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Dejemos el show: reforma policial ahora

por 11 enero, 2019

Dejemos el show: reforma policial ahora
El nivel educativo y el capital cultural de los niveles más bajos y masivos de la policía no se han incrementado al mismo ritmo que el resto de la población y la relativa abundancia de recursos estatales en una institución tan jerarquizada ha hecho que el discurso de austeridad haya dado paso a una práctica de privilegios instalada en las cúpulas institucionales, lo que hace que la vieja doctrina haya perdido gran parte de su credibilidad.
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Hace solo algunos años solía afirmarse que Carabineros era una de las mejores policías del mundo. Más allá de lo provinciana y autocomplaciente de esa afirmación, creo que tenía alguna validez si limitamos su alcance al Tercer Mundo, esto es, a los países subdesarrollados de los que Chile formaba parte inequívocamente.

En el contexto de un país y un Estado pobres, con una población con bajos niveles educacionales y con expectativas bastante bajas en cuanto al respeto por sus derechos, el modelo de Carabineros resultó bastante exitoso. Este cuerpo se caracterizó por reclutar personas que tenían un nivel educativo y un capital cultural algo superior que el de la población a la que servían y por someterlos a una estricta disciplina y control jerárquico, así como a una doctrina en que la austeridad, el sacrificio, se proclamaban como valores que producían cohesión y orgullo.

Este modelo policial resultó bastante eficaz en cuanto al control de una criminalidad bien precaria vinculada a la extrema pobreza y, también, tuvo la capacidad de producir enorme adhesión popular como producto del espíritu de sacrificio y servicio que se observaba cotidianamente en sus miembros.

El problema es que el contexto cambió dramáticamente en pocos años, Chile, si bien no es todavía un país desarrollado, ha escalado a una situación intermedia en la que el modelo de Carabineros ya no funciona por razones que son bastante estructurales. Por una parte, el nivel educativo y la expectativa de respeto a sus derechos de los ciudadanos chilenos se han incrementado enormemente, junto con el desarrollo de mecanismos para custodiarlos. Por otra parte, el crimen ya no se limita a formas precarias de supervivencia sino que existen niveles de organización y de recursos en la actividad criminal que representan nuevos desafíos para las policías.

Por su parte, el nivel educativo y el capital cultural de los niveles más bajos y masivos de la policía no se han incrementado al mismo ritmo que el resto de la población y la relativa abundancia de recursos estatales en una institución tan jerarquizada ha hecho que el discurso de austeridad haya dado paso a una práctica de privilegios instalada en las cúpulas institucionales, lo que hace que la vieja doctrina haya perdido gran parte de su credibilidad.

Los países desarrollados enfrentaron estos mismos problemas en el pasado y en una medida importante la respuesta pasó por un largo proceso de profesionalización de la función policial. Esto es, entender que las funciones de control de la policía en una sociedad democrática desarrollada requieren del manejo simultáneo de múltiples instrumentos, que incluyen la planificación, la persuasión, el manejo de la información y, por supuesto, también el empleo de la fuerza, aunque este debe hacerse de un modo a la vez eficaz y controlado.

Todo lo anterior supone que la función policial se transforma en una especialmente compleja, que requiere de profesionales altamente capacitados no solo en los niveles de mando, sino en todos sus operadores, especialmente en los agentes que trabajan en la calle, los que deben ser capaces de ganarse el respeto de sus comunidades por medio del manejo de diversos instrumentos que van desde el lenguaje hasta la tecnología, pasando por un adecuado conocimiento del entorno y de las reglas que regulan su actividad, tanto para hacer uso de sus facultades con aplomo como para autorrestringirse cuando eso es lo que se requiere.    

Las propuestas del Gobierno son positivas, pero están muy lejos de hacerse cargo de los problemas estructurales más complejos. En mi opinión, el cambio solo tiene perspectivas de éxito en el largo plazo y eso requiere a su vez de varios elementos que aún no están presentes: un mucho mayor conocimiento de la realidad de la función policial que hasta ahora está cubierta por una opacidad casi completa; un conjunto de propuestas de cambios incrementales que puedan orientar la coyuntura a lo largo de tiempo; la generación de nuevos liderazgos imbuidos de las nuevas perspectivas; y, sobre todo, un consenso político amplio acerca de la dirección general en la que debe encaminarse nuestra policía en las próximas décadas.

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