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Cuba, morbosa curiosidad

por 26 noviembre, 2016

Cuba, morbosa curiosidad
Cada rincón de La Habana parece una sátira postmodernista de elegancia-decadente, donde sus palacetes de fachada continua y las voluptuosas formas de los autos antiguos que desfilan por sus calles se contraponen con una palpable entropía tropical que abraza cada centímetro del cuerpo las 24 horas del día.
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El primer mandamiento de muchos viajeros es probablemente no llegar a grandes ciudades de noche. Pese a esto, La Habana nocturna, a diferencia de otras capitales, no es intimidante en lo absoluto. La cálida parsimonia cubana permanece impávida en la oscuridad, y desde los taxis se ven las distorsionadas sombras de turistas y locales bajo las luminarias amarillas de las callejuelas de la capital cubana. Por todas partes, crípticos slogans a medio pintar de la revolución, Fidel y el Ché Guevara se iluminan a intervalos.

Cada rincón de La Habana parece una sátira postmodernista de elegancia-decadente, donde sus palacetes de fachada continua y las voluptuosas formas de los autos antiguos que desfilan por sus calles se contraponen con una palpable entropía tropical que abraza cada centímetro del cuerpo las 24 horas del día. Todo parece estar descascarándose lentamente a manos de la humedad y el mar, revelando las infinitas capas de colores pasteles que alguna vez cubrieron los edificios, pero pese a una sutil tristeza, en el aire aun queda el obstinado perfume de la gloria del azúcar, que parece endulzar y enamorar al más escéptico de los viajeros.

La Habana (en español) o Havana (en inglés) es una ciudad ideal para un tipo particular de viajero: ese que vive en una búsqueda eterna de una nueva patria propia, el equivalente viajero de la mina desesperada por casarse, la del vestido en la cartera. Es un lugar donde inevitablemente imaginas tu vida (con curiosidad o angustia) y que te lleva a cuestionar cómo tu geografía circunstancial guió o encausó tu existencia: ¿Y si Yo hubiese nacido aquí?

Cuba en general es el escenario perfecto para cuestionar lo bueno y lo malo del gran villano de la revolución cubana: el capitalismo. La nación caribeña podría bien ser un museo, un set cinematográfico o una cultura precariamente conservada al escabeche- no solo por su belleza, sino por la inmaculada pureza de su identidad. Nos guste o no, una pequeña parte del corazón se estremece frente a la tibia evidencia de que en contraste con Cuba, el resto de América Latina (y quizás el mundo entero) observa con impotencia y culpa cómo las incipientes identidades locales de nuestros países agonizan a manos de la seductora cultura yankee. Para bien o para mal, es imposible no pensar en qué sería de Latinoamérica si el Embargo Comercial se hubiese extendido desde Cuba a Tierra del Fuego.

En Cuba, el comunismo/ socialismo parece estar bailando al son de su propio epitafio, y la eventual llegada de Estados Unidos resulta inminente. Es justamente este el motivo por el cual ahora es cuándo visitar la isla: los días para saciar nuestra morbosa curiosidad por su realismo mágico y bizarra contención estatal, tienen sus días contados. La frágil economía cubana pide a gritos la apertura comercial, y a la hora que esto ocurra, el país simplemente no será el mismo.

Como regalo divino, antes de este viaje conocí a la Carola, que vivió unos años en La Habana mientras estudiaba danza. Le pedí lo que siempre pido antes de viajar a un lugar nuevo: un solo dato que delate la verdadera esencia del lugar. No tardó más de un segundo en responder a mi pedido: “Anda al cine”.

A las 14.30, con media hora de atraso y tras una mañana caminando por La Habana vieja, llegué al Cine Yara en el barrio El Vedado. En cartelera había solo una película: La Bella y la Bestia (en español, por supuesto). Entré a la sala con 3 personas más y me senté como todos, lo más atrás posible. En la penumbra cada grupo hablaba entre sí, riendo fuerte, gritando de lado a lado de la sala. Olvídense de la película, olvídense de pedir silencio: el público se robó el espectáculo. Niños y adultos participaban de la historia como si los personajes los escucharan, gritando, riendo y aplaudiendo. De haber sabido esto de antemano, hubiese llegado puntual. Fue de esas experiencias que se pierden en el papel y que por más que intente, no podré relatar como lo merece. La Carola no pudo haberme dado un mejor dato: la hora y media que estuve en el Cine Yara delató la simpatía e ingenuidad de los cubanos, que es probablemente más espectacular que cualquier playa en la isla. Nunca había visto una simpatía tan genuina: en cada cubano que conocí, encontré un mínimo común denominador de alegría, cortesía y calidez. Nunca sabremos si es producto del aislamiento o si realmente viene en su sangre, pero jamás me había sentido tan seguro y acogido en un país extraño. Esa tarde, al salir del Cine Yara me subí a un colectivo que iba camino al Capitolio.  Como todo en la isla, el corto trayecto se transformó en una agitada conversación donde los cinco pasajeros se esforzaban en resumir la situación de los cubanos. Antes de bajarme, el chofer me dijo: “En Cuba no se vive, se sobrevive, y pese a que estamos muy tristes, somos gente muy feliz”. Y así entendí todo.

En algún minuto le recomendé explosivamente a TODO el mundo visitar La Habana y Cuba en general, pero ahora, con la cabeza más fría y sin el almizcle del azúcar, confieso que no es para cualquiera. No es glamour, orden ni limpieza, y quizás carece de la obvia sofisticación de París o la agradable pulcritud de Londres- y tampoco es para los más cómodos. En ella convergen la pomposa gloria caribeña de los años 20’ y un ideal político fracasado que bailan el himno perpetuo de la nostalgia. Quizás por eso me sentí tan a gusto durante mi estadía: como muchos, soy un irremediable adicto a la nostalgia, y en La Habana encontré una placentera sobredosis de la cual participé encantado. Tal como dicen varias personas: lo amas, o lo odias. Son dos miradas muy opuestas: para algunos puede que Cuba esté más cerca del infierno, pero para otros simplemente está más cerca del sol. Amor a primer mojito.

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