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Recuperar la esperanza: crecimiento económico y empleo de mujeres en Chile Yo opino Créditos: El Mostrador.

Recuperar la esperanza: crecimiento económico y empleo de mujeres en Chile

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Lorena Armijo
Por : Lorena Armijo Académica e investigadora del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Juventud (CISJU) de la Universidad Católica Silva Henríquez
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«Recuperar la esperanza» fue el lema del presidente Kast al presentar el proyecto de Ley de Reconstrucción y Desarrollo Económico y Social. También recurrió a esta frase cuando obtuvo la victoria electoral el año pasado. En ambas situaciones, el objetivo fue ofrecer apoyo emocional a la ciudadanía ante uno de los problemas que afecta diariamente a la vida de las mujeres: el persistente desempleo femenino.

Desde el retorno a la democracia, los gobiernos han tenido como meta aumentar el empleo femenino, asumiéndolo como un instrumento para avanzar hacia la autonomía económica de las mujeres, reducir la pobreza familiar y alcanzar el desarrollo económico. Expertos de CELADE (2011), CLAPES (2020), CEPAL (2022) y el profesor Contreras y su equipo (Contreras, D., Hurtado, A. y Sara, F (2012) coinciden en señalar el efecto favorable del empleo femenino en el PIB y en la reducción del gasto fiscal gracias a sus aportaciones a la Seguridad Social y a la recaudación de impuestos.

La tesis que sostiene un efecto inverso entre crecimiento económico y desempleo femenino ha sido más cuestionada. La teoría y los datos muestran que existe correlación entre la disminución de la tasa de desempleo y el crecimiento económico, lo que no significa que esta expansión tenga el mismo efecto absoluto en hombres y mujeres. Un estudio reciente de Navarro (2023) sugiere que, cuando la economía cae, el empleo femenino se destruye rápidamente; pero cuando la economía mejora, los puestos de trabajo no se recuperan en la misma medida. De hecho, se ha observado que el efecto del crecimiento sobre el desempleo femenino es casi el doble que sobre el masculino en ciertos escenarios recesivos. Esto sugiere que el crecimiento económico por sí solo no garantiza una reducción equivalente del desempleo femenino.

Si observamos la evolución del crecimiento económico y del desempleo femenino a partir de los datos del Banco Central, se constata que, en el período del «milagro económico» de los gobiernos de Aylwin y Frei, la tasa de crecimiento anual promedio del PIB era del 6,3%, mientras que el desempleo femenino se situaba por encima del 9% durante el primer mandato, siendo más irregular en el segundo, con cifras que oscilaban entre el
7,6% entre 1996 y 1998 y el 10% a causa de la recesión de 1998. En el otro extremo, en la época de desaceleración económica posterior a 2010, el comportamiento de la desocupación femenina fue bastante irregular, con tasas por encima del 8% la mayor parte del tiempo (solo entre 2013 y 2016 fue del 7,1% promedio). Esto refuerza la tesis señalada: durante las recesiones, el impacto del ciclo económico sobre el desempleo femenino es significativo, mientras que en las expansiones tampoco se observa una recuperación proporcional. El desempleo persiste, junto con otros problemas como la brecha salarial o la concentración de mujeres en sectores menos productivos, confirma una posición más vulnerable de las mujeres en el mercado laboral y una mayor dependencia del ciclo económico.

Durante décadas, Chile ha comprobado que el crecimiento económico no garantiza la reducción del desempleo femenino (actualmente de 10%), siendo un desafío que a la fecha ningún gobierno ha logrado resolver. Por este motivo, es tan necesario conocer en detalle las medidas específicas del plan de reconstrucción dirigidas a las trabajadoras: ¿se incluirán, por ejemplo, contratos multifuncionales para jornadas flexibles, como se propuso en el programa de la campaña presidencial?

El discurso esperanzador del presidente Kast contrasta con la afirmación del ministro Quiroz, quien asegura que no es posible garantizar la contratación de más mujeres, sino solo contener el desempleo, algo que está en sintonía con las proyecciones de la OIT, que indican que la tasa de desempleo se estabilizará a nivel mundial en 2026; y con el recorte de la proyección de crecimiento, que la CEPAL acaba de anunciar para Chile este año y que se sitúa en un 2%. Tanto los organismos internacionales como las investigaciones académicas indican que para hacer frente al actual problema del desempleo femenino, no basta con esperar a que el mayor dinamismo «derrame» empleo hacia las mujeres, ni con reducir los costes asociados a la contratación relacionados con los permisos por nacimiento de un hijo. Tampoco la flexibilidad asegura más empleo, por el contrario, por sí sola puede precarizar la condición laboral de las mujeres. Si se reduce la jornada, las mujeres pueden conciliar el trabajo y la familia; sin embargo, si no hay alternativas permanentes de cuidado, corren el riesgo de perder oportunidades en su desarrollo profesional, ver disminuidos sus ingresos y el de sus familias e, incluso, en tiempos de recesión, verse nuevamente empujadas al desempleo.

Para muchas trabajadoras, especialmente madres y cuidadoras, contar con horarios adaptables o con opciones de teletrabajo puede marcar la diferencia entre participar o no en el mercado laboral. La flexibilidad laboral no debe suponer una precarización del empleo con el único objetivo de aumentar la fuerza laboral, a costa de un trabajo sin protección que implique entrar y salir del mercado sin la posibilidad de ahorrar o proyección personal.

La experiencia de países con bajo desempleo y alta participación laboral femenina muestra que la corresponsabilidad y una red de protección social sólida con distintos dispositivos favorecen el trabajo de las mujeres. Las iniciativas que se amplíen a las trabajadoras independientes, como la flexibilidad horaria asociada a derechos, servicios de cuidado asequibles y de calidad para niños en la primera infancia y adultos dependientes, permisos de cuidado, subsidios y políticas que combatan los estereotipos de género y los prejuicios de los empleadores sobre las madres trabajadoras y las mujeres en edad fértil, han demostrado ser medidas que fomentan la incorporación al empleo sin penalizar los ingresos ni las posibilidades de ascenso.

Recuperar la esperanza exige algo más concreto que un eslogan. Implica llevar a cabo medidas de conciliación entre el trabajo y la familia, para que la maternidad no suponga un castigo laboral y para que el talento de las mujeres encuentre oportunidades reales de desarrollo. Solo así la esperanza será el mejor antídoto contra el desánimo y el pesimismo actual.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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