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Coronavirus, teletrabajo y familia: algunos aprendizajes en plena cuarentena

por 31 marzo, 2020

Coronavirus, teletrabajo y familia: algunos aprendizajes en plena cuarentena
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La pandemia de Coronavirus ha sido un claro llamado global a tomar medidas de precaución para la detención de la acelerada velocidad de contagio de este virus en Chile y el mundo. Una de las principales medidas tomadas en casi todos los países con mayor magnitud de este problema es la cuarentena obligatoria y voluntaria.

Hoy, a 28 días de detectado el primer caso en Chile (03 de marzo del 2020), muchas personas y familias enfrentan el desafío de reconfigurar su rutina y estilo de vida cotidiano. Lo que antes era un corre corre sin fin, siempre con más tareas laborales de las que se podían alcanzar en un solo día hoy parece ser, para algunos, un respiro y, para otros, la clara visión de la complejidad de sobrellevar múltiples tareas a la vez sin la red de cuidados y apoyos que se han construido por meses e incluso años.

Sé, por cierto, que no es la realidad que han vivido muchas familias, quienes queriendo realizar estas medidas precautorias, no han podido hacerlo.

Como mujer, madre de tres hijos, trabajadora de jornada completa e investigadora apasionada, he enfrentado el desafío de casi dos semanas de vida restringida a la casa (como familia asumimos cuarentena voluntaria para aportar a mitigar la cadena de transmisión hace 11 días), coincidente con el inicio del teletrabajo académico en muchas universidades como aquella donde yo trabajo. Asumimos este desafío con cierto entusiasmo, como “una prueba” de nuestra flexibilidad y fortaleza como sistema familiar de 15 años de historia, que ya ha enfrentado muchos cambios de trabajo, de países y de domicilios en el pasado. Sé, por cierto, que no es la realidad que han vivido muchas familias, quienes queriendo realizar estas medidas precautorias, no han podido hacerlo.

Hoy reviso estos primeros 11 de días en casa y creo que veo con más honestidad lo que realmente somos como familia. Identifico las tensiones, los necesarios tiempos de silencio y a solas para recargar pilas, la demanda de amor y cuidado de cada uno de mis hijos, la angustia de no responder a la velocidad de antes a los correos y mensajes telefónicos que ingresan a ritmo similar a la vida pre-Coronavirus. El esfuerzo de mantener la soga tensa y el ritmo de trabajo, en este formato virtual, se hace sentir con el paso de los días. Mi hija mayor de 13 años ya no siente el sabor dulce de estudiar desde la casa, la nueva rutina pesa y a ratos aburre. Con mi esposo remiramos la planificación diaria de tareas domésticas, cuidado de niños y trabajo que nos habíamos trazado y nos permitimos respirar hondo… ¿Y si no conquistamos todo en un solo día como antes? ¿Y si fallamos un poco?

Acepto estos desafíos y los miro con cierta distancia, al mismo tiempo que aprendo a valorar otros cambios de mi vida cotidiana. Ya no trabajo 9 horas diarias, pues simplemente no puedo. Si consigo trabajar 4 o 5 me siento muy alegre y satisfecha. Además, esas horas trabajadas concentran lo mejor de mis capacidades, priorizando cada segundo aquello genuinamente importante. He recordado con alegría mis casi 5 años de vida en Inglaterra, donde la jornada académica completa es de 36,5 horas y las metas laborales son más focalizadas, no necesitas estar en todo para ser valorado. Ya no me visto como antes, por supuesto. Volví a mi ropa de siempre, esa que me acomoda en cualquier lugar, que no es solo para trabajar. En estos días el tiempo con mis hijos es más intenso y demandante, pero debo reconocer que los veo mucho más contentos que antes. Ellos valoran tener a los papás en casa, aunque no sea fácil ni perfecto. Les he enseñado juegos de cuando yo era niña que ya había olvidado y los he visto saborear con grandes sonrisas este tiempo juntos.

Hoy, a 11 días de mi cuarentena familiar voluntaria, y primer día de cuarentena obligatoria, revisito mi forma de ser y de pensar, pero sobre todo mi forma de hacer las cosas. Reconozco lo mucho que me cuesta hoy el tiempo “de ocio” que hemos aprendido a llamar “muerto” por no tener productos concretos asociados. Cuando era niña, ese era el tiempo más precioso y feliz del día. Reviso mis prioridades y las vuelvo a calibrar. Miro a mis hijos y valoro nuevamente el tiempo con ellos. Miro mi intensa agenda de trabajo, programada antes de la pandemia, y reconozco con claridad lo verdaderamente importante respecto de aquello que simplemente puede esperar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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