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“El deshielo”: un misterio bajo la nieve

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Una de las grandes películas chilenas de 2026 llega este jueves a la cartelera. Se trata del segundo largometraje de Manuela Martelli después de “1976”. Ahora regresa con “El deshielo”, obra que está ambientada en la nieve durante los primeros años posteriores al retorno de la democracia en Chile.


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El deshielo, junto a Hangar Rojo, son las producciones chilenas más relevantes de esta temporada. Ambas películas parecen tomar el relevo como las grandes apuestas nacionales del circuito festivalero a La misteriosa mirada del flamenco y Denominación de origen, las destacadas películas del año pasado.

Las dos han tenido presencia en importantes festivales internacionales, Cannes y Berlín. Mientras El deshielo fue elegida por Chile para representar al país en los Oscar, Hangar rojo fue seleccionada para los Goya. Si bien considero que Hangar rojo es superior, El deshielo está lejos de ser una obra menor. Se sitúa con fuerza entre las películas chilenas más importantes del año y confirma el buen momento que atraviesa el cine nacional.

Manuela Martelli, a quien muchos probablemente recuerdan primero por su emblemático papel en Machucade Andrés Wood, demuestra con su segundo trabajo que es un gran directora. Su debut como realizadora, 1976, me parece una de los grandes revelaciones del cine chileno reciente.

La película también tuvo su estreno en Cannes, aunque en aquella ocasión dentro de la Quincena de Realizadores; ahora, El deshielollega a la sección Una cierta mirada, consolidando su presencia en el festival más importantes del mundo. A pesar de que 1976 es quizás una película más sólida que El deshielo, esta confirma la aparición de una autora con una sensibilidad cinematográfica particular, una mirada propia y un horizonte artístico sumamente prometedor.

Crédito: Cedida

Si en 1976 Martelli se internaba en el Chile de la dictadura militar y observaba el terror desde el confinamiento doméstico, en El deshielo desplaza su mirada hacia 1992, en plena transición democrática. La película forma parte de una trilogía en la que la directora pretende recorrer distintos momentos históricos del país.

En ese sentido, ambas obras pueden leerse como piezas complementarias: mientras 1976 contempla el horror cuando todavía está ocurriendo, El deshielo examina aquello que permanece después de que, aparentemente, ese horror ha terminado. Los pactos de silencio, la impunidad y las heridas colectivas sobreviven al cambio de régimen.

La metáfora central está contenida en el propio título. El deshielo funciona como una imagen de aquello que comienza a emerger después de permanecer durante años congelado y oculto. Si 1976 se construía alrededor de un país sumergido en el miedo, El deshielo observa una sociedad que intenta avanzar mientras debajo de su aparente normalidad permanecen enterrados recuerdos, culpas y secretos.

La historia sigue a Inés, una niña que establece una amistad con Hanna, una adolescente alemana y esquiadora. Cuando Hanna desaparece sin dejar rastro, la película se transforma progresivamente en un misterio que desencadena una búsqueda incesante, plagada de interrogantes y con muy pocas respuestas definitivas.

Uno de los mayores atributos de la película se encuentra en su dimensión formal.

El trabajo técnico es impecable, particularmente en una fotografía de enorme complejidad y en una puesta en escena que convierte al paisaje nevado en algo más que un simple escenario. El blanco de la nieve domina la imagen y, paradójicamente, lejos de transmitir pureza, genera una sensación permanente de amenaza.

Martelli ha mencionado que realizar esta película fue una especie de nuevo Fitzcarraldo, y la comparación resulta comprensible. Filmar en un entorno tan extremo, implica enfrentarse constantemente a un territorio condicionado por el clima, donde la naturaleza tiende a convertirse más bien en obstáculo.

Pero la nieve cumple además una función narrativa. Opera como una verdadera capa de silencio: cubre el paisaje, amortigua los sonidos y congela simbólicamente tanto los recuerdos como los vestigios del pasado. Bajo ese manto blanco existe algo que todavía no ha sido revelado.

Las actuaciones constituyen otro de los grandes pilares del filme. Tanto la debutante Maya O’Rourke, de apenas nueve años, como la joven alemana Maia Rae Domagala realizan un trabajo notable. Entre ambas se construye un vínculo profundamente tierno, de hermandad, donde la amistad infantil funciona como una puerta de entrada hacia aquello que los adultos parecen incapaces de ver. La mirada de Inés, desde la inocencia, consigue percibir grietas que el resto parece ignorar.

También destaca Saskia Rosendahl, quien interpreta a la madre de Hanna. Su personaje transita entre la desesperación, la angustia y una esperanza casi irracional por encontrar a su hija. Su relación con Inés genera otro de los vínculos más sensibles de la película, especialmente porque ambas parecen buscar, desde lugares distintos, una respuesta que el mundo que las rodea se niega a entregar.

El deshielo adquiere mayor profundidad a medida que comienzan a desplegarse sus metáforas y simbolismos. La desaparición de Hanna puede leerse como una referencia a la figura de los detenidos desaparecidos durante la dictadura de Pinochet. No se trata necesariamente de establecer una equivalencia literal, sino de generar una resonancia histórica: alguien desaparece y las instituciones encargadas de esclarecer lo ocurrido se muestran incapaces o poco interesadas en ofrecer respuestas claras. Lo  cautivador es que esta metáfora se integra de manera sutil al relato, sin sentirse en ningún momento forzada.

Existe, entonces, una tensión permanente en el aire. La desconfianza hacia las autoridades durante los primeros años de la transición funciona como un espejo de la paranoia y del trauma generacional que todavía infecta a la sociedad chilena. El pasado no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de forma en la memoria.

Inés también puede interpretarse como una representación de ese nuevo Chile que nace con la democracia: una generación que no vivió directamente el terror de la dictadura y que, sin embargo, debe crecer sobre las ruinas y silencios heredados de ella. El invierno, en este sentido, representa un periodo de congelamiento: la nieve y el hielo cubren, inmovilizan y esconden. El deshielo anuncia justamente lo contrario: aquello que estaba oculto comienza lentamente a quedar expuesto.

De ahí que el título adquiera una dimensión política y emocional. El deshielo no implica necesariamente una liberación completa. También puede ser doloroso. Cuando el hielo desaparece, aparecen los cuerpos, las heridas, los recuerdos y las verdades que durante años permanecieron bajo la superficie.

El misterio se mantiene deliberadamente abierto. No existe una respuesta definitiva que ordene todas las piezas ni un tradicional momento de revelación que transforme retrospectivamente todo lo visto. Y justamente ahí reside parte de la riqueza de la película: permite que cada espectador construya su propia interpretación.

En ese aspecto, El deshielo puede recordar a Anatomía de una caída, de Justine Triet. Ambas utilizan el paisaje nevado no solamente como una localización, sino como un lienzo blanco sobre el cual la verdad permanece enterrada. También comparten un cierto rechazo al thriller tradicional: no buscan necesariamente entregar un culpable, cerrar todas las interrogantes o proporcionar un clásico momento de intriga. Lo que interesa es algo mucho más ambiguo: explorar la fragilidad humana, la imposibilidad de acceder completamente a la verdad y las grietas morales de quienes habitan ese mundo

El deshielo quizás no alcanza la perfección, pero sí consolida gradualmente a Manuela Martelli como una realizadora con una voz propia. Hay en su cine una conciencia muy clara de la narración, una preocupación por la memoria histórica y una particular sensibilidad para transformar los espacios en extensiones psicológicas de sus personajes.

Si 1976 anunciaba la llegada de una directora prometedora, El deshielo confirma que aquella promesa no era circunstancial. Martelli continúa construyendo un cine íntimo, político y atmosférico, donde la historia de Chile aparece filtrada a través de sus silencios, sus heridas y aquello que todavía permanece bajo la superficie.

No es la mejor película de Martelli, pero sí una película importante. Y, sobre todo, otra evidencia de que Manuela Martelli tiene todavía mucho que decir.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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