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Ucrania y la larga sombra de la catástrofe de Chernóbil Opinión Archivo (BBC)

Ucrania y la larga sombra de la catástrofe de Chernóbil

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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Chernóbil no es solo un accidente del pasado; es una advertencia permanente sobre la tecnología y también sobre el poder y lo que ocurre cuando la información se subordina a la política, y cuando los sistemas no están diseñados para reconocer sus propios errores.


Hace cuatro décadas, la madrugada del 26 de abril de 1986, a las 01:23 horas, el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil explotó en el norte de la entonces República Socialista Soviética de Ucrania. No se trató solo un accidente técnico; fue un punto de inflexión político. En ese instante, no solo falló un reactor RBMK-1000, sino un sistema construido sobre la opacidad, la disciplina vertical y la incapacidad de reconocer errores en tiempo real.

Durante las primeras horas, Moscú optó por el silencio. No por desconocimiento, sino por reflejo. La ciudad de Prípiat, con cerca de 49.000 habitantes, no fue evacuada hasta el 27 de abril, más de 30 horas después de la explosión. Y en ese lapso, la población continuó su vida cotidiana mientras la radiación comenzaba a acumularse en el aire, en el suelo y en los cuerpos. La decisión no fue técnica, sino -por el contrario- absolutamente política.

En ese contexto, la verdad no emergió desde dentro del sistema soviético, sino desde fuera. El 28 de abril, en la central nuclear de Forsmark, en Suecia, trabajadores detectaron niveles inusuales de radiación en sus equipos. Tras descartar una fuga local, la conclusión fue inevitable: el origen estaba más allá de sus fronteras y solo la presión internacional obligó a la Unión Soviética a reconocer el accidente.

Chernóbil expuso una combinación letal. Un reactor con fallas de diseño, operadores trabajando fuera de los parámetros seguros durante una prueba mal concebida y, sobre todo, una cultura institucional donde cuestionar procedimientos podía ser interpretado como indisciplina. La comisión estatal encabezada por Boris Shcherbina, bajo la supervisión de Mijaíl Gorbachov, reconoció posteriormente violaciones graves de protocolos, pero también dejó en evidencia algo más profundo: la ausencia de una verdadera cultura de seguridad.

Las cifras iniciales fueron relativamente acotadas: dos trabajadores murieron en la explosión, y en las semanas siguientes 28 bomberos y operarios fallecieron por síndrome agudo de radiación. Pero el impacto no se mide solo en ese número, porque más de 350.000 personas fueron evacuadas en los años posteriores, especialmente en Ucrania y Bielorrusia.

En términos sanitarios, organismos internacionales han proyectado hasta 4.000 muertes adicionales por cáncer en las poblaciones más expuestas. Pero incluso esas cifras, debatidas, no capturan completamente el efecto social del desplazamiento masivo, del colapso de comunidades rurales, la estigmatización y de una profunda crisis de confianza en el Estado.

Chernóbil tuvo, además, un impacto político difícil de exagerar. Fue uno de los eventos que empujaron a Gorbachov hacia la glasnost, la política de apertura informativa. No por convicción inicial, sino por necesidad. La radiación no podía ser contenida con silencio. Y cuando la información comenzó a circular, el sistema soviético mostró sus fisuras. De esta forma, Chernóbil no derrumbó la Unión Soviética, pero aceleró su desgaste y debilitó su legitimidad.

Treinta y seis años después de aquella tragedia, ese mismo lugar volvió a estar en el centro de una crisis. El 24 de febrero de 2022, durante el primer día de la invasión rusa a gran escala contra Ucrania, fuerzas provenientes de Bielorrusia tomaron control de la zona de exclusión de Chernóbil. No por su valor energético -la planta llevaba décadas fuera de operación-, sino por su valor geográfico, debido a que era una de las rutas más directas hacia Kiev.

La ocupación -tras intensos combates con fuerzas ucranianas- se extendió hasta fines de marzo. Durante ese período, cientos de trabajadores locales quedaron atrapados dentro del recinto, obligados a mantener las operaciones sin relevo durante semanas. Incluso, la Agencia Internacional de Energía Atómica advirtió entonces que la fatiga del personal podía convertirse en un riesgo crítico para la seguridad nuclear.

El 9 de marzo, la instalación perdió su suministro eléctrico externo, lo que generó alarma internacional. Y aunque no hubo una fuga radiactiva, el episodio evidenció la fragilidad del sistema, ya que incluso una planta desactivada requiere energía constante para mantener seguros los depósitos de combustible usado.

Las fuerzas rusas se retiraron de Chernóbil el 31 de marzo de ese mismo año, en el marco del repliegue del frente norte. Pero el episodio dejó una lección más amplia. La guerra en Ucrania reintrodujo el factor nuclear en la seguridad europea, no como arma, sino como vulnerabilidad. Ya no es necesario atacar una planta nuclear para generar un riesgo; solo basta con interrumpir su funcionamiento normal.

Hay una continuidad inquietante entre 1986 y 2022. En ambos casos, Chernóbil revela los límites de los sistemas políticos frente a riesgos que no pueden ser contenidos por la narrativa. En 1986, el intento de ocultamiento colapsó frente a la evidencia internacional. En 2022, la lógica militar volvió a exponer la fragilidad de infraestructuras críticas en medio de un conflicto convencional.

Chernóbil no es solo un accidente del pasado; es una advertencia permanente sobre la tecnología y también sobre el poder y lo que ocurre cuando la información se subordina a la política, y cuando los sistemas no están diseñados para reconocer sus propios errores. Porque al final, la radiación -igual que la verdad- siempre encuentra la forma de salir a la superficie.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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