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Una de las mejores series policiacas británicas

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Crítica de series de Tv: "Line of Duty", las instituciones funcionan

por 20 junio, 2016

Crítica de series de Tv: “Line of Duty”, las instituciones funcionan
Line of Duty logra un equilibrio llamativo entre la acción dramática tradicional (disparos, explosiones, persecuciones, sirenas), y los diálogos largos e inteligentes (interrogatorios, acciones encubiertas). Hay que estar muy atento a los subtítulos para no perder el hilo de una narración llena de detalles. Por momentos, los personajes hablan con una velocidad que resulta endemoniada para quienes tenemos al español como lengua materna. Pero eso no supone un problema, más bien es la marca distintiva de los guionistas.
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En ciertos círculos periodísticos londinenses se ha debatido sobre si Line of Duty (Mercurio, 2012) es el mejor drama policial (británico) de la historia. No tengo la respuesta, pero sin duda creo que puede pelear por tal distinción.

No es misterio que unas de las joyas de la corona de la ficción inglesa son las series que narran historias sobre crímenes en todas sus manifestaciones. De entrada confieso que son mi debilidad, y por razones concretas: el permanente afán creativo de superación, tanto en la construcción de sus personajes, como en los temas que se abordan, siempre polémicos y verosímiles. El resultado supera el maniqueísmo clásico, presentando a seres humanos con defectos y algunas virtudes. Lo self depricating (autocrítico) dibuja muy bien el perfil anglosajón, como me lo han apuntado en una conversación en Twitter.

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Line of Duty riza el rizo de las historias de policías para instalar el tema de la corrupción (¿suena familiar?), o mejor dicho, para instalar la idea de que es la propia institución la encargada de autorregular dicha anomalía, para que el sistema no se vea afectado. Toda una apología a esa frase acuñada para sacar los aplausos de la galería: “las instituciones funcionan”.

Para ello se vale de la AC-12, ficticia unidad policial Anti Corrupción (interna), cuyo objetivo es hacer cumplir -con extremo rigor- la normativa legal y ética vigente, y además, perseguir a quienes la infrinjan. Una tarea compleja, cuando los imputados o imputadas manejan al dedillo las artes de los interrogatorios, las pistas incriminatorias, y las coartadas. Ya es difícil atrapar delincuentes; perseguir policías es una tarea superior, como lo señala el Superintendente Ted Hastings (Adrian Dunbar), jefe y reclutador del protagonista, el Detective Steve Arnott (Martin Compston).

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Line of Duty logra un equilibrio llamativo entre la acción dramática tradicional (disparos, explosiones, persecuciones, sirenas), y los diálogos largos e inteligentes (interrogatorios, acciones encubiertas). Hay que estar muy atento a los subtítulos para no perder el hilo de una narración llena de detalles. Por momentos, los personajes hablan con una velocidad que resulta endemoniada para quienes tenemos al español como lengua materna. Pero eso no supone un problema, más bien es la marca distintiva de los guionistas. Como sea, verla significa un placentero esfuerzo de concentración. Hay algo del estilo de Aaron Sorkin (The West Wing, The Newsroom) en lo que señalo, aunque remarco la idea de lo atrapante que resulta la historia.

El rey en televisión no es el director, son los guionistas. No lo digo yo, lo dice nada menos que Juan Antonio Bayona (director de los filmes El orfanato y Lo imposible). Y en Line of Duty el trabajo de guión mezcla historias cortas, con otras que se estiran como la cuerda de una guitarra durante todas las temporadas (3). La tensión es sostenida y se agudiza. Como si eso no fuera suficiente, los guiones utilizan la coyuntura social británica para situar en un mismo plano, a ficción y realidad. Así por ejemplo, en la tercera temporada se cuela una fotografía del presentador de la BBC Jimmy Savile, que como se sabe, fue el autor de numerosos abusos sexuales durante el siglo pasado, y continúa siendo un escándalo que avergüenza al Reino Unido. Este matiz generó mucha polémica, y eso que apenas es un detalle dentro de la gran historia.

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Los protagonistas, Ted Hastings, Steve Arnott, y la Detective Kate Fleming (Vicky McClure), cargan con la cruz del deber, que se traduce en problemas familiares. La razón: están más casados con la institución y su fin, que con sus parejas. Es curioso como en Line of Duty cobra importancia el edificio del AC-12. De hecho, el inmueble es una oda a la transparencia, a la pulcritud, al brillo, donde la opacidad no tiene cabida. Todo es impecable e iluminado, como si se tratase de una especie de templo que vigila el culto.

Visto así, el verdadero protagonista de la historia es la propia unidad AC-12, cuya misión es salvaguardar los principios fundamentales de la policía inglesa, y también podríamos decir, de los propios ingleses. Porque allí habita un tonillo de superioridad isleña, que como hemos comentado en esta columna, tiende a destacar las diferencias con la acción policial estadounidense, e incluso la europea. En concreto, y a modo de ejemplo, hay cierta superioridad moral en el hecho que los agentes ingleses no porten armas en la calle. Y eso se conecta con la supuesta superioridad british que señala el periodista John Carlin (que escribe en El País) a propósito del Brexit. Al menos en la ficción es bastante evidente. El orgullo sobre como se hacen las cosas en Inglaterra va por delante.

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Line of Duty es una de esas series que no te puedes perder. Apúntatela, porque como en la hípica, es un dato fijo. Pero hay un problema: seguro que con la excusa del algoritmo matemático, o la oferta y demanda, Netflix la ha quitado del menú sin decir ¡agua va! dejando colgado a más de algún incauto con sus cuotas al día. No es la primera vez que sucede. Este pone y saca ya le pasó a la sobresaliente The Honourable Woman.

Así nos va. Si yo fuera tú, reclamaría, y a la vez, intentaría verla sin esperar que la repongan. La web es ancha y ajena. No sé si me explico. Vale la pena tomarse la molestia.

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