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¿Dónde están los líderes de oposición que nuestro medioambiente necesita?
¿Los partidos de la oposición estarán a la altura o serán cómplices por omisión de la mayor regresión ambiental de nuestra historia? La ciudadanía chilena ante las catástrofes ha demostrado siempre estar lista para solidarizar, participar, cooperar y hacer lo que les corresponda.
Mientras el gobierno y las derechas despliegan su asalto contra el patrimonio natural de Chile, el silencio y la intrascendencia de la oposición progresista retumban más que cualquier declaración.
Asistimos a un espectáculo deprimente: un malabarismo parlamentario al borde de lo estéril, una gimnasia de interpelaciones que mueren en la noche televisiva y una incapacidad atroz para articular una respuesta a la altura de la emergencia.
La pregunta no es qué pretenden hacer las derechas —eso ya lo sabemos y lo sufrimos—, sino ¿Qué están dispuestos a hacer quienes se autodenominan líderes progresistas para proteger a la ciudadanía del descalabro ambiental que se nos viene encima? La paciencia se está agotando.
Basta de gimnasia legislativa: Se requiere unidad y acción
La oposición parece atrapada en el síndrome de Estocolmo institucional. Creen, o fingen creer, que el debate de la urgencia ambiental se gana con indicaciones bien redactadas, con un punto de prensa de media tarde o con un tuit indignado. Eso no es hacer oposición; es administrar la derrota con buenos modales.
Mientras ellos discuten una indicación de discutible relevancia a los proyectos de ley del ejecutivo o el quórum de una comisión, en la Araucanía avanza la tala ilegal, en la zona centro se profundiza la sequía y en el norte los glaciares agonizan bajo el polvo minero.
Lo que Chile necesita no es más malabarismo legislativo. Es un abandono valiente del confort del hemiciclo para iniciar una campaña ciudadana nacional. Los partidos progresistas —Frente Amplio, Partido Socialista, Partido Comunista, Democracia Cristiana, Partido Radical, Partido Liberal y todos los movimientos que se reclaman defensores del medioambiente— deben conformar un solo bloque de defensa ambiental y salir a la calle, al campo, a la población y a la pesca artesanal.
Deben convocar a cabildos territoriales, a asambleas autoconvocadas, a una pedagogía masiva que explique, cara a cara y sin tecnicismos, qué significa perder la Ley de Humedales Urbanos, qué implica el silencio administrativo positivo para el estero al lado de su casa y qué horror se esconde detrás de la Ley de Inversiones Rápidas que esconde el gobierno.
Defender lo avanzado no es nostalgia
Otro pecado que aqueja a la oposición es la “amnesia cómoda”. Se está abandonando la defensa de lo conquistado como si fuera un trámite superado. El Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP), logrado tras una década de tramitación, no es un trofeo para colgar en la pared de un exministro; es una trinchera que hoy las derechas quieren vaciar de presupuesto y capacidades.
La Ley Marco de Cambio Climático no es un compromiso de papel para una cumbre de la ONU; es la única ruta vinculante para que Chile no sea un Estado fallido ambiental en 2050.
La ratificación del Acuerdo de Escazú, esa conquista de la sociedad civil que costó la persecución a defensores ambientales, hoy es letra muerta si no se exige su implementación real y se denuncia su violación sistemática.
Los gobiernos anteriores, con todas sus contradicciones y dudas, construyeron un piso mínimo de institucionalidad ambiental. Los partidos de oposición en estos momentos tienen la obligación moral de defender ese legado no con comunicados, sino con una reacción que convierta cada intento de retroceso en un escándalo nacional.
¿Dónde está la campaña “Yo Defiendo el SBAP”? ¿Dónde está la coordinadora nacional de municipios por Escazú, impulsada por sus alcaldes y concejales? ¿Por qué cada senador progresista no se ha convertido en un vocero itinerante de la amenaza climática en su propia región? Si queremos proteger lo alcanzado, la tibieza y el olvido no son admisibles.
Se requiere unidad contra las políticas regresivas
El gobierno de Kast ha sido explícito. Sabemos que su “proyecto de reconstrucción y recuperación económica” es un eufemismo para una agenda regresiva de saqueo: reforma al SEIA para aprobar proyectos sin evaluación real, ampliación de concesiones salmoneras sin control sanitario, impulso a la megaminería en zonas de escasez hídrica crítica y una ofensiva inmobiliaria sobre los últimos humedales urbanos y suelos agrícolas del valle central. Frente a esto, no cabe la queja aislada de partidos solitarios ni personalismos.
Cabe una campaña opositora unida, con un relato común y una identidad visual y territorial compartida, la cual para ser exitosa y creíble debe basarse en una “unidad sin protagonismos”. Se acabó el tiempo de los caudillismos. Ni la foto del presidente de un partido ni la franja electoral anticipada. Un comando ciudadano amplio, donde el rostro sea el de los afectados: la presidenta de la junta de vecinos de Quintero, el alguero de Chiloé, la vocera del pueblo atacameño. Los partidos deben ser el soporte logístico y político, nunca el fin en sí mismos.
Lo oportuno sería definir un pliego de demandas irrenunciables, a manera de un “contrato social por la gente, la naturaleza y la vida” que declare inaceptables los retrocesos en los derechos sociales en previsión, salud y educación e intangibles los glaciares; que proteja el 30% de los ecosistemas marinos, que prohíba el extractivismo en salares y turberas y que blinde el agua como derecho humano. Sin ese horizonte programático de mínimos, toda campaña sería marketing vacío.
También se requiere que la acción unida incluya lanzar un despliegue territorial y digital agresivo: caravanas, “plebiscitos populares” en comunas amenazadas por megaproyectos, intervenciones artísticas, tomas simbólicas de espacios públicos y una estrategia digital masiva para disputar el algoritmo a la maquinaria de fake news de las derechas.
Ponerse al servicio de Chile, no de la propia supervivencia electoral
Este es el llamado fundamental, y va con un componente de crítica profunda que debe ser escuchado con madurez de parte de los políticos. Demasiados dirigentes progresistas calculan su oposición en función de la próxima encuesta, del próximo cupo parlamentario, de no incomodar a un sector del empresariado que podría financiar sus campañas. Eso es una inmoralidad en tiempos de crisis política, climática y ambiental. Parte de Chile se seca, otra arde y otras se inundan —literal y metafóricamente— y la pregunta no puede ser “¿Cómo sobrevivo yo políticamente?”, sino “¿Cómo sobrevive la gente en mi jurisdicción?”.
Por supuesto, ponerse al servicio de los chilenos significa renunciar a la pequeña política. Significa que las directivas de los partidos sesionen en las zonas de sacrificio y zonas degradadas, no en sedes calefaccionadas en Santiago. Significa que los parlamentarios donen parte de su abultada dieta para fondos de defensa legal de comunidades que resisten. Significa que los alcaldes progresistas usen sus atribuciones municipales para detener obras ilegales, aunque eso les cueste oponerse abiertamente al poder ejecutivo. Significa, en definitiva, subordinar la táctica electoral a la estrategia de supervivencia.
Nuestro país no necesita una oposición que se vea activa únicamente en el Congreso mientras la destrucción ambiental avanza en el resto de nuestro país. Necesitamos una oposición que se convierta en retaguardia activa, en escudo contra el fatalismo que ofrece el gobierno de Kast. El tiempo de la gimnasia pasó. Llegó la hora de la verdad, cuando la desidia se transforma en coraje.
¿Los partidos de la oposición estarán a la altura o serán cómplices por omisión de la mayor regresión ambiental de nuestra historia? La ciudadanía chilena ante las catástrofes ha demostrado siempre estar lista para solidarizar, participar, cooperar y hacer lo que les corresponda. ¿Dónde están sus líderes?
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