Opinión
Archivo (imagen de la película “Yo robot”)
El costo de dar las gracias
Por primera vez en la historia, millones de personas sostienen a diario conversaciones con un ente que habla como humano, pero no lo es. Ese espacio se está convirtiendo en el lugar donde practicamos, sin darnos cuenta, cómo tratamos a quien nos responde.
Si una persona le da las gracias a una inteligencia artificial (IA) cinco veces al día durante ochenta años, acumula 146.100 agradecimientos.
A los precios actuales del uso de un modelo como Claude Opus 4.8, esos 80 años de cortesía costarían un poco más de 110 dólares. Pero ese cálculo es mentiroso. En una conversación con la IA, cada mensaje nuevo arrastra consigo todo el historial del chat. Esto aumenta el precio de la cortesía de una vida, alcanzando un valor proyectado que podría superar los 10 mil dólares.
Si dar las gracias a la IA tiene un costo económico, parece del todo lógico proponer eliminarlo, pues la máquina no la necesita para ejecutar órdenes.
Es cierto, la máquina no la necesita. Pero nosotros sí.
Saludar, dar las gracias, pedir “por favor” son el tejido social que hace posible vivir en comunidad y generar lazos de confianza con quienes nos rodean. Y ese es el punto que la contabilidad del uso de IA no captura.
Cuando le damos las gracias a una inteligencia artificial, ella no gana nada. El que gana es uno, pues mantenemos activo el hábito de reconocer que algo nos fue dado y que somos conscientes y agradecidos por ello.
La persona que se entrena ocho horas al día en dar órdenes a una máquina que ejecuta sin objeción, va a llevar algo de ese entrenamiento a la reunión laboral de inicio de semana, a la mesa del almuerzo, a la fila del supermercado. Aristóteles lo dijo hace 24 siglos sin saber nada de chats con IA: somos lo que hacemos repetidamente. Ser agradecidos es un hábito, no un cálculo.
Hay algo más inquietante en esta discusión. Por primera vez en la historia, millones de personas sostienen a diario conversaciones con un ente que habla como humano, pero no lo es. Ese espacio se está convirtiendo en el lugar donde practicamos, sin darnos cuenta, cómo tratamos a quien nos responde. Si en ese espacio entrenamos la solicitud de tareas sin reconocimiento, no estamos ahorrando; simplemente estamos ensayando una versión de nosotros mismos que después no vamos a poder devolver.
Es cierto, dar las gracias artificiales tiene un costo. Pero a cambio conservaremos algo que ningún modelo de IA generativa puede generar: la certeza de que la cortesía es una decisión sobre quiénes somos.
El día que empecemos a racionar los gracias porque tienen un costo, habremos aceptado que nuestra humanidad también tiene precio por uso.
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