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El Misántropo, una obra

Cultura - El Mostrador

Una mirada crítica a la hipocresía chilena

por 22 marzo, 2003

Esta nueva adaptación de la obra de Moliere -realizada por el director Francisco Pérez-Bannen y protagonizada por Néstor Cantillana- se transforma en una ácida, punzante y dura crítica a una sociedad cínica como la nuestra, llena de dobles discursos, egoísta, falsa y por sobre todo hipócrita.
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La compañía lleva seis años acercándose a autores clásicos donde grandes temas de contenido humano son llevados con cierto corte irónico a escena en una especie de actualización criolla de conflictos acarreados siglos atrás. La Música de Marguerite Duras; Calígula de Albert Camus; Hamlet de William Shakespeare; Cada vez que ladran los perros de Fabio Rubiano Orjuela y ahora El Misántropo de Moliere son las adaptaciones que Impasse ha tratado y trabajado con mucha delicadeza pero con algo de sarcasmo y cierto aire de crítica social.



La acción de El Misántropo se realiza en el departamento de Celimena (Claudia Vergara), una actriz joven que se ha creído el cuento de la fama y ha caído en la vanidad absoluta, solo con algunos visos de humanidad. A este lugar llegan sus amigos Acasto (Alvaro Espinoza) otro actor como ella; Clitandro (Gonzalo Muñoz), su manager; Elianta (Camila Videla), una periodista de espectáculos; Arsinoe (Katerina Cabezas) la profesora de escuela de Celimena; Filinto (Cristian Marambio) amigo de Alceste y documentalista e ingeniero comercial y Alceste (Néstor Cantillana - El Misántropo), que es su pareja, pero que se pasea desnudando la hipocresías y el doble standard del entorno.



A través de estos personajes vemos lo que es la sed por acceder a un medio y la forma mediante la cual se ejecuta, tal como en los tiempos de Moliere donde la gran meta era formar parte de la corte.



La comedia de Moliere versó sobre los aspectos mezquinos y ridículos de la sociedad de su tiempo: los de la aristocracia, los de la burguesía, los de los supuestos sabios, misántropos, hipócritas, incrédulos y ambiciosos. Se apoyó, además, en los comediógrafos españoles e italianos; pero lo hizo fundiendo ese material y el que le proporcionaba su aguda capacidad de observación de la vida real, de modo nuevo y con un talento cómico inconfundible.



En efecto, su humorismo o su sátira no se basó tanto en las situaciones como en el carácter de los protagonistas. Por ello se ha dicho que Moliére no representó en sus obras a hombres reales, sino tipos humanos que reunían en sí, llevados al exceso, rasgos difundidos en la sociedad de su tiempo.



Dichos rasgos están notablemente caracterizados y explotados en la adaptación de Pérez-Bannen por Néstor Cantillana, estableciendo un personaje que por su humor tétrico, su espeluznante sinceridad y su sentido crítico hacía el mundo, mantiene conflictos en sus relaciones sociales.



Si bien la intención de la compañía se logra a la hora de criticar fuertemente a nuestra sociedad y el vacío que nos inunda, la obra cae en el error de apoyar sus cimientos generales en la interpretación de Cantillana, dejando a un lado la fuerza de la obra por los demás frentes.



Los textos del actor principal y su potencia actoral se roban el montaje que, por lo demás, presenta una gran puesta en escena y un interesante uso de la música en plena concordancia con lo que se quiere narrar.



El problema general radica en que cuando El Misántropo sale de escena, la tensión e interés decae demasiado, provocando baches en una historia excesivamente larga que pierde por momentos su destino ácido y crítico en pos del desarrollo de personajes evidentemente menores en su calidad interpretativa y de entrega de contenidos.



Dichos personajes funcionan mucho mejor como íconos de una sociedad perdida y superficial inundada de programas estúpidos y banales maquillados formalmente para ocultar su decadencia en un país donde la falsedad, el doble discurso, los intereses creados, la avaricia, la ambición, el arribismo y la cobardía están a la orden del día.



En este contexto, un personaje misantrópico se transforma en un complejo héroe-anti-héroe que ha resuelto decir siempre lo que piensa y lo que siente. Esta actitud admirable para algunos y extremosa para otros va evidenciando, al interior de la obra y en sus espectadores, aquellas zonas sombrías que voluntaria o involuntariamente vamos dejando detrás de nuestras máscaras, ya sea para esconder y renunciar concientemente a algo que no soportamos ver cuando nos miramos en nuestro espejo o para observar a otros estando nosotros mismos protegidos de sus miradas.



A pesar de presentar textos de más y llenar el escenario con personajes tal vez innecesarios, El Misántropo apunta bien en su intención de cuestionarnos como hombres sociales y provoca o plantea una mirada interna reflexiva y a nuestro entorno de caretas y falsas adulaciones en desmedro de relaciones más honestas, sinceras y naturales.





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