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“La ciudad y sus muros inciertos” de Haruki Murakami: un rompecabezas que ha perdido algunas piezas CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

“La ciudad y sus muros inciertos” de Haruki Murakami: un rompecabezas que ha perdido algunas piezas

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Es una novela que exige una lectura más atenta que la habitual; la carencia de nombres de personajes, ciudades, lugares, dificulta la comprensión y hay muchos momentos en los que debemos volver atrás para retomar esos hilos que se nos escapan dejándonos a la deriva.


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Esta novela está estructurada en tres partes y un epílogo, y la narración surge desde un recuerdo que podemos presumir proviene de un pasado remoto. Desde el inicio nos encontramos con un relato pormenorizado y detallista que permite acompañar a este narrador y a su compañera, ambos adolescentes, y seguir a su lado mientras caminan por el agua y la arena.

Ella le habla por segunda vez de “(La ciudad) está rodeada por una alta muralla” y, más inquietante aún, agrega “Mi auténtico yo vive allí -aseveraste un día-, rodeado por la alta muralla, dentro de la demarcación de la ciudad”. (p.12) Él deduce que la joven que lo acompaña no puede ser ella. La respuesta es afirmativa: “No lo es. La que está aquí, a tu lado, es una mera sustituta provisional, un reemplazo, una sombra transitoria”.

A lo largo de la narración las sombras irán cobrando mayor importancia y descubriremos en ellas dimensiones desconocidas; harán surgir preguntas que se relacionan con esas sensaciones más bien angustiosas surgidas en la infancia, como esos instantes en que ‘descubrimos’ esa sombra que se mueve con nosotros como persiguiéndonos o acechándonos, que está ahí y no está. Y nuestras propias preguntas que nunca tendrán respuestas que nos satisfagan: ¿esa sombra soy yo?, ¿es otra persona?, ¿me amenaza?, ¿puedo deshacerme de ella?

Finalmente, está muy presente la permanente interrogación sobre cómo podemos saber si algo es real o solo imaginario, -y qué significa eso-, a lo que se agrega esa zona que pareciera generar un imposible ser otro, dentro de la misma persona.

La pareja (no sabemos sus nombres) se ha conocido en un concurso de estudiantes, en plena adolescencia, etapa de sueños y, obviamente, de construcción de un ser humano que está por ser y por descubrirse. Todo parece posible de lograr si se lo desea de verdad. Es otoño, la ciudad tiene una única puerta que solo el guardián puede abrir y cerrar; también es parte de su trabajo tocar el cuerno que anuncia a los habitantes la llegada del alba y del ocaso.

Los unicornios vagan por la ciudad y la puerta se abre para ellos al inicio y al final del día; la única excepción es la primera semana de primavera, en que los unicornios entran en un violento celo y se les impide el acceso para proteger a sus habitantes. Se va levantando frente a nuestros ojos esta ciudad y sus muros inciertos con la misma fuerza de nuestros sueños y pesadillas.

El detonante de este extenso relato es la desaparición de la joven y, como siempre, solo la magia de las palabras podría (re)construir aquello que hemos perdido. El brevísimo Epílogo que cierra la novela sitúa su origen en una novela corta que Murakami publicó en los ochenta (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas), que no lo dejó contento por estar en una etapa de escritor ‘adolescente’, en la que “desconocía el límite de mis capacidades”. (p.557).

Así, el año 2020 logra retomar la escritura de aquel muy joven Murakami, y enlazarla con el de hoy, después de cuatro décadas, lo que le permite, por fin, retomar un acontecimiento que le dejó “una espina que llevara clavada todos estos años” (p.560). Entonces, pasados sus sesenta años, en plena pandemia de COVID y el obligado encierro, logra reescribir la vida que hubiera querido tener con este amor de juventud, para lo cual las palabras le permiten vivir con ella en mundos espacial y temporalmente diferentes, pero que logran entremezclarse de maneras misteriosas.

Por otra parte, esta joven -que trabaja en la (incierta) biblioteca-, le vaticina que el día en que él encuentre esta (incierta) ciudad, su oficio será el de ‘lector de sueños’. Esa profecía es la que permite que la novela y sus personajes transiten por este mundo incierto, pero absolutamente real a la vez, que se desplaza como una gelatina que va absorbiendo y transformando lo que encuentra a su paso. Eso permite entrar y salir de mundos ¿paralelos, simultáneos?, en los que coexisten y conviven tiempos y espacios de manera diversa a esa linealidad que percibimos como inexorable.

Al inicio de la Segunda parte leemos que “la realidad se ramifica en incontables caminos que avanzan entrecruzándose, uniéndose y desuniéndose, enredándose. Y aquello que nosotros juzgamos como real no es sino una mera abstracción de todo ese entrelazamiento”. (p. 169) Y accedemos a esos numerosos caminos inciertos…

La Tercera parte, de brevísimas cincuenta páginas, nos enfrenta a un nuevo y muy curioso personaje: el muchacho de la película de dibujos animados de los Beatles, Yellow Submarine. En esta ciudad no existen las sombras; el joven, que trabaja en la biblioteca y que acompaña cada día a la joven de vuelta a su casa, ve bruscamente interrumpida esa rutina, cuando ella le dice que “Hoy prefiero volver sola” (p. 522). Y el joven del submarino amarillo, a pesar de aparecer tan tardíamente en la novela, adquiere un rol sorprendente, en un mundo en el que, si bien las estaciones del año suceden normalmente, el tiempo está detenido.

Es una novela que exige una lectura más atenta que la habitual; la carencia de nombres de personajes, ciudades, lugares, dificulta la comprensión y hay muchos momentos en los que debemos volver atrás para retomar esos hilos que se nos escapan dejándonos a la deriva. Son muchos y variados los temas y las situaciones que se van concatenando de maneras irreales.

La constante vuelta a los mismos temas y acontecimientos -interesantes de por sí-, el flujo incesante entre lo que fue y no fue, genera excesivas reiteraciones que dificultan seguir la narración y desbaratan de manera permanente ese mundo incierto, generando la sensación de un rompecabezas que ha perdido algunas de sus piezas fundamentales.

Hay momentos deslumbrantes, muy profundamente logrados, pero también muchos y extensos párrafos que se perciben innecesarios en tanto no agregan nuevos sentidos ni aportan elementos que enriquezcan la narración y cautiven a sus lectores, sin generarles una sensación de estar sometidos al examen permanente de sus capacidades.

 

Ficha técnica:

 Haruki Murakami: La ciudad y sus muros inciertos

Tusquets Editores S. A., Editorial Planeta Chilena, 2026, 560 pp.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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