En las regiones de El Maule y la Araucanía
Un viaje y una historia: Mixcy y Ambra, dos alumnas de vidas postergadas al sur del mundo
En este relato, nuestro viajero David González nos sorprende con dos historias simples, de gente común, en el Maule y la Araucanía. Dos niñas que separadas por una región en el sur de Chile, viven una soledad que se instaló en sus vidas de improviso. El sistema educacional las trató como un número, como un daño colateral de su propia suerte.
Las vidas comunes suelen ser parte de un guión de actores secundarios en quienes no nos detenemos. Nos dan postales que no muestran la gran ciudad. Detenerse a verlas, suele darnos una bofetada de realidad que, a veces, no queremos observar. Pero para saber qué tan común puede ser nuestra vida dependemos de dos factores: la estadística y la latitud.
Hace un tiempo viajé por colegios del sur de Chile, viendo la vida de los estudiantes, pero dos niñas me llamaron la atención. Sus historias eran tan similares como antípodas podían llegar a ser. Una estaba en la región del Maule y la otra, en la Araucanía.
El vapor genera una bruma al amanecer, una yunta de bueyes pasa lentamente por el camino de tierra que une Carahue y Camarones en la Araucanía, donde una bucólica campana repica llamando al inicio de clases. Mixcy de 8 años, termina de guardar sus cuadernos, no quiere llegar tarde, es la única alumna de su colegio; la profesora es su abuela y su madre es la manipuladora de alimentos. Todas ellas viven en familia cruzando el patio de la escuela.
Me paro junto a la puerta de la única sala de clases, no existen bullicios ni risas estridentes; la profesora comienza una personalizada clase de matemáticas.
Más al norte, en una escuela de Cauquenes en El Maule, Ambra, de 10 años, se lava la cara en el baño de la escuela y recibe su beso de buenos días de parte de su profesora. Baja las escaleras y ya está dentro de la sala de clases. Vive en el internado desde que sus padres, primerizos, la dejaron ahí por no tener dinero para mantenerla, luego olvidaron seguir visitándola cuando Ambra cumplió los 8.
Me detengo junto a la puerta del aula, un bullicio estridente se detiene cuando la profesora comienza la clase de lenguaje.
Dicen que es una cuestión del azar en donde naces, según estadísticas 1 de cada 5 niños nacidos en el mundo es Chino, así que cada uno de nosotros tenemos un 20% de posibilidades de ser chinos. Ahora, si no eres oriental, tu futuro puede estar marcado por una cuestión de latitud, nacer bajo el trópico de Capricornio dice mucho de tu futuro.
Ambra y Mixcy, dos niñas a quienes les tocó nacer en este rincón del fin del mundo, crecer es acumular un inmenso montón de soledades. La primera no tiene compañeros para jugar pero su abuela Elsa es su profesora y su madre es quien prepara la comida. Ambra, tiene amigos de internado, pero su familia ya no está presente.
Estas niñas me contaron de algunos de sus sueños. Mixcy quería ser profesional “así podré trabajar en una ciudad”, decía. Ambra pensaba que si podía armar una familia “lo haría bien”, ya que la historia que le contaron fue que cuando nació sus padres eran demasiados jóvenes para criarla bien y nunca supieron qué hacer con ella. Luego tuvieron más hijos, a quienes crían, pero la primogénita le tocó pagar los platos rotos.
Las clases son comunes como en cualquier escuela de Chile. El sol irradia los patios afuera, adentro los lápices se deslizan en los cuadernos y las dos niñas solo quieren jugar. “El mundo envejece a los golpes”, dice Tabaré Cardozo, un poeta uruguayo. Pero ¿a esa edad?
Cuando conocí a ambas niñas, estas ya tenían su futuro marcado. Sus profesoras ya me habían dicho qué pasaría con ellas antes de terminar el día de clases.
Hace unos días me senté a escuchar lo que los políticos proponían, las reformas en educación y como todo cambiará. Un tango del año 30 decía “Ya no hay tiempo para educar, sólo importa quién y por cuanto lo harán” y cuando recordé esa canción también me acordé de Ambra y Mixcy.
Volví para darme cuenta que cerca de Carahue un colegio estaba destinado a cerrar para siempre, y una niña debía irse del lugar, a una ciudad muy lejana a la suya. Una profesora, su abuela, se jubilaría. En silencio quedaría la heroica pelea que la señora Elsa daba por mantener una escuela rural abierta pese a que la municipalidad prefería cerrar porque significaba un gasto innecesario. La dio por 4 años, una lucha de la que nadie sabrá.
En Cauquenes, Ambra debió irse del internado a una casa hogar donde la pudieran acoger. El sistema educacional dice que a una cierta edad no pueden seguir viviendo en el colegio. Un sistema que ella no eligió en un sitio que no decidió, sigue con la ausencia de sus padres y con las mismas metas para su vida. ¿Dónde está la profecía tenaz de un mundo mejor?
Dos destinos que conocí, unidos por una campana que no repica; historias de gente común, batallas de las que nadie sabrá, y que tuvieron como testigo el paisaje sureño de este rincón del fin del mundo.
El frío de una mañana, en otro colegio de cualquier parte, cala los huesos, vuelve a sonar una campana, la historia se repite, es otro ciclo sin final.