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Película “Suspiria”: movimiento e historia para construir un aquelarre

por 9 febrero, 2019

Película “Suspiria”: movimiento e historia para construir un aquelarre
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Suspiria no es propiamente una película de terror. Este film, recién estrenado en nuestro país, es un remake y revisión de una película de 1977 que sí era de terror, muy conocida por su espectáculo visual y sonoro. En ella, una joven norteamericana llamada Susie se iba a estudiar a una academia de danza en Berlín. Al poco andar, Susie empezaba a ver indicios de que sus profesoras componían, en realidad, un aquelarre de brujas, y que usaban la danza como medio para llevar a cabo sus conjuros.

Sin embargo, la magia que conjura la pantalla resulta ser la antesala de una gran decepción. Guadagnino despilfarra la buena voluntad cultivada en su auditorio guiándonos por una secuencia final que, a pesar de su impresionante visualidad, revela que parece una película mucho más inteligente de lo que es. Los últimos treinta minutos vuelcan del revés las costuras falsas y parches que tejió el director.

En su reconstrucción, Luca Guadagnino, quien hace poco dirigió Call Me by Your Name, se replantea el cliché de las brujas como un telón de fondo para explorar los pormenores y sacrificios del trabajo creativo. En sus largas escenas de danza contemporánea, el director parece particularmente preocupado por el movimiento mismo y por la forma casi violenta en que las bailarinas exigen a su cuerpo para que haga cosas fuera de lo común. A través del sonido y la imagen destaca los golpes, los giros bruscos, las contorsiones. Al mismo tiempo, como las brujas conjuran a través de la danza, estas tienen su reverso brutal, pues sirven literalmente para torturar, distorsionar y destruir.

La película también se fija en las estructuras de poder del aquelarre. A través de un paseo por los entretelones históricos del Berlín de los setenta, contrasta el poder de estas mujeres con el de la alemania nazi que todavía acechaba la vida cotidiana. Así, la brutalidad de las brujas, lejos de semejarse a los fríos y calculadores exterminios nazis, intenta dejar su marca sobre los cuerpos físicos individuales, buscando amplificar el sufrimiento y el dolor. Aquí no se trata de matar en masa, sino de llevar los sentidos de la víctima (y del auditorio) hasta el límite. Susie, la protagonista, parece atraída por esta cualidad sacrificial del poder.

Es un clásico cliché del cine de terror que las brujas representan una especie de vacío. Quieren poder a toda costa y buscan hacer daño con el único objetivo de volverse, por ejemplo, inmortales. Sin embargo, por decirlo de alguna manera, Suspiria se esfuerza por mostrarnos el mundo de las brujas mirado desde dentro y no desde fuera. Comprendemos que la cofradía tiene una razón de ser que no es arbitraria. Vislumbramos que, en un mundo que le ha negado toda posibilidad de independencia a estas bailarinas, la brujería les resulta necesaria. En un delicado equilibro entre fascinación y rechazo por el abusivo y hermoso mundo de las brujas, la película construye secuencias prodigiosas en su manejo de la tensión fílmica.

Sin embargo, la magia que conjura la pantalla resulta ser la antesala de una gran decepción. Guadagnino despilfarra la buena voluntad cultivada en su auditorio guiándonos por una secuencia final que, a pesar de su impresionante visualidad, revela que Suspiria parece una película mucho más inteligente de lo que es. Los últimos treinta minutos vuelcan del revés las costuras falsas y parches que tejió el director: las resonancias históricas han sido solo eso, un poco de color local, y el trasfondo feminista, que prometía evitar a toda costa la ingenuidad, no consigue ser más que un recurso para inyectar algo de esa moralina biempensante que está tan de moda en el cine norteamericano.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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