CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Obra de Francisco Bustamante
Muestra “Temporal” de Soledad Urzúa y Francisco Bustamante: vitalidad y violencia
La muestra nombra tanto la duración como la irrupción, tanto lo que se construye lentamente como lo que estalla. Se inaugura el próximo 6 de junio en la Corporación Cultural de las Condes.
Se conocieron cuando aún no había obra, apenas una pulsión. En sus años de formación en la Universidad Finis Terrae, Soledad Urzúa y Francisco Bustamante compartieron un tiempo que hoy, visto en retrospectiva, adquiere la densidad de un afecto fundacional. No era solo el aprendizaje académico —talleres, correcciones, referencias que comenzaban a sedimentarse—, sino una experiencia más difusa: conversaciones donde el arte dejaba de ser tema para convertirse en una forma de sostenerse en el mundo.
Es posible intuir en este vínculo la intensidad propia de quienes todavía no saben con precisión qué buscan, pero reconocen en el otro una inquietud paralela. En ese intercambio se habría ido configurando una percepción donde se amarraba lo material, lo afectivo, lo biográfico y lo simbólico.
Más allá de ese encuentro inicial, hay un espacio —difícil de delimitar— donde la amistad y la creación artística se rozan sin declararlo. Ambas comparten la necesidad de confiar en algo que aún no termina de existir. La amistad, en ese sentido, implica permitir que otro entre en un territorio sin forma fija. Crear es también avanzar a tientas, manteniendo la intuición y tolerando lo incierto.

Obra de Soledad Urzúa.
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El vínculo entre naturaleza y transformación nutre estas obras. En el trabajo de Soledad Urzúa se hace presente con mucha fuerza su relación con el jardín –el que diariamente cultiva, cuida y observa con atención continua—marca una sensibilidad muy conmovida con las estrategias y los gestos que la naturaleza realiza para sobrevivir. El jardín no es solo un espacio físico, sino un dispositivo simbólico: un lugar donde la energía de la vida se despliega en constante cambio. Esa conmoción se traduce en una relación íntima con lo vegetal como materia y como forma. Hojas, tallos, fibras: elementos atravesados por temporalidad, desgaste, fragilidad. Nada en ellos es neutro.
El cuerpo autobiográfico aparece también como un eje central. En su obra, el útero, es una imagen persistente. Aunque se manifiesta como metáfora anatómica, su potencia es simbólica, tal como sucede con el espacio del jardín: es un lugar de gestación y transformación. Podría pensarse como un “espacio potencial”: un lugar de contención, donde algo puede surgir, pero también donde algo puede perderse. Más allá de la experiencia personal, la maternidad se expande aquí como un principio generador. Crear es, de algún modo, gestar. Y allí vuelve esa incertidumbre que acompaña la posibilidad de todo nacimiento: la posibilidad de retener o soltar, de proteger y exponer, de sobrevivir y desaparecer.
Quizás uno de los aspectos particulares de su trabajo es haber descubierto las posibilidades de la hoja que envuelve el maíz —conocida como chala, panca o tusa— como material artístico. Se dio cuenta de que este elemento, tradicionalmente considerado residuo o envoltura desechable, poseía características específicas propias de lo orgánico, flexible y femenino. Es moldeable pero firme y protector. Un material despreciado que se ofrecía para demostrar toda su nobleza.
Pero también trajo a su obra el vigor primitivo de este material mesoamericano, con más de 10 mil años de antigüedad, que conecta directamente con el origen. Este desplazamiento hacia el arte contemporáneo implica transmutar lo cotidiano en sagrado, cruzando el pasado con el presente. No es casual que en las cosmovisiones de pueblos como los mayas y los aztecas, el maíz fuera considerado más que un alimento. Su ciclo —siembra, muerte y renacimiento— condensa una idea persistente en América Latina: la vida como repetición fértil, donde la pérdida siempre guarda una semilla.
Al experimentar con la hoja de maíz sobre telas de espesor volumétrico, Soledad convierte sus obras en objetos de carga ritual. A través de una serie de largos y pacientes procesos de recolección, humectación, secado, trenzados, costuras, tinturas y superposiciones, Soledad genera una nueva realidad visual que, sin embargo, no oculta su carga nativa.
En la realización de sus obras, Soledad trabaja con colectivos de mujeres, lo que introduce una dimensión política y afectiva a su quehacer. La convocatoria a otras mujeres para participar en los procesos de producción no solo amplía la escala de la obra, sino que redefine la autoría. Este tipo de prácticas tiene resonancias en experiencias contemporáneas que entienden el arte como espacio de colaboración. En su caso, lo colectivo no es solo estrategia, sino contenido: lo femenino aparece no sólo como tema, sino como forma de organización, como red.
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La obra de Francisco Bustamante se articula sobre un sustrato biográfico que opera como matriz sensible. Nacido en Lima, atravesó su primera infancia en un contexto donde la violencia política era cotidiana. Su abuelo paterno, figura de alto rango, fue derrocado y forzado al exilio a fines de los años cuarenta. Décadas más tarde, en los años ochenta, la casa familiar en Lima fue ametrallada y parcialmente destruida por comandos de Sendero Luminoso. Su padre, diplomático, recibió amenazas de muerte. La familia se vio obligada a abandonar definitivamente el país y trasladarse a Chile, en plena dictadura, cuando Francisco aún no entraba en la adolescencia.
Esa historia aparece en su obra como una marca persistente. El desplazamiento de lugar no cancela el pasado: lo transforma en algo que atraviesa su percepción. La violencia deja de ser escena para volverse latencia, una energía subyacente.
Así, el trabajo artístico que ha ido desarrollando a lo largo de casi tres décadas encierra esta tensión permanente que atraviesa las formas. Hay una inestabilidad que late bajo la superficie de sus obras. Podría pensarse como una “memoria incorporada”: no un recuerdo narrado, sino una huella que se manifiesta en el gesto, en la elección de materiales, en la manera de construir la imagen. Su trabajo aborda la violencia desde lo indirecto, utilizando una estética de carácter ornamental ligada a visualidades vernáculas que, sin embargo, llegan a la obra con una carga de desgarro.
Tanto en el trabajo de pintura como de cerámicas, esta sensibilidad aparece influenciada por las iconografías tradicionales del Perú. No se trata de citas formales, sino de sistemas de pensamiento visual que informan la obra desde dentro. La pintura barroca latinoamericana introduce, desde el comienzo, la dimensión del exceso. En muchas de las pinturas de Francisco hay saturación: son experiencias visuales cargadas, a veces desbordantes. También, en la cerámica, puede leerse la influencia de culturas como la Moche, por su capacidad para condensar en formas muy netas y radicales asuntos que atañen a la identidad, la emoción y lo simbólico. En sus últimos trabajos de mural, realizados en cemento, se alude a la tradición textil andina, donde el patrón se constituye como estructura que genera ritmos y tensiones internas.
El erotismo constituye un tercer núcleo, como exploración de una energía psíquica compleja, una fuerza que articula placer y angustia: el deseo se mezcla con el accidente.
Estos imaginarios ha sostenido coherencia en el tiempo, modulándose ahora por una nueva situación biográfica: su retiro a la naturaleza, que modifica su relación con el entorno, el tiempo y la materia. Pero sobre todo, empuja un proceso de autotransformación. Lo orgánico comienza a invadir los motivos y procesos de la obra. Aparecen imágenes botánicas que reclaman una mirada cercana. La cerámica, en este contexto, adquiere también otro sentido. Trabajar con arcilla confirma una relación directa con la tierra; el fuego, por su parte, introduce un elemento de transformación irreversible.
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El título de la muestra, “Temporal”, permite articular estas dos trayectorias desde una doble acepción. Por un lado, remite al tiempo: al desarrollo de una relación, a la evolución de una obra, a los procesos largos que muchas veces permanecen invisibles.
Por otro lado, “Temporal” alude al fenómeno climático: una tormenta, un evento donde fuerzas naturales se desatan. En este sentido, el término introduce la idea de desborde, de algo que irrumpe y altera.
Ambas acepciones convergen en estas obras. Hay en ellas tiempo —capas, procesos, sedimentaciones—, pero también hay intensidad, exceso, energía. La violencia latente en Francisco, la vitalidad orgánica en Urzúa, el erotismo, la materia, el color, en esta muestra dialogan para generar un movimiento.
Así, “Temporal” nombra tanto la duración como la irrupción, tanto lo que se construye lentamente como lo que estalla. Y en ese cruce, estas obras encuentran su punto de contacto: una sensibilidad común hacia aquello que no puede ser controlado y que siempre está cambiando: como el tiempo, como la naturaleza y como la propia obra.
Coordenadas
- Exposición:
- Técnica: Pintura, técnica mixta y porcelana
- Artistas: Soledad Urzúa y Francisco Bustamante.
- Lugar: Centro Cultural de Las Condes (Nuestra señora del Rosario #30, Las Condes).
- Fecha: Desde el 6 de junio al 26 de julio.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.