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“Venusina” de María Rosa Casanova: no soltamos el deseo CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

“Venusina” de María Rosa Casanova: no soltamos el deseo

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Este es un libro personal, qué duda cabe, pero ese nunca ha sido el problema para María Rosa. Al final de cuentas, aceptamos que lo personal es político, pero lo político también es sexual.


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“La palabra nunca dirá a una mujer, lo que dice su propio misterio”. Fragmento del libro “Venusina”.

Hoy, desde el psicoanálisis hasta la IA y la hiperconexión globalizada, todo parece descodificarnos un mundo deslavado, desbordante de respuestas, pero carente de preguntas. El enigma se ha disipado en la rapidez de una instantaneidad que genera intensidades —similares a las del azúcar o los estimulantes—, pero no experiencias significativas o trascendentales.

Citamos a Constanza Michelson y, con ella, a Andy Warhol para dibujar nuestro mundo en la era post: el tedio como ánimo social, sin fin, neutro, que extrema un presente vacuo y condena a los seres humanos a la repetición, a un modo de vida mecánico, pero sin deseo; es decir, “la vida que puede ser tediosa no a falta de estímulo, sino por el colmo de la estimulación”.

Se ha cumplido, por fin, el orgasmo capitalista: nos hemos convertido en máquinas sin tinieblas internas, diseñadas para producir con la sola ayuda de alguna terapia ansiolítica que nos permita sobrellevar la existencia.

De eso y más parece estar enterada María Rosa Casanova (Santiago, 1987). Dice en “Diana”: “Tengo mis secretos y los cultivo / como si no tenerlos fuera una forma de muerte que no quiero sufrir”. Luego continúa: “Me codifico para ennegrecerme frente a ti / yo, que tengo un cuchillo / corto las partes de vida que quiero que leas” (p.27).

Frente al aburrimiento, el hambre. Frente a la abulia y el vampirismo rencoroso de las pantallas, el amor, la presencia. Freud es explícito: quien no ama, enferma. “Venusina” —poemario ganador de Fondo del Libro 2024, editado por Queltehue Ediciones (2026)— es de esos libros que hoy nos resultan políticos, rupturistas y contestatarios; tal vez algo excéntricos. Volver a hablar del amor y las pasiones a través de la poesía parece un desafío, especialmente después de que la última ola feminista desbordara el malecón y nos sacudiera hasta los cimientos para denunciar la impostura del amor romántico —aquel que escondía la opresión y la violencia por medio de promesas de rosas y chocolates—. Ciertamente, hay una diferencia crucial: el amor romántico no es el amor, ni mucho menos el único posible. Hoy hablamos del amor o los (tantos) amores —al padre, a la madre, a los hijos, a los libros, a los amigos— cuya condición esencial es la presencia del enigma. El amor es el otro, inalcanzable y radical. Bien lo afirma Darío Sztajnszrajber: el amor es imposible, no porque no exista, sino porque su totalidad se nos escapa. Siempre.

Dice María Rosa en “La escritora”: “El amor es la espada y yo estoy desarmada” (p. 61). Y en “Ritual de carnes y palabras”: “Dame placer, pero no me invadas” (p. 68).

Es exactamente eso. La idea de “la media naranja” es una falacia: la incompletitud es inherente a la existencia. No hay plenitud, no hay alcance, no hay sutura. El amor fluye; en su movimiento eterno reside la promesa de una búsqueda que nunca cesa. Lo inalcanzable es, al final, puro deseo y apertura.

Hay también una interrogación al padre, formulada desde la infancia, pero sostenida en el presente. El presente del poema que acontece en el acto de la lectura, pero sobre todo en la presencia del cuerpo. Aquí no hay devaneos metafísicos; hay materialidad. El cuerpo que ama es el cuerpo que sufre: el cuerpo enfermo, el cuerpo con sed, el cuerpo que habita múltiples existencias, entre las ternuras y las violencias. El cuerpo como un borrador “sin oportunidad de ser reescrito”. Es el cuerpo en la casa cuando cae la noche; el cuerpo que es noche y oscuridad. El cuerpo que lee. Los libros son pura materialidad, al igual que la carne desnuda.

Cito el poema “En una casa que arrendamos, te escribí”: “Introduzco una mano y ya estoy de nuevo /sumergida en el poema/que es mi cuerpo—que es el tuyo” (p.80).

Hay que dar, darse a la vida; y eso, bien lo sabemos, en ningún caso significa subordinación. Hay que darse a una vida no productiva, ni clasificada. Pequeños actos de rebeldía: a la vida hay que dar-se: “¡Viva el egoísmo de la soledad! / escribir antes de hacer la cama y lavar la loza / recaer en otro antes de las compras/ resistir a las ideas” (“Un poema en septiembre”, p. 48).

Este es un libro personal, qué duda cabe, pero ese nunca ha sido el problema para María Rosa. Al final de cuentas, aceptamos que lo personal es político, pero lo político también es sexual.

Ficha técnica:

María Rosa Casanova. “Venusina”. Queltehue Ediciones. 96 páginas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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