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Libro "El perfecto transitivo" de Marín Naritelli: en la frontera de los géneros literarios

por 16 octubre, 2019

Libro
Por mucho que el autor tenga muy claro con lo que se propone en cada disparo, en cada palabra, no quiere dejarlo todo dicho y pre-establecido. Él quiere dejar el espacio para dilucidar, dejar elementos elididos para ver si alguien los ataja. Él no nos quiere regalar un libro, prefiere el don. Porque lo perfecto de la transitividad es lo que no se transa
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“Ahora no tengo luz ni raigambre.

No tengo paz ni estirpe,

tan solo la memoria”, extracto del libro.

El título del libro de Francisco Marín Naritelli (Editorial Filacteria, 2019) no es casual. Él realiza un ejercicio absolutamente consciente al desperdigar este cúmulo de elementos que están en la frontera de los géneros, resistiéndose a categorías fijas. En la parte narrativa incluye crónica urgente, artefactos cotidianos –cuando se sale del rol del periodista y del panfleto para detenerse en contemplaciones o asociaciones absurdas, irascibles, al límite de las greguerías de Gómez de la Serna–, Imagen, ráfagas de un diario de crónica roja que mezcla lo poético. No hay nada arbitrario en su disposición ni en los continuos gestos metatextuales que, más allá de las citas a autores como Vicente Huidobro, Yeats, Eugenia Brito, Giorgio Agamben, Enrique Lihn, Eliseo Diego, Julio Cortázar, Fernando Foglino, García Lorca, Edgardo Cozarinsky, Diego Alfaro, Marina Arrate, Alejandra Pizarnik plagan el libro. Los verbos transitivos son los que necesitan acotación semántica porque su significado es muy amplio, vago o general. Por el contrario, los verbos intransitivos son aquellos que, al ser semánticamente autosuficientes, no necesitan de ninguna determinación o acotación. Y por mucho que Francisco tenga muy claro con lo que se propone en cada disparo, en cada palabra, no quiere dejarlo todo dicho y pre-establecido. Él quiere dejar el espacio para dilucidar, dejar elementos elididos para ver si alguien los ataja. Él no nos quiere regalar un libro, prefiere el don. Porque lo perfecto de la transitividad es lo que no se transa. Opta, en realidad, por verbos intransitivos. Y no porque no quieran ir a ninguna parte y se pierdan en el mar postmoderno del todo vale, no, en ningún caso, sino porque le interesa ese intersticio que deja abierto al terminar cada paisaje. Porque “una nueva forma de vivir” es la “sintaxis de una conjunción”, de ir al encuentro con esa subjetividad del lector, para habitar juntos una lengua donde, nos dice, “urdimos placeres culpables. Sofocados en memoria y técnicas imprevistas, inventamos asedios, nomenclaturas”. El escrito transitivo de los puntos suspensivos: “Las invitaciones a reír con furia, como aire felino o araña plenipotenciaria, en medio de esta vida en punto suspensivo” (pág. 59).

Transitando por una ciudad que resulta agobiante, sobre estimulante y atroz, sumergido en el drama moderno que tan bien expresan las vanguardias al tener que acudir a nuevas formas para poder representar este mundo tan complejo, le reprocha a este Santiago su resistencia a llevar consigo el pasado.

Y en el sintagma del lenguaje está también el tiempo, cómo no. Ignacio Álvarez clasifica, de manera muy suspicaz y jugando con los fundamentos epistemológicos del mundo helénico, las escrituras en tres subjetividades diferentes, según la relación establecida con el mundo material y el modo en que se codifica la experiencia: los textos estoicos anhelan melancólicamente un contacto con las cosas que han perdido; los escépticos dudan de que ello sea posible; y los epicúreos, quienes no distinguen entre percepción e imaginación optando por recrear un mundo proyectado en el futuro:

“En las novelas que llamo estoicas sí puede encontrarse un juicio claro y distinto acerca del ordenamiento de las cosas que existen, un juicio que incluso preexiste a la escritura de la narración. El problema surge cuando la apariencia problemática del mundo, tal como se muestra en el relato, no se ajusta a ese ordenamiento. En vez de renunciar a él, como haría el escéptico, el estoico lo conserva melancólicamente en calidad de bien transmundano y objeto de fe, o bien lo atesora como una verdad que es, al mismo tiempo, verdadera e imposible de verificar en la percepción” (2012: 8).

Se suma a esta actitud constantemente melancólica, esa añoranza por lo perdido, una cierta resistencia al futuro. A los personajes de Marín Naritelli les pese un pasado, un “pasado inconcluso”, que al mismo tiempo sienten la necesidad de recomponer: “Y qué no duele, sino esta memoria” (pág. 89).

Transitando por una ciudad que resulta agobiante, sobre estimulante y atroz, sumergido en el drama moderno que tan bien expresan las vanguardias al tener que acudir a nuevas formas para poder representar este mundo tan complejo, le reprocha a este Santiago su resistencia a llevar consigo el pasado: “Porque vives impedido de recuerdos” (pág. 97). Parece decirnos a nosotros los lectores: “Usted habita mi futuro/ y yo habito su pasado”. Por algo, una parte del escrito es una trilogía del tiempo que comienza con lo que se tuerce: la tarde. Luego le sigue la noche y por último la mañana.

Hay algo benjaminiano en sus alegorías, en estos rastros del pasado, en la ruina del recuerdo, al querer habitar lo que pasó.  De ahí la cita a Huidobro: “Oh mis fantasmas, oh mis queridos espectros”. De ahí la lentitud que merece una visita al cementerio, el cuidado de lo muerto:

“Desde luego pienso en todas las cosas que se amontonan, también, como viejas extinciones. Pienso en las esposas que enterrarán a sus maridos para luego irse con sus amantes. En los hijos que enterrarán a los padres y que serán luego enterrados por sus hijos. Pienso en los solitarios, vagabundos, los que aspiran al nicho común, a la tierra sola y expatriada, porque no tener quién te entierre es como no tener patria. Pienso en esta larga y angosta faja de consumación, con algo de mármol y buenas intenciones. Solo así se justifican los cementerios (pág. 157)”.

Su manifiesto vital alcanza mayor intensidad en la parte dedicada a la poesía y en las miles de citas, directas o indirectas, a una genealogía literaria que se niega a ignorar (como hacen muchos otros autores actuales). Para Francisco, esas otras escrituras que vinieron antes forman prácticamente parte de su memoria amorosa. He ahí la cita a Cortázar: “Hagamos de este pasado mi presente / el presente de los justos” (pág. 135).

El narrador o el hablante camaleónico de El perfecto transitivo no teme ser tratado como un soberano de guerra y ubicarse en una temporalidad tan distinta a la de su generación. En uno de los relatos, aparece como un profesor que observa a su alumna “libre de aquel pasado funerario que jamás podrá reconocer en mí”. Prefiere deambular por el no lugar de los fantasmas y de los recuerdos: “No se pueden matar fantasmas, porque están ahí y deambulan inertes sin importarles la vida. No mueren. No pueden ser confiscados, reducidos. No mueren pero tampoco viven” (pág. 189). “No cree en el futuro. Hace tiempo que ha renunciado al futuro”.

* Este texto corresponde a la presentación realizada en el marco de la 8va Primavera del Libro, el pasado sábado 5 de octubre de 2019

Marín Naritelli, Francisco (2019). El perfecto transitivo. Santiago de Chile. Editorial Filacteria. 196 páginas.

Constanza Ternicier es escritora y Doctora en Literatura.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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