cumplir 18 años. Es decir, muchos de ellos entraron al Sename por carencia de un entorno familiar; muchos también, de entre ellos, salieron del Sename para ingresar a un penal.

En consecuencia, no podemos desconocer la existencia de la ecuación que asocia la marginalidad infantil con la posibilidad de vínculo con el delito y el ingreso en prisión. ¿Podemos contentarnos con afirmar que quien cometió delito merece la cárcel, desconociendo que en el origen del delito está la vulnerabilidad y marginalidad infantil que el Sename no logra proteger? ¿Podemos proponer alguna solución creativa que nos saque de esa ecuación perversa?

Debemos dar una vuelta de tuerca en el análisis del drama del Sename, aprovechando esta dramática coyuntura, para volver a priorizar la lucha contra la pobreza y la exclusión social, poniendo atención a los problemas adyacentes, y que inciden directamente en que los niños lleguen al Sename. Más aún, en que salgan del Sename a la calle o la cárcel. La mayor parte de los riesgos que pesan sobre los niños están presentes mucho antes de cualquier condena a penas de reclusión bajo la forma de padres con trayectorias delictivas que se asocian a condiciones de extrema pobreza, abuso de alcohol o drogas, desajustes familiares y parentalidad irresponsable, o escasísimo nivel educacional.

Una posibilidad es revisar el sentido mismo de la prisión. La evidencia empírica (particularmente internacional) ha demostrado de manera consistente el nulo efecto reparador que tiene la cárcel. En cambio, especialmente en el caso de las mujeres privadas de libertad en el contexto hispanoamericano, se puede demostrar que en promedio son 3 los niños que quedan desprotegidos afectiva y económicamente por ausencia de la madre.

Recordemos que en Chile dos tercios de los niños vivía solamente bajo el cuidado de la madre cuando esta fue detenida; el porcentaje que vivía con el padre es muy menor. Qué sucede con esos niños entre la prisión de la madre y su eventual llegada a hogares del Sename? Se ha demostrado ampliamente que la prisión parental es un factor de riesgo para un conjunto muy amplio de problemas en niños y adolescentes, además de comportamiento delictivo, como son problemas de salud mental, abuso de drogas, fracaso académico y deserción escolar y desempleo. ¿No será esta una ocasión para preguntarse sobre el sentido de la prisión de quienes cuidan a los niños y los dejan a la deriva cuando son encarcelados? Esta situación, en Chile, afecta especialmente a las mujeres jefas de hogar al momento de su detención.

Una persona en prisión cuesta al Estado aproximadamente tres veces lo que se asigna por niño al Sename. Siendo creativos, podríamos pensar que bajo ciertas condiciones se podría asignar esos recursos a las madres que han delinquido y que representan un bajo riesgo, ofreciéndoles, en lugar de una estadía en la cárcel que las aísla, desvincula, margina y empobrece, la posibilidad de cuidar de sus hijos y evitar que lleguen al Sename.

Con soluciones creativas, además de la que proponemos, podríamos lamentar menos muertes y tener menos candidatos a la indefensión a que el Sename ha demostrado condenar a los niños marginales de Chile.

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