Opinión
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Cuando una vida parece valer menos
El problema no comienza cuando una persona mayor es maltratada. El problema comienza cuando aceptamos que algunas vidas merecen menos consideración que otras.
Cada 15 de junio se conmemora el Día de la Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez. Habitualmente pensamos en situaciones que reconocemos de inmediato como inaceptables: violencia física, abandono, abuso económico, negligencia o humillación. Son formas de maltrato reales que afectan a millones de personas mayores y que exigen prevención, protección y sanción.
Pero vale la pena preguntarse: ¿el maltrato comienza realmente allí?
Hace unos días leí la reflexión de un enfermero geriatra que relataba la experiencia de una mujer mayor enfrentando una enfermedad grave. Lo que más la había herido no era el diagnóstico ni la posibilidad de morir. Lo que la había afectado profundamente era escuchar una frase repetida varias veces durante su proceso de atención: que determinadas intervenciones “ya no merecían la pena”.
La expresión quedó resonando en mí porque parecía hablar de algo mucho más profundo que una decisión clínica. Después de todo, la medicina tiene límites, los tratamientos tienen riesgos y no todas las intervenciones son adecuadas para todas las personas. No se trata de negar esa realidad. Pero detrás de aquella frase aparecía una pregunta inquietante: ¿en qué momento una vida deja de merecer la pena?
Quizás el problema de nuestro tiempo es que esa pregunta ya no aparece solamente en el ámbito sanitario. De maneras mucho más sutiles se ha ido instalando una lógica que mide a las personas por su rendimiento, su productividad, su capacidad de generar resultados o su utilidad para el sistema. Vivimos en sociedades que saben calcular costos con enorme precisión, pero que parecen tener cada vez más dificultades para reconocer valor.
Y cuando el valor humano comienza a confundirse con la utilidad, todos nos volvemos vulnerables.
Las personas mayores suelen ser quienes perciben primero esa tensión. Aparecen entonces discursos que las describen principalmente como gasto, dependencia, presión para los sistemas de salud o desafío para las finanzas públicas. Son discusiones legítimas y necesarias. Pero cuando esas miradas se transforman en la única forma de hablar sobre el envejecimiento, algo esencial comienza a desaparecer, desaparece la persona, desaparece la historia, desaparece todo aquello que no puede medirse en términos de productividad.
Quizás por eso el edadismo se ha transformado en una de las formas de discriminación más extendidas y menos reconocidas de nuestro tiempo. No siempre adopta la forma de una agresión abierta. Muchas veces se expresa como una disminución silenciosa de valor. Como la idea de que algunas opiniones importan menos, algunos proyectos tienen menos relevancia o algunas vidas merecen menos esfuerzo simplemente porque tienen más años.
Y tal vez allí comienza una de las formas más profundas de maltrato, no cuando una persona pierde derechos formalmente, sino cuando comienza a percibir que importa menos, cuando deja de ser escuchada, cuando otros empiezan a decidir por ella, cuando la sociedad la mira principalmente desde sus limitaciones y no desde su humanidad.
La paradoja es que esta discusión emerge precisamente en el momento en que la humanidad vive uno de sus mayores logros. Nunca habíamos vivido tantos años. Nunca habíamos tenido generaciones completas alcanzando edades que antes eran excepcionales. Nunca habíamos acumulado tanta experiencia, memoria, conocimiento y capacidad de contribución en millones de personas.
Y, sin embargo, seguimos sin saber muy bien qué hacer con la longevidad. Quizás porque la longevidad nos enfrenta a una pregunta incómoda. Nos obliga a decidir si el valor de una persona depende de lo que produce o simplemente de su condición humana.
Una de las patologías de las sociedades contemporáneas es la tendencia a relacionarnos con el mundo desde la lógica del rendimiento. Todo debe acelerar, producir, responder, generar resultados. En ese contexto, quienes ya no encajan plenamente en esa lógica se vuelven invisibles. Pero una sociedad que solo reconoce valor en quienes producen termina perdiendo la capacidad de reconocer aquello que hace verdaderamente humana la vida: el cuidado, la presencia, la memoria, la experiencia compartida, la capacidad de acompañar y ser acompañado.
Por eso la conversación sobre maltrato en la vejez es mucho más que una conversación sobre personas mayores, es una conversación sobre quiénes somos, sobre aquello que estamos dispuestos a valorar, sobre el tipo de sociedad que queremos construir.
Porque el problema no comienza cuando una persona mayor es maltratada. El problema comienza cuando aceptamos que algunas vidas merecen menos consideración que otras. Cuando dejamos de reconocer dignidad allí donde disminuye la productividad. Cuando confundimos valor con utilidad. Y esa es una amenaza que no afecta solamente a quienes hoy son mayores, nos alcanza a todos.
Si algo nos enseña el envejecimiento es que tarde o temprano todos dependeremos de que otros sean capaces de ver en nosotros algo más que nuestra eficiencia, nuestra fuerza o nuestra capacidad de producir.
Tal vez por eso el sentido más profundo de este 15 de junio no sea solamente denunciar el maltrato, quizás sea recordar que la dignidad humana no aumenta ni disminuye con la edad y que una sociedad verdaderamente humana es aquella que nunca deja que alguien llegue a sentir que su vida vale menos.
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