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La oposición procedimental Opinión Archivo

La oposición procedimental

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Guido Romo Costamaillère
Por : Guido Romo Costamaillère Director de Encuestas y Opinión Pública Gemines Consultores
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Una oposición que sale de cuatro años de gobierno no lo hace con la cabeza despejada. Sale con la derrota pegada en la piel, con las fracturas internas aún abiertas y con la tarea pendiente de explicarle a la ciudadanía qué salió mal y por qué las cosas serían distintas si volviera al poder.


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El martes 12 de mayo, la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados sesionó durante 21 horas seguidas. Sobre la mesa, miles de indicaciones ingresadas por la oposición a la Ley Miscelánea del gobierno. El resultado fue, según la propia oposición, un “tsunami” y, según el gobierno, un “fraude al reglamento”. Para un observador sereno: un empate en el vacío. El proyecto siguió su tramitación y las indicaciones, en su mayoría, cayeron. Y nadie salió de esa maratón con un relato político más claro que el que tenía al entrar.

Ese episodio revela con precisión el problema central de la oposición chilena hoy: sabe obstaculizar, pero no sabe para qué. Mas que una capacidad técnica para ralentizar y enredar la tramitación legislativa, lo que necesita es peso político; es decir, la capacidad de instalar en la ciudadanía una lectura alternativa de la realidad, un diagnóstico distinto, una propuesta que compita con la del gobierno en el terreno de las ideas. La oposición chilena de este 2026 tiene la primera en cantidades razonables. La segunda, por ahora, simplemente no existe.

Una oposición que sale de cuatro años de gobierno no lo hace con la cabeza despejada. Sale con la derrota pegada en la piel, con las fracturas internas aún abiertas y con la tarea pendiente de explicarle a la ciudadanía qué salió mal y por qué las cosas serían distintas si volviera al poder. Esa autocrítica —que es la materia prima de cualquier oposición creíble— no se ha producido. El senador Huenchumilla lo dijo sin eufemismos hace pocos días: no existe una estrategia coordinada frente al gobierno de Kast. El error, agregó, fue negociar pensando en cómo acomodarse en las comisiones, no en cómo oponerse con sentido.

Lo que existe, en cambio, es lo que podríamos llamar una oposición procedimental: aquella que habita el Congreso pero no habita la imaginación ciudadana, y que hoy está atenta al reglamento, pero sólo repite argumentos. Puede  pedir votación separada de 131 artículos, pero no sabe articular por qué ese proyecto específico es malo para Chile en términos que un ciudadano que no sigue el debate parlamentario pueda entender y recordar.

La paradoja es que este tipo de oposición termina siendo funcional al gobierno que dice combatir. Cuando la oposición se reduce a obstaculizar sin propuesta, el gobierno puede presentarse como el único actor con proyecto. Kast lo ha entendido perfectamente: cada vez que la oposición lanza un “tsunami” de indicaciones él responde con un “huracán de inversiones”.

El problema de fondo es que la oposición aún no ha resuelto una pregunta anterior a cualquier estrategia legislativa: ¿a quién representa hoy? En una columna anterior, en este mismo espacio, describía cómo una parte relevante de la dirigencia progresista completó en tiempo récord el trayecto desde el activismo hacia la elite cosmopolita. Una oposición cuyos cuadros más visibles están procesando la derrota desde centros de estudios o universidades en el  exterior difícilmente puede articular una narrativa que llegue a los sectores medios y populares que, en noviembre pasado, decidieron votar por el cambio.

No hay liderazgo opositor visible porque no hay proyecto opositor visible, y en eso hay un factor clave que es la falta de autocrítica, una autocrítica cruda y valiente. El círculo es vicioso y por ahora nadie parece dispuesto a romperlo.

Hay una lección histórica que vale la pena recordar. Las oposiciones que han logrado retornar al poder en América Latina —y en Chile mismo— no lo han hecho perfeccionando su capacidad de obstrucción parlamentaria. Lo han hecho cuando alguien, desde adentro, tuvo la valentía de decir en voz alta lo que salió mal, para proponer algo distinto con suficiente especificidad para ser creíble y conectar ese proyecto con la experiencia cotidiana de quienes no participan en ninguna comisión de Hacienda, pero sí pagan sus cuentas, mandan a sus hijos al colegio y viven con la inseguridad pegada a la puerta.

Esa oposición todavía no aparece.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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