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Sábado, 16 de diciembre de 2017 Actualizado a las 21:39

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La deuda de la ciencia con las mujeres

por 13 octubre, 2017

La deuda de la ciencia con las mujeres
¿Qué se juega Chile con la pérdida sostenida de mujeres en ciencia y tecnología? Los organismos internacionales han advertido que, bajo las condiciones altamente globalizadas y competitivas de la economía mundial, el fomento de la investigación científica y el desarrollo de tecnología, con la plena incorporación de las mujeres, constituyen el único camino plausible para que países emergentes, como Chile, fortalezcan su competitividad global, logren un crecimiento sostenible a largo plazo y mayor bienestar social.

El aporte de las mujeres al desarrollo científico y tecnológico de la humanidad es una historia de injusticias y olvidos, por ello no sorprenden los resultados de los premios Nobel conocidos la semana recién pasada, en los que ninguna mujer fue galardonada en ciencias.

A pesar de ser un premio largamente criticado por sus históricas injusticias hacia las mujeres y también por distorsionar la naturaleza colaborativa de la ciencia, sigue plenamente vigente, contribuyendo a propagar el mito de que la ciencia es desarrollada principalmente por “hombres blancos, genios y solitarios”, invisibilizando el valioso aporte de las mujeres.

Emblemático es el caso de Lise Meitner, una de las descubridoras de la fisión nuclear, quien recibió un total de 48 nominaciones a los premios, repartidas entre el Nobel de Física y el Nobel de Química, como consta en el archivo de la Fundación Nobel. Sin embargo, el comité concedió el Premio Nobel de Química por este descubrimiento solo a Otto Hahn, con quien Meitner trabajó durante 30 años.

Una vasta literatura respalda con sólidas evidencias la existencia de diferentes inequidades de género en los sistemas de ciencia y tecnología a nivel global, convirtiendo a estos en verdaderos campos minados para las mujeres, cubiertos de un manto de falsa meritocracia, donde el desarrollo, avance y reconocimiento del trabajo realizado por ellas es constantemente menoscabado.

En Chile estas inequidades dan lugar a la subrepresentación femenina en el área de las ciencias, donde las investigadoras representan solo 32% del total de científicos, situación que se agudiza en el sector de Ingeniería y Tecnología, donde las investigadoras representan apenas el 19% (Unesco, 2017).

La situación de las investigadoras chilenas se agrava aún más frente al escenario actual de escasez de recursos, con una inversión en Ciencia y Tecnología que ha experimentado modestas variaciones en la última década, manteniéndose en torno 0,39% del PIB. A esto se suma una creciente “inflación académica”, descrita por González y Jiménez (2014), surgida de un desajuste entre los recursos y las oportunidades, causado principalmente por  la política pública de los últimos 25 años, que ha financiado la producción indiscriminada de capital humano avanzado, principalmente con grado de “Doctor”, con pocas posibilidades de inserción laboral, en un mercado escasamente diverso, circunscrito principalmente a las universidades.

¿El resultado? La misma torta se reparte entre más participantes y las mujeres compiten en desigualdad de condiciones. Las mujeres son menos competitivas que los hombres, no por falta de capacidades sino por razones estructurales que reproducen las desigualdades de género en el ámbito científico y en el mundo académico –publican menos, son menos citadas, se enfrentan a la falta de corresponsabilidad en el cuidado de sus hijos, son víctimas de la segregación sexual en el trabajo, por nombrar algunas (Larivière et al., 2013); no están representadas en los comités que fallan concursos y deciden la asignación de fondos de investigación–. La mayoría de estos comités se encuentran masculinizados. A menudo suelen exigir a las mujeres más antecedentes de rendimiento y desempeño que a un hombre para ser considerados iguales (Kaatz et al., 2014) y, como si fuera poco, reciben cartas de recomendación que resaltan sus cualidades personales (amable y simpática), en lugar de sus habilidades como investigadoras (Schmader et al., 2007).

Estas y otras barreras influyen negativamente en el progreso y la consolidación de las carreras de las investigadoras nacionales –e internacionales–. Lo que más tarde se materializa en bajas cifras de participación femenina en los distintos niveles jerárquicos en las instituciones de educación superior (Del biombo a la cátedra: igualdad de oportunidades de género en la Universidad de Chile, 2013). Finalmente, las mujeres con grado de Doctor en Chile reciben salarios más bajos que sus pares masculinos y, en consecuencia, se estima que sus pensiones serán un 45% más bajas (Asociación Nacional de Investigadores en Postgrado ANIP, 2015).

¿Qué se juega Chile con la pérdida sostenida de mujeres en ciencia y tecnología? Los organismos internacionales han advertido que, bajo las condiciones altamente globalizadas y competitivas de la economía mundial, el fomento de la investigación científica y el desarrollo de tecnología, con la plena incorporación de las mujeres, constituyen el único camino plausible para que países emergentes, como Chile, fortalezcan su competitividad global, logren un crecimiento sostenible a largo plazo y mayor bienestar social.

Actualmente nos encontramos frente a una crisis nacional, las políticas públicas ya no son adecuadas para afrontar los desafíos multidimensionales que plantean las demandas sociales, en materia de salud, cambios demográficos, trabajo, educación, igualdad sustantiva y medio ambiente, entre otras. El actual gobierno ha dado un decidido paso para enfrentar esta crisis y facilitar la transición de nuestro país a una sociedad del conocimiento, con la discusión de la ley que crea el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

¿Vamos en la dirección correcta? El sistema de Enfoque de Género de Conicyt –principal institución que financia la investigación en Chile– ha logrado grandes avances en eliminar ciertas barreras que dificultan el acceso de las mujeres a recursos de investigación. Entre sus muchas medidas, ha implementado, por ejemplo, la medición diferenciada de la productividad científica para las mujeres que se han convertido en madres dentro de los cinco años anteriores a la postulación a un concurso. Esta medida, junto a otras, se han traducido en una mejora en las tasas de adjudicación de proyectos liderados por mujeres. No obstante, aún falta mucho por hacer, la mejora sustantiva se encuentra en aquellos concursos de menor financiamiento, mientras que en aquellos proyectos que otorgan mayores montos (Fondecyt, Fondef, etc.) sigue existiendo una baja participación femenina (Conicyt, 2016).

Actualmente nos encontramos frente a una crisis nacional, las políticas públicas ya no son adecuadas para afrontar los desafíos multidimensionales que plantean las demandas sociales, en materia de salud, cambios demográficos, trabajo, educación, igualdad sustantiva y medio ambiente, entre otras. El actual gobierno ha dado un decidido paso para enfrentar esta crisis y facilitar la transición de nuestro país a una sociedad del conocimiento, con la discusión de la ley que crea el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Aunque es un paso esperanzador para la comunidad científica, y para el progreso del país, genera preocupación la superficialidad con la que se ha abordado el tema en las campañas políticas de los y las aspirantes a la Moneda. El único debate realizado en torno a ciencia, tecnología e innovación, coorganizado por el Congreso del Futuro y El Mostrador, reveló no solo el profundo desconocimiento de las y los presidenciables respecto al tema sino también la falta de propuestas concretas y coherentes en sus programas.

Por su parte, aun cuando tenemos dos candidatas mujeres, ninguna abordó la instalación de la perspectiva de género en la institucionalidad del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación. Errar en esta materia significaría el estancamiento para el país. De hecho, el proyecto de ley que crea dicho ministerio, no contempla en su institucionalidad ninguna oficina de igualdad de género, salvo la composición tanto del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación para el Desarrollo, así como el Consejo Asesor Ministerial, que deben “propender al equilibrio de género”.

La materia parece innecesaria de ser expresada en el proyecto de ley, aun cuando la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing (1995) mandata a instalar, en los espacios más altos del gobierno, una oficina para las mujeres, con el objetivo de transversalizar el género en el quehacer de las políticas públicas de todos los ámbitos del gobierno.

Durante los próximos 4 años, se tomarán importantes decisiones sobre las prioridades de gasto público. Esto ayudará a definir las metas del desarrollo. ¿Invertir en ciencia e investigación es una parte crítica de eso? ¿Queremos efectivamente terminar con la brecha de participación femenina en ciencia y tecnología, una de las más grandes de la región? ¿Queremos incorporar el pensamiento científico lógico en la toma de decisiones del gobierno, las empresas y las comunidades? ¿Cómo pondremos a disposición de las aplicaciones industriales la gran cantidad existente de conocimientos científicos e innovaciones técnicas para el desarrollo de un bienestar humano sostenible, y no para aumentar el capital de privados? ¿Será necesario incorporar a la sociedad civil en el diseño del pensamiento científico, tecnológico y de innovación en Chile, o los excluiremos por no ser expertos?

Por el momento, estas preguntas no tienen respuesta. Es más, es posible apreciar, en la realidad nacional, que el desarrollo científico y la investigación transitan en un carril paralelo a la realidad política del país, en que ninguno de los dos caminos pareciera interceptar al otro. Vinculación que haría, a las políticas públicas, mucho más virtuosas.

El pasado viernes 6 de octubre, fue convocado el Desayuno Mujeres del Futuro: "El Conocimiento lo Hacemos Todas", coorganizado por la Subsecretaría de Economía y Empresas de Menor Tamaño y el Congreso del Futuro, instancia en la que se debatió sobre inclusión de las mujeres en el marco de la futura implementación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Si bien en esta instancia el Presidente de Conicyt, doctor Mario Hamuy, declaró un compromiso en avanzar en equidad de género en ciencia y tecnología en el futuro ministerio, al igual que el senador Guido Girardi y la subsecretaria de Economía y Empresas de Menor Tamaño Natalia Pergientelli, al interior de la estructura orgánica del Ministerio de Ciencia y Tecnología no se habría incorporado aún una instancia relativa a introducir institucionalmente a las mujeres.

Por otro lado, el ministerio presenta un problema de diseño, en relación con las posibles parcelas o feudos disciplinarios, en que las ciencias sociales parecieran ser “las hermanas pobres” de las ciencias duras. La realidad nacional y las políticas tendientes a superar la pobreza y alcanzar mayores niveles de equidad social, requieren de esfuerzos intersectoriales para su solución, lo que implica la conjugación de una serie de disciplinas que van más allá de los sectores, por lo que la multidimensionalidad de los problemas sociales exige la necesaria construcción colectiva de esfuerzos transdiciplinarios. Esto no se ve reflejado en la política de desarrollo científico para Chile. Aun cuando han existido pequeños intentos por interceptar áreas humanistas y científicas, el Estado no propicia ni apoya estas virtuosas formas de trabajo.

Por otro lado, si no se expresa el interés definitivo y concreto de instalar una oficina para el tratamiento de los temas de género en ciencia y tecnología, se asume una “falsa neutralidad” en la institucionalidad, así como también el vaciamiento de política de la arista científica, situación que no se condice con la relevancia política que tiene. De hecho, la política de desarrollo científico podrá determinar la meta de desarrollo de país que Chile necesita para proyectarse a largo plazo y alcanzar el desarrollo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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