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¿Un proyecto justificado?: Ley Sticker, intentando extirpar el tumor indeseado del arte callejero

por 17 marzo, 2020

¿Un proyecto justificado?: Ley Sticker, intentando extirpar el tumor indeseado del arte callejero
Hay que responder sin titubear: el arte callejero no serviría de absolutamente nada si no enfadase al que camina tranquilo por la calle. ¿Dónde más podría ir el artista callejero –y las y los artistas en general– desplazado históricamente en Chile, sino que a rayar la ciudad? ¿Dónde encuentran consuelo las guitarras que escaparon de la droga, las voces que no encontraron espacio en un auditorio, el pianista que tiene que escapar de Chile para que se valore su arte?
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Viviendo varios de los meses más álgidos para la historia de nuestro país, despierta curiosidad la iniciativa que busca modificar el artículo 198 de la Ley de Tránsito, impulsada por los senadores Francisco Chahúan (RN) y Juan Pablo Letelier (PS). Esta modificación persigue sancionar con cárcel y multas a quienes peguen stickers o rayen la infraestructura de transporte público, con una pena que va desde los 541 días a los 3 años y una multa de $967 mil (20 UTM). Por si fuera poco, a este proyecto de ley se le ha dado simple urgencia. Vale decir, el proyecto debe ser conocido y despachado por la respectiva Cámara en el plazo de 30 días.

Hay dos formas de apreciar el arte callejero. La primera es ser una persona con un ojo cómodo frente a los sucesos que le rodean, que se altera apenas ve un simple sticker de un perro con un pañuelo rojo en el cuello pegado en la pared exterior de su departamento. La segunda, aquella persona que tiene una mirada crítica sobre lo que ocurre a su alrededor y que entiende que un perro deja de ser un simple perro en la medida que la representación de él le permite a muchas personas encontrarse consigo mismas. Es evidente de qué lado del tablero están los senadores en mención y esta es precisamente la razón de su enfado. No se quejen con nosotros.

¿Es este proyecto siquiera justificado? Hay que responder sin titubear: el arte callejero no serviría de absolutamente nada si no enfadase al que camina tranquilo por la calle. ¿Dónde más podría ir el artista callejero –y las y los artistas en general– desplazado históricamente en Chile, sino que a rayar la ciudad? ¿Dónde encuentran consuelo las guitarras que escaparon de la droga, las voces que no encontraron espacio en un auditorio, el pianista que tiene que escapar de Chile para que se valore su arte? ¿Qué público podría encontrar una niña del Sename que pide a gritos ser oída en una galería de renombre oculta en un barrio alto de la ciudad? Y lo más importante, ¿cuántos proyectos de ley con urgencia para sancionar con cárcel se presentaron cuando Lissette Villa, la niña de apenas 11 años internada en el centro Cread Galvarino de Estación Central murió aplastada porque una de sus cuidadoras, al castigarla por una supuesta desobediencia y pesando 90 kilos, se subió encima de ella hasta provocarle una asfixia por sofocación? Seamos serios. A estas alturas, no debería haber más que vergüenza en nuestras caras. En las calles de Chile naufraga todo aquello que no encontró su lugar en otra parte, y que tuvo la dicha –qué horror tener que celebrarlo– de no morir a manos de los que tenían que cuidarlos. No sólo es Sename, es droga, inequidad, injusticia, la pobreza y por encima de todas las cosas, el desprecio del Estado por su propia gente.

Hay dos formas de apreciar el arte callejero. La primera es ser una persona con un ojo cómodo frente a los sucesos que le rodean, que se altera apenas ve un simple sticker de un perro con un pañuelo rojo en el cuello pegado en la pared exterior de su departamento. La segunda, aquella persona que tiene una mirada crítica sobre lo que ocurre a su alrededor y que entiende que un perro deja de ser un simple perro en la medida que la representación de él le permite a muchas personas encontrarse consigo mismas. Es evidente de qué lado del tablero están los senadores en mención y esta es precisamente la razón de su enfado. No se quejen con nosotros.

No se quejen. ¿Alguna vez ha existido una verdadera preocupación por darle un espacio al arte en Chile? Ninguna seria. Para comprobarlo, basta echar un vistazo al presupuesto de cultura en nuestro país. El año 2018, no alcanzaba a representar siquiera el 0,4% del gasto público de la nación. Quejarse porque un artista se vea forzado a expresarse en la calle no tiene justificación alguna. Un símil sería culpar a un hombre o mujer en situación de calle por estar vagando por ella. ¿Y nosotros, cuánta responsabilidad compartimos por los que vagan? ¿Cuánta responsabilidad compartimos por los que mueren?

¿Hay algo peor que no tener derecho al arte? Sí, ser encarcelado por ello. Ya lo dijo Banksy con toda asertividad: “Una pared es un arma muy grande. Es una de las cosas más desagradables con las que puedes golpear a alguien”. A estas alturas, el panorama se hace más claro. Hay algo peor que ser encarcelado por no tener derecho al arte: que te maten por ello. Y en Chile ya le dispararon a nuestras guitarras, ¿irán ahora por nuestros tarros de pintura? No se quejen del arte. La de la calle es la única que nos va quedando.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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