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Francisco, el huésped

por 2 enero, 2018

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Hospitalidad es la palabra. Viene un papa. Le recibimos como al amigo cuando es forastero. Es esta una oportunidad de manifestarle nuestros deseos de acogerlo con afecto. Es también ocasión para sorprendernos con algo que, como todo huésped, puede traernos de regalo.

Es verdad que hay motivos para mirar su venida de reojo. ¿Mencionará la palabra “Bolivia”? Francisco, además, encontrará un catolicismo que va “cuesta abajo en la rodada”. Los católicos abandonan su Iglesia en estampida: muchos, y apresuradamente. También los demás chilenos  están irritados con la institución eclesiástica. No faltan motivos de reproche. Todos los conocemos.

Pero hemos de reconocer, por otra parte, que recibimos al Papa alienados. Estamos “en otras”, otras cosas, no las que nos pueden realizar al nivel más profundo. Alienados, ajenos a la realidad, engañándonos a nosotros mismos, extranjeros en la propia patria o expropiados. ¿Distraídos? Muchos. ¿Entretenidos? La mayoría. ¿Embrujados con el celular? Todos.

También estamos descolocados con novedades que no sabemos bien cómo juzgarlas. Temas que no eran tema, hoy lo son: homosexualidad, pedofilia, aborto, se viene la eutanasia, la intervención de la memoria, la mezcla de la raza humana. La distancia con las nuevas generaciones se vuelve infinita. No falla la medicina en prolongar la vida, pero nunca había sido tan triste llegar a viejos. Y sí, el Papa nos pilla muy solos, rascándose cada uno con sus propias uñas.

Habrá que espabilarse. No viene un papa cualquiera. Llega, sin duda, el papa de los pobres. Es más, nos visitará el primer papa que no participó en el Concilio Vaticano II y, sin embargo, ha sido el mejor de sus intérpretes. Juan Pablo II y Benedicto XVI frenaron los cambios que impulsó uno de los concilios más importantes en la historia de la Iglesia. Francisco, por su parte, innova en casi todos los ámbitos: quiere sacar a la Iglesia del ensimismamiento, ofrece la comunión a los divorciados vueltos a casar, entrega a las parejas la decisión sobre el control de natalidad y reconoce una pluralidad de familias, culpabiliza al modelo de desarrollo del desastre socio-ambiental, reclama una reorganización de la economía y, en fin, elije un estilo franciscano de vida poniendo en tela de juicio a los cortesanos que lo rodean, las mitras y las reverencias.

No es obvio que venga el Papa Francisco a Chile. Nadie que recibe a alguien en su casa deja de levantarse de la mesa y de apagar el televisor. A un huésped no se lo puede dar por conocido. Siempre puede sorprendernos.

Cabe, en consecuencia, que este hermano argentino, como tantos argentinos que cruzan la cordillera, quiera decirnos, nada menos que en nombre de Cristo, una palabra auténtica, consoladora o cuestionadora, inesperada. Como forastero merece el recibimiento que hemos de dar a cualquiera en razón de la igual dignidad que reconocemos a todos los seres humanos. Pero él es también un hombre a la cabeza de una institución milenaria cuya misión es cuidar a las personas y anunciarles que no son una casualidad en el cosmos, sino hijos e hijas de Dios. Lo que corresponde, por tanto, es recibirlo con grandeza, con la propia y, si no se puede más, con una imitada. Una figura de este calibre debiera activar en nosotros la apertura de alma debida a un amigo, a la esposa o los pobres que no nos deben nada porque nada habremos podido darles, sin ofenderlos, más que a nosotros mismos.

No es obvio que venga el Papa Francisco a Chile. Nadie que recibe a alguien en su casa deja de levantarse de la mesa y de apagar el televisor. A un huésped no se lo puede dar por conocido. Siempre puede sorprendernos.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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