Opinión
Créditos: El Mostrador.
Los niños necesitan derechos, pero también afectos
A propósito del proyecto de ley sobre responsabilidad parental que hoy se discute en Chile, durante las últimas décadas hemos avanzado de manera significativa en reconocer a los niños como sujetos de derechos. Ese cambio fue fundamental para dejar atrás una mirada que los entendía principalmente como objetos de protección y comenzar a reconocerlos como personas con dignidad, voz e intereses propios.
Ese avance no admite retrocesos. Sin embargo, garantizar los derechos de la infancia también exige preguntarnos cómo fortalecemos a los adultos que tienen la responsabilidad cotidiana de cuidar, educar y acompañar a los niños.
El interés superior del niño no depende únicamente de buenas leyes, de tribunales que funcionen o de políticas públicas bien diseñadas. Todo eso es fundamental. Pero una parte importante de ese interés superior también se construye en la vida cotidiana, en la relación que un niño establece con los adultos que forman parte de su entorno.
La evidencia muestra que cerca del 90% del desarrollo cerebral ocurre antes de los cinco años y que ese proceso está profundamente influido por las experiencias tempranas. Hablamos de conversaciones, de lectura compartida, de juego, de límites consistentes, de consuelo cuando hay miedo o frustración y de la presencia cotidiana de un adulto disponible . Es decir, no son grandes intervenciones ni técnicas complejas.
Esas experiencias moldean habilidades que acompañarán a ese niño durante toda la vida. El desarrollo del lenguaje, la regulación emocional, la capacidad para relacionarse con otros, la curiosidad por aprender y la confianza para enfrentar nuevos desafíos comienzan a construirse mucho antes de que un niño entre al colegio.
La investigación también ha derribado otro mito y es el que los niños no necesitan padres perfectos. Más bien necesitan adultos suficientemente presentes, capaces de ofrecer estabilidad, afecto y contención. En muchos casos, basta con una persona que los escuche, crea en ellos y permanezca disponible en los momentos importantes. Detrás de muchas historias de resiliencia suele existir precisamente esa figura significativa.
Este conocimiento también ha cambiado la manera en que distintos organismos internacionales entienden las políticas de infancia. La Organización Mundial de la Salud, UNICEF y el Banco Mundial impulsan desde hace años el concepto de nurturing care, o cuidado cariñoso y sensible, que pone el foco en fortalecer las capacidades de quienes cuidan a los niños. La premisa es sencilla: el desarrollo infantil depende, en gran medida, de las relaciones que los niños construyen con los adultos que los rodean durante sus primeros años de vida.
Esa perspectiva también invita a ampliar la conversación pública. Además de preguntarnos qué necesitan los niños, conviene preguntarnos qué necesitan madres, padres y cuidadores para ejercer adecuadamente la tarea de criar.
La parentalidad no viene con un manual. Poner límites sin violencia, acompañar las emociones de un hijo, fomentar la autonomía, crear hábitos de lectura o sostener conversaciones significativas son habilidades que pueden aprenderse y fortalecerse. Acompañar a las familias no significa sustituir su rol, sino entregarles más herramientas para ejercerlo.
Este desafío también tiene consecuencias para las políticas públicas. El economista James Heckman, Premio Nobel, ha demostrado que las inversiones realizadas durante la primera infancia generan los mayores retornos sociales y económicos de todo el ciclo de vida. Los niños que crecen en entornos seguros y estimulantes tienen mayores probabilidades de alcanzar mejores resultados educativos, gozar de mejor salud y desarrollar las habilidades que les permitirán desenvolverse con mayor autonomía durante la adultez.
Pero más allá de las cifras, existe una experiencia que todos compartimos. Aprendemos a confiar porque alguien respondió cuando lo necesitábamos. Aprendemos a respetar porque hubo un adulto que nos enseñó con paciencia. Aprendemos a creer en nuestras capacidades porque alguien creyó en nosotros antes de que nosotros mismos pudiéramos hacerlo.
Nada de esto disminuye la responsabilidad del Estado. Proteger a la infancia exige instituciones sólidas, políticas públicas eficaces y mecanismos capaces de prevenir vulneraciones de derechos. Al mismo tiempo, es difícil imaginar un desarrollo infantil pleno sin adultos presentes, disponibles y comprometidos con la crianza.
Por eso, reconocer los derechos de los niños y fortalecer las capacidades de quienes los cuidan forman parte del mismo desafío. Si queremos ofrecer mejores oportunidades a las próximas generaciones, necesitamos seguir perfeccionando nuestras políticas de protección a la infancia, pero también crear mejores condiciones para que madres, padres y cuidadores puedan ejercer su rol.
Fortalecer las capacidades parentales va más allá de un beneficio para las familias. También amplía las oportunidades de los niños y contribuye a construir una sociedad más integrada, con vínculos más sólidos y con mejores posibilidades de desarrollo para todos.
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