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Cardenal del Pueblo

por 8 abril, 2019

Cardenal del Pueblo
A 20 años de su muerte, el 9 de abril de 1999, volvemos a recordar la figura imponente del Raúl Silva Henríquez, quien cuidó de su rebaño por 22 años –entre 1961 y 1983– como arzobispo de Santiago. El pueblo aún no lo olvida y tendrá la oportunidad de homenajearlo en la catedral de Santiago mañana. Será el momento de recordar ese grito popular que caló hondo en su despedida: “Raúl, amigo, el pueblo está contigo”.
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Qué bendición tuvo la Iglesia de Chile de contar con un pastor como Raúl Silva Henríquez, el “cardenal del Pueblo”, quien cuidó de su rebaño por 22 años como arzobispo de Santiago, entre 1961 y 1983. El pueblo aún no lo olvida.

Tuve la suerte de llegar a Chile desde Alemania en 1968. El país me sorprendió, porque se encontraba en medio de grandes transformaciones sociales, cada día se dejaban atrás siglos de postergación, sumisión y humillación de los pueblos campesinos, de los trabajadores y la Iglesia chilena, post-Concilio Vaticano II, había despertado y empezado a preocuparse por la masa de pobres, muchas veces explotados.

Al expresar mi necesidad de poder realizar mi vocación misionera, de llevar la buena nueva a los pobres, encontré apoyo inmediato por parte de los colaboradores del cardenal, en su momento del padre Juan de Castro. Así, aterricé en lo que en aquel tiempo se llamaba población "callampa", en la llamada Áreas Verdes en Colón, altura del 11 mil y sentí en mi servicio a los pobladores el total respaldo del cardenal Raúl Silva, especialmente en los años del Gobierno de la Unidad Popular.

Lamentablemente, tuve que abandonar mi servicio y el país en marzo de 1973, pero cuando me decidí a dejar mi congregación y volver a Chile, en noviembre de ese mismo año, escribí al cardenal y al padre de Castro preguntando si me recibían de vuelta, si me permitían formar una pequeña comunidad religiosa inserta en el mundo de los pobres, lo que aceptaron.

Obligada, confeccioné la lista y la presenté al obispo Hourton, contándole todas mis preocupaciones. Él me pidió la lista y me dijo que inmediatamente iría donde el cardenal para decidir la forma de proceder. Silva Henríquez decidió quedarse con el listado y que yo fuera a comunicarle al procurador general que se la pidiera personalmente a él, quien se la entregaría solo “sobre su cadáver”. Es indescriptible lo que yo sentí en ese momento de mi vida, al contemplar en toda su magnitud la figura de un pastor que cuida de su rebaño.

A fines de diciembre de 1973 fue el propio cardenal quien me pidió dejar mi servicio en Las Condes para enviarme al campamento Ángela Davis en Conchalí, hoy Recoleta. Su preocupación eran las mil 700 familias pobres de la toma sin atención alguna. Apenas me instalé en el campamento, se presentó el padre de Castro, representante del cardenal, para celebrar todas las semanas una misa en nuestra mediagua con la hermana Maruja y las otras compañeras. ¡Qué refuerzo!

Lo que nunca esperé es que el simple hecho de compartir la vida de los pobres produjera sospechas sobre nuestra vida y trabajo. De pronto nos vimos observadas y a eso se agregó que pobladores perseguidos golpeaban nuestra puerta, había que ayudarlos, esconderlos, a veces llevarlos al Comité Pro Paz. Todo el mundo tenía miedo, pero ese comité se erigió, para mí y para Chile, como un faro de luz y un ancla, una iniciativa ecuménica del cardenal junto con el obispo metodista Helmut Frenz, y el gran rabino en Chile.

Nos dio la oportunidad para ayudar a perseguidos y salvar muchas vidas. El Comité Pro Paz ha sido una creación única a nivel internacional, que el cardenal defendió dos años ante la dictadura y que, al perder la batalla y tener que cerrarlo, lo reemplazó el 1 de enero de 1976 con la fundación de una obra canónica con apoyo del Papa Pablo VI: la Vicaría de la Solidaridad, designando como vicario a Cristián Precht y como secretario ejecutivo a Javier Luis Egaña.

Personalmente, tuve la suerte de trabajar estrechamente desde junio de 1975 junto al obispo Jorge Hourton, nuestro vicario de la zona norte y quien, unido al cardenal, defendía implacablemente los Derechos Humanos. Así lo sentí cuando fui detenida en enero de 1976 y exigieron y lograron mi liberación al día siguiente.

También me respaldaron las veces que la dictadura me amenazaba con expulsarme del país y tengo plena conciencia que por la firme defensa del cardenal pude quedarme en Chile. Pero no solamente a mí me tocó su protección, sino también a mis compañeras de trabajo en la Fundación Missio, detenidas en agosto de 1977 y liberadas –algunas después de cuatro meses– por la defensa férrea de la Vicaría de la Solidaridad.

Sin embargo, la experiencia más importante la tuve en un momento de tremenda angustia. Por una acusación por un supuesto trabajo subversivo de la Fundación Missio, tuve que presentarme como secretaria ejecutiva ante el entonces procurador general de la República, Ambrosio Rodríguez, quien me ordenó mostrarle la lista de todos los compañeros de trabajo de la fundación. Yo estaba angustiada, ya que un número importante de ellos había experimentado persecución u hostigamiento y 290 compañeros de Missio estarían expuestos a cualquier arbitrariedad.

Obligada, confeccioné la lista y la presenté al obispo Hourton, contándole todas mis preocupaciones. Él me pidió la lista y me dijo que inmediatamente iría donde el cardenal para decidir la forma de proceder. Silva Henríquez decidió quedarse con el listado y que yo fuera a comunicarle al procurador general que se la pidiera personalmente a él, quien se la entregaría solo “sobre su cadáver”. Es indescriptible lo que yo sentí en ese momento de mi vida, al contemplar en toda su magnitud la figura de un pastor que cuida de su rebaño.

Por ello, a 20 años de su muerte, el 9 de abril de 1999, volvemos a recordar la figura imponente del cardenal. El pueblo que se vio bendecido, tendrá la oportunidad de homenajearlo en la catedral de Santiago mañana. Será el momento de recordar el grito popular que caló en su despedida: “Raúl, amigo, el pueblo está contigo”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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