martes, 2 de junio de 2020 Actualizado a las 20:42

EDITORIAL

Las necesidad de certezas y transparencia de un buen Gobierno en época de crisis

por 28 abril, 2020

Las necesidad de certezas y transparencia de un buen Gobierno en época de crisis
Para que haya certezas y, además, exista libertad y posibilidades de gobernanza y responsabilidad de las autoridades y la política, la prensa tiene un papel relevante. A ella le cabe la obligación inclaudicable de informar los hechos de la realidad de la manera más veraz, amplia y equilibrada, poniendo tanto su foco editorial como el noticioso en los aciertos y errores de los actores públicos, sin excepción. Sin vasallajes ni barricadas periodísticas, para satisfacer la demanda ciudadana de conocer lo que hace la política y el Gobierno; esto se llama control informativo público y es parte de la libertad de prensa en un país democrático. En medio de una crisis como la que estamos viviendo, nada es autoexplicativo y las vocerías gubernamentales deben ser el primer instrumento tanto de la austeridad de los discursos y el uso del poder, como de la verdad y la transparencia.
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Algo sustantivo en la vida de una República son los valores de orientación de sus elites políticas. Resultan especialmente relevantes para el Gobierno en un régimen político centralista y presidencial, en tiempos de una crisis global, como hoy le ocurre a Chile. Prudencia, equilibrio, respeto irrestricto de la legalidad, preeminencia del interés público, austeridad en el ejercicio del poder y de la vocería, y transparencia, son todos indispensables.

No es ni mucho ni poco, sino lo que se requiere para que la gobernanza de la sociedad se base en la adhesión ciudadana a sus autoridades, con confianza en sus decisiones. Ese es el marco en que debe moverse el país para manejarse ante la pandemia sanitaria y económica que lo afecta. Ni la una ni la otra tienen soluciones inmediatas. La primera, porque no se conoce la microbiología y evolución del virus; la segunda, porque sus grietas estructurales son demasiadas y antiguas e, incluso, con mucha buena voluntad, llevará años generar al menos una mitigación de equidad socialmente satisfactoria.

No cabe duda entonces que el país vive un ambiente de tensión casi insoportable y que su salud psicosocial depende en gran medida de que la población perciba que sus representantes tienen al menos un consenso básico sobre el bienestar común, que reconozca sus esfuerzos de diálogo y que, en su calidad de mandatarios, efectivamente cumplen con las reglas del buen Gobierno.

En parte es esa misma crisis la que nos obliga a volver, por cierto con precauciones, a reconstruir la normalidad en medio de la incertidumbre y expresar adhesión y crítica a las medidas de Gobierno. Entendiendo que no tenemos condiciones ni podemos quedarnos inmóviles, pero que el regreso debe ir acompañado por el mayor cuidado sanitario que se pueda, la mayor cantidad de trabajo e ingresos que se pueda, la mayor presencia del Estado para garantizar el bienestar público que se pueda, la mayor cantidad que se pueda de niños y jóvenes estudiando.

Por ello, la elite política debe entender que lo que hace afecta directamente a la salud del país y que no pueden transformar a la sociedad en receptáculo de querellas intestinas ni de presiones o tergiversaciones y engaños. Todos, incluidos Gobierno y oposición. Esto nada tiene que ver con la supresión de la crítica y el disenso doctrinario, propios de la política.

En este cuadro, la prudencia indica que la cooperación y el diálogo entre Gobierno y oposición debe facilitar la celeridad legislativa, pero en un marco de control efectivo de los poderes. El idealismo romántico de pensar que el Gobierno solo necesita que le digan la verdad para que proceda en forma adecuada, es el reverso absurdo de pensar que todo apoyo implica vasallaje o clientelismo con el poder. Habrá cosas buenas y acertadas y otras muy poco sensatas, las que deberán rectificarse. En medio de una crisis, nada es autoexplicativo y las vocerías deben ser el primer instrumento tanto de la austeridad de los discursos y el uso del poder, como de la transparencia.

Es verdad que Chile es resiliente a las desgracias naturales y a muchos tipos de problemas y que normalmente se levanta con renovado vigor. Pero no podemos olvidar que, pasada una crisis, se suelen olvidar las soluciones y se vive improvisando. Le ha pasado ante terremotos, inundaciones o sequías y también en los desastres políticos, como las crisis de corrupción.

Hasta que, de pronto, los ríos profundos del malestar explotan –como quedó en evidencia en octubre pasado– y de la noche a la mañana pasamos de un estado de autosatisfacción aparente, a uno de virulencia social y cambio de absolutamente todo, también aparente. Pensar que la pandemia sanitaria y sus consecuencias económicas son hechos consecutivos y no una fatal articulación histórica de carácter sistémico y muy actual, sería un error.

De la misma manera que no hay una amnistía para los yerros del modelo, la pandemia ha hecho brotar como mala hierba la convicción de que en Chile los mercados laborales son mayoritariamente aparentes, que la previsión social es más precaria de lo que pensábamos y que parte importante de la economía flota en bolsas de aire llenas de informalidad.

En parte es esa misma crisis la que nos obliga a volver, por cierto con precauciones, a reconstruir la normalidad en medio de la incertidumbre y expresar adhesión y crítica a las medidas de Gobierno. Entendiendo que no tenemos condiciones ni podemos quedarnos inmóviles, pero que el regreso debe ir acompañado por el mayor cuidado sanitario que se pueda, la mayor cantidad de trabajo e ingresos que se pueda, la mayor presencia del Estado para garantizar el bienestar público que se pueda, la mayor cantidad que se pueda de niños y jóvenes estudiando.

Para que la incertidumbre se disipe y, además, exista libertad y posibilidades de gobernanza y responsabilidad de las autoridades y la política, la prensa tiene un papel relevante. Toda la prensa. A ella le cabe la obligación inclaudicable de informar los hechos de la realidad de la manera más veraz, amplia y equilibrada, poniendo tanto su foco editorial como el noticioso en los aciertos y errores de los actores públicos, sin excepción.

Ella no puede atarse ni en vasallajes ni barricadas periodísticas, sino solo en información y opiniones fundadas, puras y duras, para satisfacer la demanda ciudadana de conocer lo que hace la política y el Gobierno. Eso se llama control informativo público y es parte de la libertad de prensa en un país democrático.

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