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Hilda Peña: memoria de una herida abierta CULTURA Diego Carrasco

Hilda Peña: memoria de una herida abierta

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De regreso en los escenarios, tras años fuera de cartelera, Hilda Peña vuelve sobre las heridas de la transición chilena. Conversamos con Isidora Stevenson y Aliocha de la Sotta para revisitar una obra que aún encuentra nuevas lecturas, nuevos públicos y nuevas formas de dialogar con el presente.


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La noche en que se presentó Hilda Peña en el Teatro Ictus, la sala estaba llena. Era una de las funciones de una temporada que marca el regreso de la obra a las tablas, ausente de los escenarios santiaguinos desde antes de la pandemia. Era domingo, hacía mucho frío y, aún así, el público copaba las butacas para asistir a una obra que, más de una década después de su estreno, sigue convocando espectadores.

Entre ellos estaban el poeta Premio Nacional de Literatura Raúl Zurita y el diputado Gustavo Gatica. La presencia de ambos parecía condensar algo de lo que ocurre con esta obra escrita por Isidora Stevenson y dirigida por Aliocha de la Sotta: una pieza situada en los años de la transición chilena, pero que continúa dialogando con preguntas que el país no ha terminado de responder.

Estrenada en 2014, Hilda Peña toma como punto de partida el asalto al banco O’Higgins de Apoquindo ocurrido en 1993 tras un asalto realizado por integrantes del Movimiento Juvenil Lautaro al Banco O’Higgins del Faro de Apoquindo. Sin embargo, la obra no se interesa por reconstruir el episodio ni por narrar una historia policial. Su centro está en Hilda, una peluquera santiaguina marcada por la pérdida, el duelo y la soledad, interpretada por Paula Zúñiga, cuya actuación sostiene uno de los monólogos más reconocidos del teatro chileno reciente. Desde esa voz áspera y fragmentada, la obra se desplaza hacia algo más amplio: las promesas incumplidas de la transición, las distintas formas del abandono y los efectos íntimos de una violencia que persiste más allá de los acontecimientos.

Quizás por eso su regreso encuentra hoy un público dispuesto a leerla desde nuevas capas. Para Aliocha de la Sotta, el paso del tiempo no solo ha modificado el contexto en que se recibe la obra, sino también a quienes la hicieron posible.

“Volver a hacerla siempre abre nuevas lecturas, nuevas miradas. Y no solamente hablo del contexto nacional en el cual está situada, la transición a la democracia y cómo dialoga con el presente, sino que siento que también nosotras somos distintas. Mi vínculo con la muerte ha cambiado, mi vínculo con el trabajo de los actores ha cambiado. En algún momento había una mirada más centrada en el género; en otros momentos, una mirada más política; ahora aparecen con más fuerza la memoria, el olvido y la muerte”, señala.

La directora reconoce que su propia relación con la obra ha cambiado: “En lo personal, me he encontrado con la muerte cara a cara, y eso no existía cuando monté la obra por primera vez”, afirma. “En ese entonces mi vínculo con la muerte tenía más relación con un hito de memoria. Hoy, que he mirado la muerte a los ojos, se vuelve más crudo todo. Pensar en un cuerpo muerto me genera una tristeza mucho más profunda”. Junto con ello, destaca otro aspecto que solo el paso de los años ha permitido observar: el crecimiento de la actriz Paula Zúñiga dentro del mismo montaje. “Poder acompañar durante tantos años ese proceso, ver cómo esa partitura y ese texto se transforman con el tiempo, es un regalo que me hizo el teatro”.

Esa transformación también atraviesa a Isidora Stevenson. Hilda Peña fue una de sus primeras obras y, vista desde la distancia, aparece ligada al origen de su propia escritura. “Siempre es reencontrarme con el nacimiento de mi escritura”, dice. “Fue la primera vez que sentí realmente el encuentro con la escritura, la sensación de querer escribir. Encontrar una manera de decir muchas cosas que me daban vueltas”. Para la dramaturga, volver a ver la obra también implica reencontrarse con una época personal y creativa específica, pero sin que eso impida que el texto siga produciendo nuevas lecturas.

Restos de la transición

Pero si algo llama la atención en esta reposición es la manera en que la obra parece haber acumulado nuevas resonancias históricas. El Chile de hoy no es el de 2014 ni el de los años noventa. Entre medio tuvo lugar el estallido social, la pandemia y nuevas crisis que modificaron la manera de pensar la memoria, la desigualdad y las promesas de futuro. Sin embargo, muchas de las preguntas que atraviesan la obra siguen apareciendo en el presente.

“Muchas de esas promesas no cumplidas siguen presentes”, sostiene Stevenson. “No es lo mismo vivir en dictadura que en democracia, pero muchas de esas promesas de progreso que finalmente no llegan se transforman en precariedad, en abandono y por supuesto en rabia y resentimiento. Cambian los gobiernos, cambian los momentos históricos, pero hay una sensación basal de que seguimos habitando lo mismo”, dice.

La dramaturga habla de una transición marcada por la opacidad y la incertidumbre. Una sensación que, a su juicio, no ha desaparecido. “Yo relaciono mucho esos años noventa con una nebulosa, con una falta de claridad respecto de lo que estaba pasando. Y siento que hoy volvemos a habitar una opacidad parecida. Esta idea de que la tecnología y el acceso a la información iban a democratizar los saberes terminó convirtiéndose en otra cosa. Volvemos a habitar una nebulosa donde no sabemos bien qué creer, donde no hay claridad ni certezas”.

Una percepción similar aparece en las reflexiones de Aliocha de la Sotta. Para la directora, después del estallido social y de la pandemia los restos emocionales que la obra pone en escena se volvieron incluso más visibles. “Tengo la sensación de que esos restos emocionales y de memoria son incluso más golpeadores. Recordar el estallido ya parece algo lejano. Y recordar la transición desde una mirada crítica hoy resulta incómodo, porque pareciera que existe una tendencia a blanquear ese período. Cuando nosotros creamos la obra, nuestra mirada era profundamente crítica y por eso hemos estado en una revisión constante”.

De algún modo, esa persistencia también ayuda a explicar la vigencia de la obra. No porque ofrezca respuestas, sino porque insiste en preguntas que siguen abiertas. Stevenson destaca que el lenguaje de Hilda fue construido precisamente desde esa lógica: frases breves, preguntas, silencios, más que grandes afirmaciones. “Me interesaba mucho que fuese una obra que tuviese un lenguaje de su tiempo. Que a través de la palabra de Hilda apareciera una cultura, una clase, una forma de habitar el mundo y también esa opacidad que atraviesa tanto la historia colectiva como la experiencia personal del duelo”.

Hay además otro aspecto que emerge con fuerza en la lectura actual. Bajo la dureza del personaje aparece una historia atravesada por el cuidado. Hilda es una mujer áspera, desconfiada, marcada por la precariedad, pero también alguien que decide proteger a otro. Esa dimensión, menos visible que el duelo o la violencia, adquiere especial relevancia en una época que ha vuelto a poner en el centro las preguntas por la vulnerabilidad y las formas cotidianas de sostener la vida. En ese sentido, el personaje parece desafiar ciertas ideas convencionales sobre la ternura. No se trata de una mujer amable o afectuosa en términos tradicionales, sino de alguien cuyas acciones terminan revelando una profunda capacidad de cuidado. Allí reside buena parte de la fuerza emocional de la obra.

Historias que regresan

La respuesta del público parece confirmar esa multiplicidad de lecturas. Más de una década después de su estreno, Hilda Peña sigue convocando espectadores de distintas generaciones. Algunas personas llegan a ella como una forma de acercarse a un período que no vivieron; otras encuentran en la obra preguntas que continúan abiertas. Como señala Stevenson, existe algo en el texto que sigue reverberando más allá de los contextos específicos: la muerte, la soledad, el dolor, pero también la necesidad de seguir nombrando aquello que permanece sin resolverse.

Cuando la función termina, suena Eugenia, la canción que Los Fiscales Ad-Hok dedicaron a Eugenia Valdés tras la muerte de su hija Tatiana en el Caso Apoquindo. La conexión con la obra no solo pasa por el acontecimiento histórico que ambas evocan, sino también por el lugar desde donde lo observan: el dolor de quienes permanecen. Esa noche surgió además una conexión inesperada. Parte de los materiales que acompañaron el proceso creativo de Hilda Peña fue una crónica sobre esa historia, publicada muchos años atrás en The Clinic, escrita precisamente por una de las espectadoras de esa noche y coautora de esta nota.

La coincidencia parece dialogar con una de las intuiciones centrales de la obra. Las historias no desaparecen. Permanecen circulando, reaparecen en nuevas formas y encuentran otras voces desde las cuales volver a ser contadas. La coincidencia parece confirmar que ciertas historias nunca terminan de desaparecer. Cambian de forma, pasan de la memoria familiar a una canción, de una crónica periodística a una obra de teatro, pero siguen encontrando nuevas maneras de ser contadas. Y encuentran nuevos públicos dispuestos a recibirlas y volver a interrogarlas desde su propio tiempo.

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